jueves, enero 28, 2010

p - oetry

Llegó, marca mi aliento.

aunque también las vi
historias de los peces
contundente corte de cualquier vía hacia la narrativa
o a la narratividad
voces/sin voz
nadar



Peceras

Somos más peces de lo que nuestro orgullo de mono erecto, bípedo y según colonizador de no sé qué evolución absoluta está preparado para admitir. Tenemos peceras de todos tamaños. Algunas son más bonitas que otras. Algunas tienen basura. Algunas no tienen agua. Todas son peceras. Somos peces ahogados en petróleo, en chatarra, en imagenes, en canciones cursis, en problemas migratorios, en espera de una muerte de olvido o de violencia. Somos testarudos insípidos del tener recuerdos inventados a los que llamamos Historia. Nuestra memoria es como los 10 segundos del pez en proporción al tiempo que vivimos: cuando llegamos del otro lado de la pecera ya no recordamos que estábamos allí ¿Somos capaces de ver siquiera más allá del tiempo que pasó por nuestras narices hace 30 años, hace 15, hace 6? No, no hablo de recuerdos como de trebejos, como nostalgias estetizadas. Hablo, por supuesto, de una palabra que no me gusta pero que a Lispector sí y la recuerdo cuando lo digo y eso es aprendizaje, eso es conformación de la memoria, eso es aprender a vivir de otras maneras, eso es creación, eso podría ser hacer explotar estas peceras en las que vivimos.

Hoy en mi buzón de correo electrónico había una respuesta a un mail mío que decía:

"hay un principio que rige la política es el de la 'memoria corta' o no memoria de un pueblo"

Pareciera que estamos condenados a darnos de topes contra los cristales sin recordar que atravesamos todo ese camino para salir de allí.

Y... los cristales son tan frágiles...

viernes, enero 01, 2010

o

Hay un enero que me gusta, primo, y no está en el extremo en que te encuentras. Como has predicho, algo se pierde cada vez. Recuerdo tu insistencia en recuperar esto que se va. Alguna vez nadaste contra corriente, cuando íbamos de pesca con los tíos, para recuperar la sandalia; tuvieron que moverse pronto para que no te ahogaras y después te premiaron con una carpa para ti solito. Grande el pescado, con sus escamas rojas y doradas, pero no te bastaba, lo que deseabas se lo había llevado la corriente del río. Pero las cosas no se pierden⎯primo⎯se hayan diferentes, se comparten y amplían esta vida acotada. Hay un enero que empezaba con ustedes y nosotros; hay este enero ahora, abriendo un hueco en el aire por donde atraviesan mis recuerdos.

viernes, diciembre 25, 2009

i

"Siempre me pasa lo mismo en estos días"

