lunes, abril 14, 2014

Cacuánicas

Cacuánicas, seguro que por esta memoria personal fueron mis canicas grandes compañeras de juegos. Extinto el cacuánico de aquella casa. En el espacio donde estaba hay un gran bloque de concreto, ese material que los hombres utilizan para negar y ocultar la tierra propia. Yo no supe cuando lo cortaron. Cuando se lo llevaron seguro le dieron varios machetazos, presagiando estos días calentanos. Nuestro lugar de juegos paso a formar parte del paso vehicular: gatos y perros atropellados, los que sobrevivieron aullaban de dolor que tuvieron que dormirlos; pelotas ponchadas; juegos de ponche suspendidos para que pasara un polvoso coche; una camioneta a toda velocidad silencia las conversaciones de la banqueta. En un borde quieren confinar la memoria. Sobrevivientes por azar o porque mi abuelo los sembró después de que los hombres tapiaron la tierra, crecen algunas pochotas, ciruelos y mangos. Crecen a dispar, entre precario equipamiento de juegos infantiles. Crecen intentando prolongar sus raíces para resquebrajar el suelo, hasta que otros hombres vengan y los corten. Hoy hace mucho, mi abuela regaba el cacuánico, el viento meneaba sus frágiles ramas haciendo brotar las cacuánicas, esferas rojas, mundos diminutos que pisábamos y nos comíamos. Palabra cuyo ritmo estalla al pronunciarla. Gesto orígen. Día antiguo día nuevo.

lunes, enero 14, 2013

El amor era deslizar los dedos sobre la pantalla.

Nos ponían en un bús cada noche y recorríamos las calles de esta ciudad. El viaje distinto a las distancias entre ciudades era parco de velocidad y estéril de estrellas. Recreábamos muchas luces de negocios y de casas en la noche. En el día cerraban las cortinillas de las ventanillas. Nos ponían el espectáculo del circo en pantallas diminutas: una pirámide de elefantes. La breve velocidad nos hacía recordar los olores fétidos de algunos barrios o de uno solo: con su problemática periférica de vivienda y de hacinamiento animal. Viajábamos a ciegas sin saber qué rumbo debíamos imaginar. Al principio uno compraba horas de viaje, llegaba al mostrador y solicitaba un viaje de 3 ó 6 horas, los que tenían más estómago y resistencia en la memoria pedían viajes más largos, que eran de 28 horas en adelante. Entre taquilleros cuentan que alguien compró mucho tiempo y seguía viajando, se pasaba entre buses cuando había un semáforo o la parada necesaria del conductor para cambiar un neumático o estirar la vista las piernas y brazos. Gran parte de la reinvención de la ciudad era producto de sus extenuantes viajes de su imaginar. Uno sería afortunado que le tocara de compañero de asiento—decían. Era su héroe, su videojuego, su historieta, su novela, su película, era el tesoro que les hacía vender boletos con más apremio, y un paliativo para resistir la crudeza de la virtualidad. Teníamos que imaginar la ciudad, develarla con sus horizontes y su traza, con sus perros callejeros y sus cables, con su basura y plazas, con sus buganvilias y jacarandas, con sus ambulantes y payasos, con su arquitectura de cárceles y puentes colgantes, con sus cines y agencias funerarias, con su orografía resistente a los invasores, con su perfil maltrecho y desfigurado por el crecimiento irregular avaricioso corrupto. Trazar con la memoria la ciudad que recordábamos, la ciudad que se iba olvidando y llenando de huecos por el consumo excesivo de aplicaciones. Estábamos ensimismados. Nos cargábamos unos a otros como esa tortuga de antiguos libros míticos que lleva el mundo sobre su caparazón. Lo físico era reemplazado a cada instante por una aplicación que emulaba alguna necesidad. Caminábamos sólo el espacio cuadrado del aparato telefónico. El amor era deslizar los dedos sobre la pantalla.

