lunes, febrero 27, 2006

The Nada

Soñé, Soñé, Soñé, Soñé

Soñé, que soñaste conmigo
Soñé, que estabas sola
Soñé, que me adorabas
Soñé, que me dabas bola

Soñé

Soñé que estabas ahí
Dando vueltas sin cesar
Soñé que me veias
Con otros ojos,/soñé, en otro lugar
Ay, soñé

Soñé, Soñé, Soñé, Soñé

Soñé que tenia un caballo
Que me trataba mejor que vos
Tenia tan buena onda con ella
Era mi yegua,/soñé, mucho mas que vos
Soñé

Soñé, Soñé, Soñé, Soñé

Sigo siendo aquel muchacho soñador
Que observaba las estrellas
Sigo siendo aquel muchacho soñador
Pero no las veo tan bellas
Soñé

Sigo siendo aquel muchacho soñador
Que observaba las estrellas
Sigo siendo aquel muchacho soñador
Pero no las veo tan bellas
Soñé

Soñé, Soñé, Soñé, Soñé

Soñé, que soñaste conmigo
Soñé, que estabas sola
Soñé, que me adorabas
Soñé, que me dabas bola
Soñé

soñé

Música de Kevin Johansen

jueves, febrero 23, 2006

Escrituras

Había la parábola de la calle. La señorita, que no estaba, caminaba veinte centímetros por encima del asfalto. Había pocos automóviles, y luces intermitentes la detenían. Sus ojos abiertos, cerrados, no podían descifrar de dónde venía el viento. Había un gato también, saliendo solo de una rendija de la fachada vieja, para después huir rápido, a ninguna parte. Y ella todo lo veía: el surtidor, el anuncio del zapatero, la espadaña, las gibas de las cortinas entre ventanas, mientras repetía su parpadeo. En momentos desaparecía, la ocultaba la negra sombra de los árboles que había. Se detenía allí, jugaba a desaparecerse, acurrucada por el sonido de las ramas. Después seguía el zapateo y había algunos: sentados en los escalones, saliendo de las panaderías, mirándola de puertas que se abrían, ignorándola aquellos que iban acompañados. La señorita miraba a los que iban de tres, y de sus ojos salían lágrimas de alegría, como lucecitas. De chispitas se llenaban las vías: había la noche.



señorita mirinda
Woman With Yellow Hair/pablOpicassO

jueves, febrero 16, 2006

Es ella

Ni en un momento de la noche, he dejado de ver la forma de tu cuerpo. Mis manos se estiran, se comprimen. Vuelan en mis dedos las luciérnagas. Se apagan mis ojos. Se oscurece la habitación y tu nombre repetido, anuncia pasos, tu voz, tu tiempo que llega y me sorprende con tu abrazo... tu beso.

martes, febrero 14, 2006

domingo, febrero 12, 2006

Aunque tú

Inolvidable

En la vida hay amores
Que nunca pueden olvidarse
Imborrables momentos
Que siempre guarda el corazon
Porque aquello que un dia
Nos hizo temblar de alegria
Es mentira que hoy pueda olvidarse
Con un nuevo amor
He besado otras bocas
Buscando nuevas ansiedades
Y otros brazos extranos
Me estrechan llenos de emocion
Pero solo consiguen hacerme
Recordar los tuyos
Que inolvidablemente
Viviran en mi



s

jueves, febrero 09, 2006

The Birthmark


...me regalaron un libro. Para las navidades de aquel año, mi madre me compró una antología de relatos de escritores norteamericanos. Cuentos clásicos americanos, un enorme volumen encuadernado en tela verde, y en la página cuarenta y seis había un relato de Nathaniel Hawthorne, El antojo. ¿Lo conoces?
Vagamente. Creo que no lo he leído desde el instituto.
Yo lo leí todos los días durante seis meses. Hawthorne lo escribió para mí. Era mi historia.
Un científico y su joven esposa. Ésa es la situación, ¿verdad? Intenta quitarle un antojo de la cara.
Un antojo escarlata. Del lado izquierdo de la cara.
No es extraño que te gustara.
Eso es decir poco. Me obsesionó. Ese relato me devoraba viva.
El antojo tiene la forma de una mano, ¿no es así?
Ahora empiezo a acordarme. Hawthorne dice que parece la huella de una mano apretada contra su mejilla.
Pero pequeña. Es del tamaño de la mano de un pigmeo, la mano de una criatura.
La mujer sólo tiene ese pequeño defecto y, aparte de eso, su cara es perfecta. Es famosa por su extraordinaria belleza.
Georgiana. Hasta que se casa con Aylmer ni siquiera piensa que sea un defecto. Es él quien le enseña a odiarlo, quien la vuelve contra sí misma y le suscita el deseo de quitárselo. Para él, no es sólo un defecto, no es únicamente algo que destruye su belleza física. Es la señal de una corrupción oculta, una mancha en el alma de Georgiana, la marca del pecado, de la muerte y de la putrefacción.
El sello de nuestra condición mortal.
O simplemente de lo que consideramos humano. Eso es lo que hace tan trágico el relato. Aylmer va a su laboratorio y se pone a hacer experimentos con elixires y pócimas, intentando descubrir una fórmula para borrar la pavorosa mancha, y a la ingenua Georgiana todo le parece bien. Por eso es tan tremendo. Ella desea que su marido la quiera. Eso es lo único que le importa, y si la supresión del antojo es el precio que tiene que pagar por su amor, está dispuesta a arriesgar la vida por ello.
Y él acaba asesinándola.
Pero no antes de que desaparezca el antojo. Eso es muy importante. En el último segundo, justo cuando está a punto de morir, la marca de la mejilla empieza a desvanecerse. Se está borrando, desaparece del todo, y sólo entonces, en ese preciso momento, es cuando muere la pobre Georgiana, La marca de nacimiento es ella misma. Si desaparece, ella también desaparece...


Extracto de Libro de las Ilusiones, de Paul Aster.

jueves, febrero 02, 2006

Sin título

En la noche, cuando otra vez empiezo a quedarme solo, llega a mí un deseo grande de soltarme a reír. De agudizar, de alguna manera, la risa, hasta alcanzar la frontera en que se convierte en carcajada. Son notables las noches, en que, por descuido o por algún entretenimiento vano, no me doy cuenta de que ya sobrepasé ese límite. Y son contadas aquellas en que logro darme cuenta que alcancé tal goce. Mas, puedo pensar que de alguna manera, siempre está presente ese anhelo, que me conforta y, además de animarme, me ayuda a neutralizar la abundancia de soledad. Pienso en que no es llegando a la carcajada cuando alcanzo la mayor alegría, como le pasa a la señorita Dina, sino, cuando rozo el borde magnífico (por llamarlo de alguna manera), de ella. No, no estoy hablando de la señorita, escribo de la risa. Cómo describir ese sonido. No lo sé, a mis años me considero mal fruidor, ya que escucho el sonido grave y fuerte de la carcajada como una burla de la risa y la risa—que apenas empieza—como una tímida carcajada. Es este sonido nulo y sordo que sobreviene a las palabras, a los diminutos remolinos que se forman en la garganta lo que encuentro extraordinario.