lunes, diciembre 14, 2009

u

“¿Olvida usted algo? --¡Ojalá!” Abrió los ojos recordando la lectura a duermevela. Le gustaba la brevedad; según las críticas, estas líneas que repasaba en su cabeza eran un ejemplo exquisito de síntesis literaria, en pocas palabras: el cuento corto jamás escrito. Estiró sus brazos; miró que permeaba por la cortina una luz distinta a las horas cuando se despertaba en la semana, sonrió. El despertador no había detonado. Eran sus días de descanso. No tendría que llevar de paseo a Zeferino; no tendría que decir el penoso “buenos días” a todo aquel que se atravesaba en el pasillo del trabajo; no tendría que ir embutido en una camisa y pantalones recién planchados. Sintió una finita felicidad, turbada por aquellas líneas encontradas anoche y por casualidad mientras leía la nota roja del diario local; miró la capa de papel debajo de ésta y en negritas había unas palabras escritas como para preservar un recuerdo: visitar a mi madre este fin de semana. Movió la cabeza hacia los lados y se quedó algunos minutos observando el cielo raso como si buscara algo, como si tratara de recordar. Enseguida: ritualizó--es decir, hizo las actividades habituales de la semana de trabajo: se levantó, se aseó, se vistió rápido como una ráfaga, desayunó con celeridad. Sintió un impulso, una necesidad de trocar. No sintió que el tiempo pasaba. Salió sin darse cuenta. Horas desperdiciadas--pensó--mientras esperaba en el andén. Contrario a la brevedad que prefería, para llegar al departamento de su madre tenía que atravesar la ciudad. Con suerte le tomaría una hora, con suerte el vagón estaría vacío ya que no le gustaba la colectividad. Avanzó. Cerró los ojos, así era posible imaginar que estaba solo. Escuchó las voces moverse como peces y sintió que estaba flotando en un estanque. El trayecto, tantas veces este camino, tantas veces… Imaginó el triste destino de algunos recuerdos, fosilizados en esa distancia: recordó la primera vez que visitó la ciudad y agarraba la mano de su madre, más fuerte cada vez, para que no se lo llevara la gente que entraba y salía de los vagones; recordó la infinita tristeza que sentía al volver solo a casa, veía que la gente se iba y no llegaban más y la soledad empezaba a abrumarlo todo: los anuncios articulados del paisaje urbano, las lucecitas en las cumbres de los cerros, las miradas ávidas de los transeúntes cruzando la calle; recordó a su abuela, la que al leerle las manos le auguró que un día allí encontraría una sorpresa; recordó la sonrisa de María Luisa. Suspiró. Años atrás le había sucedido una catástrofe. Ahora se conformaba con llenar los días; horas desperdiciadas--volvió a pensar. Pensó en Zeferino--su gato--la única compañía entre semanas. Vería a su madre. Dos semanas se habían pasado pronto y ya no había marcha atrás como a veces le ocurría al transporte. La luz permeó de nuevo el espacio y la notó distinta. Cuando se dedicó a observar la ciudad, como si observara el pelo de ella, notó que eran más opacos los días, tal vez son presagios, puntos neurálgicos, posibilidades--se repetía. El urbanismo transformó sus recuerdos bucólicos, no obstante exaltó la artificialidad por aquello que demolía. La ciudad anhelante, la ciudad saturada de deseos. No deben estar cuerdos quienes se vienen a vivir acá--pensó--sin embargo él estaba inmerso en ella. Poco a poco se acercó. Llegaba. ¿Encontraría a su madre?

miércoles, diciembre 02, 2009

y

Cómo decirlo si no hay papel. Sí, nocturno este paisaje.

Abrió los ojos y sintió un gran deseo de no ser nunca visto. Caminó con su perro, mirando su paso tranquilo, casi de algodón. Se acordaba de cosas.

Le gusta la soledad de los árboles en la noche. Llega a casa y sale caminar. Nada más abrir la puerta y él se le queda viendo con emoción. Sus ojos le conmueven y piensa en su espera triste de la tarde, en su lealtad.

Traza su ruta y se deja guiar por la secreta fuerza que estira de su brazo. Vibran sus pies. Su corazón apenas salta. Permanecen sus ojos cerrados.

Es afuera cuando se siente acompañado. Dentro, las paredes acotan su soledad y la revelan y se refleja: mira su imagen empañada, deformándose a cada ladrido de su acompañante.

Es su voz un segundero.

El paseo lo nutre. También son dosis de olvido.

Hay madrugadas en que se despierta llorando. Imagina que no es de aquí. Que no es su cuerpo. Que es un adentro. Qué bueno que Dios nos expulsó del Paraíso­—piensa­—acotado por la piel, acotado en el silencio.

Roza el margen de penas por las noches. Viaja en vehículos velocísimos. Salta un mar de escamas de luna. Escribe cartas en rollos de papel higiénico.