domingo, mayo 27, 2012

Milton


Venimos haciendo menos días sin lluvia. Orquestados por ese antiguo sol que sin embargo tiene mi edad. La ciudad cambia y el ciclo de mis pasos exige más aliento y ritmo en el seco tránsito de las horas. Oigo mis voces incrustadas en las grietas de los muros de la ciudad. La calle es un cascarón abriéndose. Veo a ese vagabundo que camina al contrario de mí, como un guiño al pasado temerario, anunciando el lema de que la vida se va perdiendo en todo aquello que hemos amado. Mis piernas fuertes todavía conservaran tal vez diez años más la lucidez de la velocidad. La fotografía oscurecida, una palabra desaparece. El nombre de mi gato fallecido es trazado por infinitas filas de hormigas. Llevan como ofrenda un minúsculo trozo de hoja, cuyos bordes fosilizan por momentos al tiempo.

jueves, abril 12, 2012

Grietas y cal

No sopla viento. Hemos comido rayos de sol. Nuestros pasos son pájaros disecados. Me humedezco con la lluvia y como una figura de barro me deformo. He sido un escarabajo en el sueño y una larga fatiga se personifica en la cotidianeidad. Los rostros parecen calcetines deshilados, las larvas han muerto y las hojas caen. Se ha extinto un color, ahora sólo podremos recordarlo en las pantallas de luminosas pulgadas. El lenguaje eres tú—todavía. Pasará el día entero.

viernes, diciembre 23, 2011

Ladridos

El ladrido me parece de veras el grito más estúpido.
Gilles Deleuze

Cuando a mamá le regalaron a Valquiria nunca imaginó ningún momento. Uno debió suponer que la pérdida del color negro de su pelo—que devino en niebla—haría confuso e impredecible cada acto, pero en esta familia uno tiene todavía las agallas para darle la espalda a la paranoia. Nos despertábamos con su ladrido matutino, mirábamos cómo devoraba nuestras cosas—después de destruidas. Nos acostumbrábamos a ver cómo hacía saltar a los caminantes que pasaban a milímetros de la reja de la casa. Con estas acciones reafirmamos nuestra convicción de que cada destrucción es construcción y tuvimos que aprender a vivir en casa otra vez. Cada día cambiábamos de hábitos, sin saberlo estábamos clausurando esa monotonía aséptica que ocurre al ponernos en la mañana los calcetines y sacárnoslos después del ocaso. Empezamos a poner los zapatos en los libreros, cerca de los libros de Daniel Sada; encima de los recortes de periódico que hacía papá con constancia idéntica al grito del bolillero. Tratábamos—por todos los medios—de colocarlos en los sitios más apartados del espacio horizontal donde Valquiria reinaba a sus anchas. Que nuestro reino sea el de las esferas del árbol, alejado de las raíces cotidianas. Es cierto que perdimos los placeres de andar descalzos, de dejar que cada objeto se extendiera y creciera en rincones misteriosos de la casa. Es cierto que no alzábamos la voz al animal que con cada mirada nos domesticaba, porque quizá ya había tantos sonidos: como el tránsito cotidiano de los carros, las fugas de agua del tinaco, las construcciones inacabadas de la ciudad que la pulsan como un corazón pero han vulnerado nuestros oídos haciendo imposible retener cada sonido.

martes, diciembre 13, 2011

Sin memoria

Me dicen que a los de Ayotzinapa hay que dejarles caer una bomba. Que hay que desaparecer su escuela, que hay que cerrarla porque no estudian. Que lo tienen merecido porque ya eran bastantes desastres los que provocaban. Que le pregunte a los dueños de los negocios, que les pregunte a los automovilistas, que le pregunte a la gente que por allí caminaba, a los empleados que nada deben. Que el gobierno es bueno y lo otro—que por eso es rural—viene del mal. Que la Montaña y lo que no está en la ciudad le hace daño a la ciudad y ellos son de campo, casi aindiados, que los metan al tambo porque no se fajan la camisa y usan paliacate. Que a los de primer año no los dejan salir de sus grupos, que los torturan y los humillan como en ese libro de Chris Abani, que los adiestran para inocularles a fuerza de maltrato y violencia la ideología comunista. Que ojalá hubieran matado a más, pero que mejor sería cerrar su escuela—me dicen.