Abre los ojos: busca libélulas en la noche.

domingo, noviembre 15, 2009

t



Playlist para esta noche de domingo:

Thursday - Asobi Seksu
Hear Somebody Say - Devendra Banhart
Green Grass - Cibelle
Suedehead - Morrisey
Ursulan Uni - Paavoharju
Insensible - Juana Molina

lunes, noviembre 02, 2009

domingo, noviembre 01, 2009

e

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Basado en Félix Beltrán

martes, octubre 27, 2009

lunes, octubre 26, 2009

q

Me acuesto corazón con los ojos abiertos. En ti cerrado. No te tengo, te busco. Anochece lentamente. Te encuentro en los objetos y los libros, apareces entre afiches sajones, entre piedras de mar y de río. Te busco en la habitación, oscura quieta, con los ojos cerrados. Silencio. Toda mi piel está buscándote. Tiemblo el aire cuando te palabreo. Ecos que suaves se deslizan en los muros. Quisiera que un beso de tus ojos llenara este cuenco vacío de mi sueño. Quisiera que la noche te acercara y para siempre estés.

sábado, octubre 24, 2009

De dónde provengo

En el titular se lee: "provenimos de observadores del cielo acuciosos", entusiasmado por el enunciado yo leí: provenimos de observadores del cielo acuosos, al releerlo me di cuenta de la falla, sin embargo me gusta más con el error de mi emoción, que da a los observadores este pensarlos en nostalgia y melancolía. Sabiduría y no, pero el astro que vieron por segundos jamás lo volverán a ver. De allí la acuosidad que mana de sus ojos por el breve descuido al, digamos, endulzar su taza de café. En cierto poema de Galeano se lee que por envidia de los supremos el hombre perdió la capacidad de ver más allá del horizonte; los observadores apelan a los instrumentos para recuperar esta carencia fatal: acuciosos y decididos. Es en todo cierto que el deseo vehemente que los impulsa a observar les llena de deseos y por eso aumenta su falta de nada, su vacío amplio como el cosmos al que día y noche dirigen sus máquinas. Y es en esos extractos de su solitaria actividad, de su búsqueda solícita, que me siento como ellos: un observador acuoso.

martes, octubre 20, 2009

El frío llegó.

Me abunda una soledad impresionante. No es de esta noche. Han cesado los viajes de bus. Y las caminatas más breves que he dado nunca se vuelven rutina. Dónde están aquellos éxtasis. Aquel cansancio que dejé en algún sitio de parque. El olor de las camas. Las camisas arrugadas. Las semillas en mis bolsillos. El tiempo apresurándome. Dónde han quedado los dibujos que hacíamos y hacían las cosas. Me despierto pensando-te en estas noches sin sueño. Noches sin ti y con frío. Con el brazo torcido. Con los ojos cerrados engañando a las sombras y la memoria.


sábado, octubre 17, 2009

lunes, agosto 17, 2009

Las palabras que saltan

Muchos yo soy. Soy las voces que atravieso cuando camino. Este síntoma que recorre mi cuerpo: dolor lánguido. Soy una palabra que se dice para encontrarme cuando mi ausencia destella en la noche. Esta sombra que proyectan mis ojos en la ciudad y sus símbolos. Este dejarme vacío, este sentirme contento para llenarme. Soy un baúl nutrido de viajes: al abrirse soy el aroma que inunda la habitación. La yerba que crece en los perímetros de la casa. Los pensamientos de mi padre cuando avanza por el Puerto. La ternura con que mamá pica la cebolla. Este avanzar soy. Las letras que saltan.

Malecón

jueves, junio 25, 2009

viernes, junio 19, 2009

Ahora que llueve

Porque tendría que salir. Abandonarme. Dejé que las cosas se hicieran silvestres en las habitaciones. Salí entre semana, cuando no lo hace nadie y cuando en las terminales hay más silencio. No quería que me vieran partir. Al final de la tarde el espesor de las ventanillas de bus era la única barrera que impedía situarme allá, cerca de ti, ciudad. No te gustaba que me gustara el centro, deberías descentrarte—me decías—pero no podía estar lejos del ombligo, lejos de sus ventanas llenas de libros o del sonido en la sola noche del metal de los pasamanos; tal vez era la ausencia, o esta repentina forma de vida que me cobraban las circunstancias. No te gustaba que comiera con los vagabundos, que les diera dinero, en esas horas álgidas de enero cuando más—decías—lo necesitaba. No te gustaba mi silencio cuando caminaba por Moneda mirando la escultura del cielo. O que hablara de poesía en los banquetes, en las horas de comida en que fortuitamente coincidíamos. Decías que nadie podía comer con palabras, y yo no te decía nada, me quedaba pensando y eso tampoco te gustaba. Me gustaría poder cantar Argerich en las plazas—te decía—y yo te señalaba en la cartografía de la ciudad el nombre de ellas. No te gustaba mi alegría seca inexpresiva. O no sabía cómo expresarla porque casi siempre un mutismo te rodeaba cuando ibas conmigo. No te gustaba que llorara, que mostrara una debilidad hasta antes desconocida para mí, pero a eso le debo noches bastante lúcidas y de extrema tristeza que agujeraron mi personalidad dándole un carácter, quizá un sentido. Me acompañabas. La ciudad era nuestra orilla, o al menos eso pensaba porque yo me quedé a la deriva de ésta. La ciudad de los libros en las ventanas.

A fines de junio eran más constantes las lluvias. Yo viajaba a casa cada noche. El parabrisas atrapaba por instantes las gotitas. Imposibles de aferrarse a la superficie lisa descendían dejando infinitas siluetas que modificaban el contorno de los edificios y sus sombras. Entre luces y tu presencia deformada a cada vuelta de rueda yo me fui alejando. Aterido, me acerqué al mostrador y compré un boleto. Los huesos de mis manos crujieron cuando tuve ese papel: insignificante, minúscula verdad. Los objetos me rodeaban, las cosas ocultas me confundían, pintaron misterio en mis ojos. Estaba solo, no podía ser medroso. La altura del andén era imprecisa, los pisos reflejaban doblemente esa inmensidad haciéndome parecer una mosca en un cuadro de Blake. El viento se colaba por las vitrinas, proyectaba en mi frente su dardo frío. La espesa despedida de la ciudad se manifestaba, quizá intentando liberar de mi mente los recuerdos que sólo de ella llevaba en mi equipaje. Nunca había escuchado la voz de un verdugo. El hombre avisó que había llegado la hora de dejarla. Que preparara mi boleto. Hurgué en mi chamarra, y temí por instantes no encontrarlo. Lo leí y con certeza señalaba la hora y el lugar de mi destino. Con un lapicero escribí otra palabra apresurado en él, señalando un destino ideal. Emborronado el boleto, el hombre dudó en dejarme pasar. Yo no hacía caso de lo que hablaba con un asistente. A través del cristal podía mirar a los que, como yo, se iban. Las señoritas con sus maletas despidiéndose de sus viejos, los que llorosos alzaban la mano como si enseñaran el corazón; los uniformados guardando objetos del piso, bolsas que contenían las voces de los adioses a las once de la noche y que me resultaban preciosas moviéndose por ese impulso invisible como si fueran mariposas. Me dijeron que habían revisado en su base de datos y no había tal lugar, que no existía eso adonde dice el papel que iba a viajar. Que tal vez había una confusión, pero podía irme en el que habían voceado ya que la hora coincidía. Fue el momento de partida.

martes, junio 02, 2009

Dos relatos

Aproveché la tarde para leer. Todavía había restos, entre bolsas ziploc, de pizerolas y la última copa de vino no fue suficiente. De entre todas las palabras, hubo dos textos que me pusieron nostálgico y me trajeron las memorias de cuando dejábamos Porto en ese taxi y de aquellas tardes en la ciudad de México cuando, por motivos académicos y de gusto, convivía con vagabundos.