lunes, octubre 03, 2011

Nombres

La vida de los nombres es breve es agua de las fuentes. Será que tal vez nos quedamos en la otra impresión de nuestro nombre. Tantos nombres que somos, que hemos sido que seremos. Impresos y después guardados en libros que dejamos de leer y algunos los tiramos en los basureros públicos. Ya no me sirves—decimos. Nuestros nombres se quedan en algún resabio de los desperdicios de la ciudad. Almacenados en el gran confín de objetos que van quedando en desuso, y no porque hayan dejado de servir, sino porque justo en su potencia ha salido uno con mejores especificaciones técnicas. Cada cosa es reemplazada por una cosa con más tentáculos, como nuestros nombres: ciegos y testigos mudos de un viaje de una aproximación.

lunes, agosto 22, 2011

Transpiración de la alegría.

Llegar a medianoche con el cielo cortado e indeciso. El estupor en las ventanillas. El viaje dilatándose en las lámparas. La humedad es una presencia y al descender y tomar la calle se cuelga de nuestro brazo. Sentimiento vertical como si el agua nos llenara de hoyos el cuerpo. Recorrer entonces la avenida tantas veces vista que la memoria olvida y el recuerdo nutre como espasmos de animal en laboratorio. Brilla la luz de los hoteles de paso la ausencia eterna de amantes. Callan los gritones del semáforo y hay pausas de gatos en el mercado. Pasillos donde no penetra la visión. Así llego. A medio respirar. Todavía ajeno a mi cuerpo y a mis pasos. Soy ropa que se mueve como si estuviera tendido hace ya tanto. Respiración. Transpiración de la alegría.

lunes, agosto 08, 2011

Subterfugios

En el incómodo asiento de bus uno va muy campante y se pone a pensar en las pequeñas trampas del camino. Trampas puestas allí por vaya a saber quién y que promueven largos insomnios y pesadillas. La milimétrica separación que provee la ventanilla es un vano filtro: todo se ve, aunque la visión pocas cosas reconoce. La masa vegetal se densifica en la noche, son como las trenzas de tía Aurora. ¿Es este recuerdo un subterfugio, una trampa?—te preguntas. El cabello enlaza la memoria. Lo ves sobre la baldosa rústica, quizá más bello que cuando tía Aurora le enredaba un listón patrio. Lo ves allí cerquita de tus pies como si fuera un insecto pisoteado. Al cabello le salen voces y éstas reverberan en las paredes de tu cráneo. Dicen que el cabello nos crece aunque estemos fallecidos, pero hay uno que se asienta y obstruye nuestro imaginar: el que crece en la memoria. El que va creciendo en todas partes, en el aliento, en el viento amargo y frío, brusco y suave de esta noche flaca. Te vas dejando por allí como si de una pequeña trampa se tratara. Las cosas son tu juez. La semilla flota.

jueves, junio 30, 2011

De aires

Hay días que el aire es áspero y aun así lo transitamos.

Descalzos.

Donde las voces cotidianas son un eco aburrido

un carrusel deshabitado girando, mareándome.

Es que mi cuerpo pesa tanto y no puedo separarme

La respiración son estas ganas de estar en cualquier parte que aquí no sea

Un boomerang que regresa más doliente

Que corroe mi interior

Que infla mi organismo del aire áspero de estos días, de este momento.

lunes, junio 27, 2011

Éxodos

Mis manos son una extensión un alma en pena. Viajes. Éxodos donde pernocté vacío. Calles en que me nutrí de las luces que venían del interior de las casas. La quietud versada de los árboles. Sus hojas una especie de isla. Buscarte es perderme entre vagones, confundido con la personalidad deforme y única de los limosneros. Repegado pasé Tlalpan. Las luces desconcertantes de los barrios pintan en el cuadrado de la ventana atisbos de tristeza. Un circo. Un café chino. Una pasarela de prostibularios. La alegría huyó hace bastante tiempo, cuando éramos jóvenes y a patín surcamos las avenidas aunque la lluvia cayera. Éramos fuertes, aún nuestros huesos sólidos no eran erosionados por el amor y por la ira. Débil uso un transporte. Ato mis pies a un pie mecánico y estéril.