1. 1. El taxi avanzó con rapidez por las calles de la capital, dejó atrás los edificios del partido, la universidad con sus históricas estatuas, los museos y los rascacielos modernos y franqueó el puente tendido sobre el río. Yo me dirigía al aeropuerto. Comprendí que veía por última vez lo que estaba viendo.

Dispersos en torno de esos edificios, suspendidos como avispas entre esos monumentos, había veinticuatro años de mi vida. El saberlo no me causaba emoción: lo mismo podían haber sido veinticuatro días o veinticuatro siglos. Mi memoria, desgarrada y despareja, parecía un viejo camino sembrado de guijarros.

El aeropuerto. Fiscalización del pasaporte. El asiento de pana del avión. El despegue. Seguí meditando que mi cuarto de siglo había estado esperando esa partida, que el tiempo en el cual yo penetraba ahora era inconcebible. Ahora, llevado por el aire, me inquietó la idea de que yo no había hecho nada, en los últimos años, para tornar más real mi inminente llegada a otro continente. Sólo la partida tenía realidad. Me sentía engañado y robado: tantos años sólo me habían llevado a un asiento de avión.

Si yo hubiese podido mantener a aquel aparato permanentemente en el cielo, desafiar a los vientos y a las nubes y a todas las fuerzas que lo empujaban hacia arriba y lo arrastraba hacia la tierra, lo habría hecho de buena gana. Me hubiera quedado en mi asiento con los ojos cerrados, esfumadas toda mi fuerza y mi pasión, mi espíritu sereno como una percha debajo de un sombrero olvidado y me hubiera quedado allí, intemporal, indimenso, no juzgado, sin molestar a nadie, suspendido eternamente entre mi pasado y mi futuro.

2. 2. Caminé por los distritos donde vivían rodeados por el hedor y la enfermedad. No tenían nada que poseer ni de qué enorgullecerse. Los unía solamente la tonalidad de su piel… y yo, les envidiaba.

Caminé por las calles con el calor del bochornoso día y atisbé en las habitaciones llenas de niños que chillaban y de colchones podridos apilados en el suelo. Los viejos y los enfermos yacían estirados sobre sus camas o muy inclinados en sus sillas. En los callejones ciegos, vi a las muchachas en grupos, riendo. Observé a los niños que vociferaban jugando a la pelota en los baldíos, vi a los paralíticos y a los drogados despatarrados sobre las veredas… obstáculos vivientes para los ciegos y los idiotas. Contemplé a los niños mugrientos que arrojaban botellas contra las latas de basura jamás vaciadas, que perseguían a los gatos y a los perros y se perseguían entre sí alrededor de los automóviles abandonados que insistentes rateros habían despojado de todo lo que tenía algún valor y de trozo de goma y tela.

Les envidiaba a los que vivían allí y parecían tan libres, no teniendo nada que lamentar ni esperar. En el mundo de las partidas de nacimiento, los exámenes médicos, las tarjetas perforadas y las computadoras, en el mundo de las guías telefónicas, los pasaportes, las cuentas bancarias, los planes de seguros, los testamentos, las cartas de crédito, las pensiones, las hipotecas y los préstamos, ellos vivían desligados, cada cual consciente de sí mismo.

Si yo pudiera, por arte mágica, hablar su idioma y cambiar el color de mi piel, la forma de mi cráneo, la textura de mi cabello, me transformaría en uno de ellos. Así, expulsaría de mi la imagen de lo que había sido antaño y de lo que podía llegar a ser; ahuyentaría el temor a la ley que había aprendido, la idea de lo que significaba el fracaso, la vara que medía el éxito; desterraría el sueño de la posesión y los símbolos de la propiedad, las credenciales, los diplomas, los contratos. Este cambio no me dejaría otra alternativa que seguir vivo.

Así, el mundo empezaría y moriría conmigo. La ciudad me parecería una mutante entre las maravillas del mundo: sus chimeneas contaminarían el aire, sus raíces envenenarían la tierra, sus tentáculos opondrían un hombre a otro y estrangularían a ambos en su pugna sin esperanzas. Trazaría el mapa de los caminos y túneles y puentes de la ciudad, sus subterráneos y canales, sus barrios adornados por hermosos hogares llenos de objetos inestimables, bibliotecas raras y hermosas habitaciones, sus inteligentes redes de cañerías y cables y alambres bajo las calles, sus departamentos de policía y estaciones de comunicaciones, sus hospitales, iglesias y templos, sus edificios administrativos atestados y empleados serviles. Luego, libraría la guerra contra esa ciudad como si se tratara de un cuerpo viviente.

Kosinski

lunes, junio 01, 2009

Escritos en dos tiempos.

¿Escucharas el teclado? ¿escucharas su respiración entre palabras, su despertar calibrado a dedos? Insomne. Horas de cuadrilla, horas dulces, de cantos de sirena, de antologías, de exámenes propedéuticos. Horas intensas en las que te pienso como si viera la anatomía de una paloma, con sus alas extendidas y sus ojos disecados. ¿Puedes, me estás escuchando? Yo veo el absoluto silencio de la tarde, cómo se despliega, cómo bate, cómo se ancla en el contorno de una ciudad que se va borrando. Ojos de esclavos en los vecindarios; de las balaustradas los perros gimen ladridos inertes y los amantes se envuelven en caricias ocultos por cortinas verdes . ¿Me ves, podrá esta tarde traerte? Podrías ser un soplo ligero y allanar el antepecho de la ventana; tal vez ser una palabra que callo y que surge a las otras. En mi vida estás. Horas pequeñas. Mundo que acaso calla. Yo lo callo. Cierro mis ojos para desaprender. Dejo los relojes en la habitación de la imaginación donde estabas diciendo que me amabas, y tus besos eran plomo, pero el amor no es el metal que éste dejaba en mis labios, su sabor es una cosa incomprensible y extraordinaria. Ahora que la tierra humedece tu vientre y que tu cabello asciende entre los árboles y la vida no cesa su avance, inexorable, y me acuchilla; ahora que me hago pequeño al pensarte y tu nobleza desfigura mis razones; ahora que la espera deshace estas caricias que tenía para darte porque no encuentro un cuenco donde depositarlas; ahora que te has ido y que al llevarme en ti dejaste sólo mis palabras y los haces de luz que se desplegaron en el cielo como un manto abierto; ahora quedo estático, mudo, solo, sin rima y sin objetos. Y la tarde permanece igual previendo la furia posible de la noche. Esta tu boca que ronda en mí, estas tus manos que crean lo posible, éstas… las mías, que penosas parecen desistir. Sucumbo y resisto. Y por eso sufro, porque adonde tú no ves es mi camino, adonde tú no tocas son los muros y los pisos donde se demora mi vida. Porque ahora, adonde tú duermes yo quisiera descansar mi ruidoso lamento y ser parte de ese sueño congelado y bello… y yo, alejado de todo, quedo exiguo de aliento, ermitaño en la ciudad de caras grises con sus montañas empapadas de fuego y las sonrisas diurnas; donde el sol se escurre por las cloacas, y gritos de perros furiosos me persiguen como una trampa. Palabras deshaciendo este fluir. Entonces empiezo a desbordarme, y soy los colores que veras mañana: imposible de tocar, imposible de mirar, imposible de estar, sólo siendo una presencia en las cosas que hacen al mundo, en los diálogos. ¡Ah, si este calor me librara de todas las esperanzas! y yo, incómodo, desistiera de mis impulsos, entonces podría ser como el pájaro que vuela empañando la claridad del cielo. Noche ligera, por qué tienes que llegar, por qué acabas con el tiempo. Por qué tu cuello no es más alto para concebir un día más longevo y primitivo donde pudiera estar simplemente, franco, parco, feliz, contigo. Pero no es este tiempo lo que me acelera, no son estas manos que me impulsan como si fueran pasos, es algo más, es un intento, algo que se me traba en una parte del pecho y que duele cuando sale, cuando lo anuncio, y encuentro en este duelo una esperanza, un yo más real, algo que imanta mi presencia a ti.