martes, junio 21, 2011

Vivir resonar el aire

Vivir resonar el aire. Espacios húmedos me infectan de hormigas al paso. La vía vacía, el árbol gime un lento caer de gotas. Miro mi reflejo desaparecer en los charcos, detrás de un neumático. Ondas que opacan mis ojos. Veo tu rostro amado. Mis manos húmedas también de recoger llantos que brotan de las casas. En la cima de las montañas tu nombre se aleja. Es una nube que explota. El agua cae, gotea cadenciosamente. Araña mis intestinos. Desgarra mi piel. Y yo te existo en cada parte de la ciudad. En los desperfectos interminables, en el fango anegado al río. Los canales avientan más que corazones. Alejan mi vista de la turbulencia del agua que inunda lenta y pausada el corazón de la calle.

martes, mayo 31, 2011

Díptico

1

Entenderme. Recostarme. Me habito. Habito en mí. Cáscara. Nube. Aire marrón de la tierra. Quieto aquí. Tender hilos de palabras para pescar la noche. Para resistir el hundimiento de mi cuerpo. Este peso grave que desmorona los pavimentos y no deja huecos para el sueño. Las cobijas sucias, manchadas por la arena de los hombres muertos y el orín de pesadillas grabadas en la infancia. El espacio dentro de mí es más grande que todos los mundos. Mi piel son muros. Mi piel es un grafiti borroso tirado a prisa un día en que alguien sólo estaba pasando el tiempo. Un pasar el tiempo soy. Soy este tiempo. Pasarán los tiempos, seré otra vez, soy en cada ver pasar el tiempo. Alguien silba, soy su sonido, su saliva viscosa. Soy la transparencia que sale de su boca. Sus palabras roncas y no dichas. Sus movimientos de lengua, su espacio milimétrico entre dientes. El frío aire que se filtra en sus pulmones. Regreso a la fortaleza interior del cuerpo.

2

Mis manos pesan como unas piedras, mis dedos no pueden teclear tu nombre. Hubo un tiempo en que fuimos ágiles como los pájaros y salían hilos de tinta de nuestras manos. Los papeles estaban heridos del encuentro de nuestras palabras, de sus significados confusos inmutables. En ellos sólo el presente de la palabra bastaba, no teníamos que anhelarnos porque estábamos cerca, no teníamos que fiarnos de la memoria porque la vida la reinventábamos. Y el futuro qué--decíamos, y el futuro qué.

viernes, mayo 27, 2011

Danzón

Sabes que el día va a terminar cuando suenan las campanas. Toda tu vida viviendo cerca del templo de la patrona de la ciudad te ha convencido de ignorar acotaciones de tiempo encapsuladas. Mejor te guías con el pulsar auditivo del barrio, donde cada día pasa sin ninguna exaltación, salvo los días jueves, y tal vez en uno que otro cumpleaños, pero como la costumbre ya no evoca alegrías en ti has concentrado todos tus deseos en los sonidos de esas tardes breves en que el kiosco se convierte en un instrumento musical. Te has de arreglar bien, lavar tu vestido, plancharlo, ese de color buganvilia, pero no el de color blanco o rosado sino el violeta, el que predomina en los días de mayo por las calles céntricas de la ciudad. Tus amigas estarán tratando de llevar su mejor vestido, de presumírtelo y contarte fragmentos de su cotidianeidad. Las verás y esos encuentros fondeados por el vaivén de notas en la plaza serán los que impulsen a tu voz su tono magnífico, misterioso y oculto, silenciado en las diligencias de los días. Te pondrás contenta: bailarás. Tu cuerpo acostumbrado a los quehaceres de la casa perderá su rigidez, su robustecida agilidad. Lo encontrarás terso dócil. La quieta lentitud con la que apoyas los tacones en el piso pautará el ritmo de los músicos de guayaberas blancas; pondrá énfasis al canto de los pájaros; hará que se detenga la vista de los habitantes en ti; hundirá un poquito más el cielo para propagar voces con presagios de lluvia; el viento te recorrerá el cabello y pensarás en antiguas caricias, en resignificaciones de la ciudad, en que ella guarda tus caminatas bajo sus sedimentos, en la fachada de cal del templo de la Asunción: sentirás el fino frío del hierro de las campanas en tu piel, sentirás el caprichoso nudo que hace el aire entre los árboles. Creerás que todo el confinamiento en el que vives ha valido la pena por estos sagrados minutos de respiración. Y la irrupción de la violencia, y el tráfico de la calle donde vives, pensarás que sólo son los gritos de un merolico que no acaba de despertar.

lunes, mayo 23, 2011

Diferentes sonidos tiene la ausencia al caer.

Una casa es un objeto hueco. Una casa vacía desnuda recuerdos de sus habitantes. Una casa abandonada es el estío de la naturaleza. Una casa sin ti es la aparición de tu ausencia. Es entrar en su fantasmal abrazo, en su temor más profundo. Una casa conmigo aquí es que pasará o no, y el café y la sinfonía se acabarán y afuera la lluvia dejará de caer, la noche desaparecerá. Una casa que me está mostrando lo que sería un futuro sin ti. Una casa triste, también bella. Una casa a la que no me atrevo a traspasar más allá del rellano de la escalera, el espacio de estudio, el futón sin las arrugas en la sábana que dejas al sentarte. Eso es. Tu ausencia fué premeditada. Parece que limpiaste toda tu presencia. El polvo y el ser viento y tu aliento que eres de estos espacios desapareció. Está tu casa doblemente sin ti. Aunque miro tus cosas: tu monedero rojo, tus macetas perrier, tu canastita de postales rescatadas de un naufragio urbano, tus bolsas, tus libros acomodados en escalas cromáticas, tu computador, tu refrigerador repleto de oranginas. Tal vez las hormigas removieron tu pelo del piso, último vestigio de que estuviste aquí, acodada en esta mesa azul escribiendo. Como yo que te busco dentro de este órden que tiene tu ausencia. No están tus zapatos desacomodando el geométrico trazo de las baldosas, no están tus papeles dispersos, tus plumas stabilo regadas por allí, no está la cajita de tu sonrisa resonando, no estás. Parece que acomodaste todo para que no te encontrara, para no hallar tu ternura envuelta en el sillón, tu belleza, tu porte alto, tu cuello fino disperso en algún punto de esta casa. No estás, parece que me escribes con esta disposición desde donde estás. Tu casa es un pequeño mundo hollado sin ti. Revolverme en la página, dejar que todo vaya pasando a su lugar, dejar que el tránsito sea menos pesado. Al menos me hubieras dejado el ladrido de los perros en la calle, el aullido de las máquinas, nada. Sólo un estruendo inmenso en el cielo. Sólo esta sinfonía que languidece. Sólo este café a medio vaso. Sólo estos ruidos mediócres de la lluvia: sin fuerza, sin ti también. Sólo esta casa que me recibe con un muestrario de tu sin presencia, de no hallar rastros tuyos, de agrandar ausencias. Aún así te espero, preciso, encorvado en esta mesa azul.