domingo, mayo 24, 2009

Profiterol

Observó a su mujer al cruzar la calle. Llevaba el chaquetón rojo que siempre juraba que iba a tirar pero que siempre acababa recuperando del fondo del armario año tras año. Ella era así con todo, y justamente esa singularidad fue lo que la atrajo de ella cuando la conoció. La misma ropa una y otra vez, los montones de pintalabios que nunca tocaba, aquella canción... El torbellino de la vida que entonaba siempre que cocinaba croquetas formaba parte de una vida que le parecía ajena, y que tenía pensado abandonar entre el segundo plato y el postre. Se daba cuenta de la incongruencia a la vez extraña y lógica del lugar que había elegido para dejarla, precisamente allí se había dado cuenta por primera vez de que ya no la quería. Cuando ella esbozó una sonrisa, él se sintió con ganas de gritar: te voy a dejar sin no sonrías más, pero simplemente le ofreció un poco de su aperitivo. Eso era algo que también le sacaba de quicio de su mujer. Ella nunca pedía aperitivo ni postre pero siempre se comía los de él casi enteros. Y lo peor de todo es que él siempre acababa pidiendo lo que le gustaba a ella. Ya no sé si realmente me gustan los profiteroles—pensó—con un aire grave y solemne. Cuando ella se hecho a llorar, como no la había hecho nunca, lo primero que pensó es que ella sabía que la iba a dejar por María Cristina, la fogosa azafata a la que amaba desde hacía año y medio. Ya está—pensó él—lo sabe, hace tiempo que lo sabe, debería haberlo imaginado.  Sin dejar de llorar ella sacó unos papeles del bolso y se los entregó. Con una terminología médica aséptica, decía que tenía leucemia en fase terminal. En un instante el motivo del almuerzo se esfumó de su pensamiento, y una extraña voz metálica empezó a decirle: debes estar a la altura de las circunstancias. Y eso fue lo que hizo. Para empezar, pidió tres raciones de profiteroles para llevar, y envió un mensaje a su amante: olvídame, Sergio. Dispensó a su mujer todas las atenciones que hasta entonces ella le había reclamado: colgar los cuadros que esperaban por toda la casa; acompañarla al cine por la tarde para ver sus películas preferidas; ir de rebajas con ella pese a detestar las compras; leer en voz alta “Sputnik mi amor” de Murakami, y todo, incluso las cosas más insignificantes tenían otro sabor desde que sabía que esa sería la última vez que podía hacerlas para ella. De tanto comportarse como un hombre enamorado, volvió a enamorarse. Y cuando ella falleció en sus brazos, él cayó en un coma emocional del que nunca llegó a salir. Aún hoy, después de muchos años, se le encoge el corazón cada vez que ve a una mujer con un chaquetón rojo. 

I. Coixet

jueves, mayo 21, 2009

Yo con caballos.

Es preciso escribir-te con el peso de las palabras en mis dedos, siento que brotan, todo mi cuerpo siente, dentro de mí fluyen fragancias, una ciudad, una cueva. Soy la tierra donde las hormigas guardan su pesada carga: un trocito de hoja que flota en el viento. Soy interior, hacia dentro. Soy la palabra no dicha y este sentir que muero. Me sumerjo en mí. Dejo este cuerpo, que la lluvia se lo lleve, que flote sobre un río, que se mueva solo para que sueñe con sus viajes, para que me escuche. Siento el peso de mis dedos, solo, conmigo.

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