Sin ausencia

lunes, mayo 16, 2011

En forma de agua

Para él no había nada más frágil que ver llover. La transparencia cogía un peso tal que se desplazaba varios centímetros al chocar en el suelo. Su angustia aumentaba con las primeras quemazones, eventos indescifrables que ocurrían siempre en los bordes de la ciudad y que eran orquestados por personajes invisibles en las primeras tardes de mayo. Esta anticipación proclive a la desesperanza le hacía mugir y encerrarse en el cuarto más privado de la casa. Sin embargo los aguaceros vendrían aún sin poderse ver. Lluvias auditivas caían en sus pensamientos y entonces los estruendos, los repiqueteos incesantes en el cristal de la ventana como miles de moscas. Al limpiarse el cielo quedaban las cuarteaduras de agua en aceras y pretiles: trozos de los reflejos del mundo; en el patio la ropa mojada pendía de los lazos; de las marquesinas caía un goteo persistente, últimos vestigios del aguacero en arquitecturas construidas para exprimirse infinitamente. Los árboles se tornaban más oscuros y hasta donde la vista alcanzaba a ver, parecía que la lluvia había demolido con su intrínseca fuerza esa muralla de humo que rodeaba la ciudad. La lluvia era una victoria. Ahora y por momentos el mundo se parecía más a cómo lo conocía. Él creía que cada lluvia renovaba la relación de sus habitantes, relaciones parcas y sutiles, relaciones tiernas e invisibles surgidas desde antes de llover. Era solo que el agua, frágil como la concebía, develaba cada una de estas historias que escriben los habitantes al caminar las calles en su día a día. En el mínimo vaho que existe entre las personas y la ciudad la acera era elocuente. En ella las huellas de sus habitantes personificaban la lluvia, cada suela cada paso no dado eran una suerte de tipografía que se mezclaba promoviendo en él un imaginar constante de múltiples significados. El agua quieta por momentos en lo invisible escribía la historia de esta ciudad y de todas. La historia de él los segundos y sus horas sus alientos.

lunes, mayo 02, 2011

Mayo

Mi padre dormía. Nos dijo al teléfono que descansaba, que la marcha había sido, una vez más, exitosa. Aún con fuerzas pisa la calle Sonora y baja por la pendiente de Niños Héroes. Las banquetas a esta hora aún están calientes. La noche ennegrece la bahía: es lo que sus ojos alcanzan a ver. Los locales abiertos al mediodía son censurados por las taquerías y bares que iluminan la avenida. Baja. Su descenso palpa el contorno del barrio. La soledad no lo inmuta. Como un gato sin hacer ruido piensa en la marcha de hace unas horas. Toda una vida condenada al trabajo. Trabajar es exiliarse de vivir cuando no hallas en él el aliento de la vida. La marcha es un paraíso de tristezas. De fracasos ambulantes. De gritos que no lastiman a nadie. Y el sol pesa demasiado como los años de los que caminan. Piensa todavía. También llorar es posible. Llorar en el puerto es romántico todavía, a pesar de las matanzas y las bolsas llenas de restos, de las masacres continuas. Un día la bahía podría vaciarse y se vería él en el hueco. Oquedad bella. Tránsito, carros aúllan veloces. Mujeres caminan a prisa. Perros olisquean la basura. El sudor lo recorre, es implacable. De qué me sirve esta fuerza de los pasos--imagina, y recorre con sonrisas las voces de sus hijos, de su mujer: su secreta fuerza, lo que lo mueve.

sábado, abril 23, 2011

Recipiente

Los rescates suceden con las lluvias. Las plantas, los cortes sin filo en grados diversos. Tu mano crea. Aguaceros cambian mundos. Las condiciones permean todo lo que tocan, son provocaciones, destellos: esa raíz empezará a nutrir un espacio insignificante⎯si quieres. Empezará por una dispersión diminuta, no notaras su silencio creciente. Se alimentará de tu rutina. Crecerá y se irá esparciendo entre trastes que se desacomodan en la alacena, entre olores guardados y no le hará falta la luz. Como una tinta invisible te escribirá en el agua y escuchará tus charlas cotidianas, de cuando llegas y te ausentas en esos fines de semana largos. Extrañará tus ruidos: cuando se te cae un arete, cuando olvidas cerrar la llave de agua. El goteo del tiempo que te moja y también alienta. Caminaras cada esquina y cada parque, y ella horadará el agua como tus pasos los días.

lunes, abril 04, 2011

Acciones

Ai Weiwei-Tirando al suelo una urna de la disnastia Han.


viernes, marzo 25, 2011

Sueño

Estoy rodeado de viejos rostros en un salón inmenso. Rostros de viejos niños y jóvenes. Sus muros son aparentes y en el espejo de las columnas me reflejo. Soy yo todos y yo soy éste frente a mí. Las edades tatuadas en mi rostro. Piel de grama arena noche. El límite es hasta donde alcanza la vida. No existe un después.