martes, octubre 20, 2009

El frío llegó.

Me abunda una soledad impresionante. No es de esta noche. Han cesado los viajes de bus. Y las caminatas más breves que he dado nunca se vuelven rutina. Dónde están aquellos éxtasis. Aquel cansancio que dejé en algún sitio de parque. El olor de las camas. Las camisas arrugadas. Las semillas en mis bolsillos. El tiempo apresurándome. Dónde han quedado los dibujos que hacíamos y hacían las cosas. Me despierto pensando-te en estas noches sin sueño. Noches sin ti y con frío. Con el brazo torcido. Con los ojos cerrados engañando a las sombras y la memoria.


sábado, octubre 17, 2009

lunes, agosto 17, 2009

Las palabras que saltan

Muchos yo soy. Soy las voces que atravieso cuando camino. Este síntoma que recorre mi cuerpo: dolor lánguido. Soy una palabra que se dice para encontrarme cuando mi ausencia destella en la noche. Esta sombra que proyectan mis ojos en la ciudad y sus símbolos. Este dejarme vacío, este sentirme contento para llenarme. Soy un baúl nutrido de viajes: al abrirse soy el aroma que inunda la habitación. La yerba que crece en los perímetros de la casa. Los pensamientos de mi padre cuando avanza por el Puerto. La ternura con que mamá pica la cebolla. Este avanzar soy. Las letras que saltan.

Malecón

jueves, junio 25, 2009

viernes, junio 19, 2009

Ahora que llueve

Porque tendría que salir. Abandonarme. Dejé que las cosas se hicieran silvestres en las habitaciones. Salí entre semana, cuando no lo hace nadie y cuando en las terminales hay más silencio. No quería que me vieran partir. Al final de la tarde el espesor de las ventanillas de bus era la única barrera que impedía situarme allá, cerca de ti, ciudad. No te gustaba que me gustara el centro, deberías descentrarte—me decías—pero no podía estar lejos del ombligo, lejos de sus ventanas llenas de libros o del sonido en la sola noche del metal de los pasamanos; tal vez era la ausencia, o esta repentina forma de vida que me cobraban las circunstancias. No te gustaba que comiera con los vagabundos, que les diera dinero, en esas horas álgidas de enero cuando más—decías—lo necesitaba. No te gustaba mi silencio cuando caminaba por Moneda mirando la escultura del cielo. O que hablara de poesía en los banquetes, en las horas de comida en que fortuitamente coincidíamos. Decías que nadie podía comer con palabras, y yo no te decía nada, me quedaba pensando y eso tampoco te gustaba. Me gustaría poder cantar Argerich en las plazas—te decía—y yo te señalaba en la cartografía de la ciudad el nombre de ellas. No te gustaba mi alegría seca inexpresiva. O no sabía cómo expresarla porque casi siempre un mutismo te rodeaba cuando ibas conmigo. No te gustaba que llorara, que mostrara una debilidad hasta antes desconocida para mí, pero a eso le debo noches bastante lúcidas y de extrema tristeza que agujeraron mi personalidad dándole un carácter, quizá un sentido. Me acompañabas. La ciudad era nuestra orilla, o al menos eso pensaba porque yo me quedé a la deriva de ésta. La ciudad de los libros en las ventanas.

A fines de junio eran más constantes las lluvias. Yo viajaba a casa cada noche. El parabrisas atrapaba por instantes las gotitas. Imposibles de aferrarse a la superficie lisa descendían dejando infinitas siluetas que modificaban el contorno de los edificios y sus sombras. Entre luces y tu presencia deformada a cada vuelta de rueda yo me fui alejando. Aterido, me acerqué al mostrador y compré un boleto. Los huesos de mis manos crujieron cuando tuve ese papel: insignificante, minúscula verdad. Los objetos me rodeaban, las cosas ocultas me confundían, pintaron misterio en mis ojos. Estaba solo, no podía ser medroso. La altura del andén era imprecisa, los pisos reflejaban doblemente esa inmensidad haciéndome parecer una mosca en un cuadro de Blake. El viento se colaba por las vitrinas, proyectaba en mi frente su dardo frío. La espesa despedida de la ciudad se manifestaba, quizá intentando liberar de mi mente los recuerdos que sólo de ella llevaba en mi equipaje. Nunca había escuchado la voz de un verdugo. El hombre avisó que había llegado la hora de dejarla. Que preparara mi boleto. Hurgué en mi chamarra, y temí por instantes no encontrarlo. Lo leí y con certeza señalaba la hora y el lugar de mi destino. Con un lapicero escribí otra palabra apresurado en él, señalando un destino ideal. Emborronado el boleto, el hombre dudó en dejarme pasar. Yo no hacía caso de lo que hablaba con un asistente. A través del cristal podía mirar a los que, como yo, se iban. Las señoritas con sus maletas despidiéndose de sus viejos, los que llorosos alzaban la mano como si enseñaran el corazón; los uniformados guardando objetos del piso, bolsas que contenían las voces de los adioses a las once de la noche y que me resultaban preciosas moviéndose por ese impulso invisible como si fueran mariposas. Me dijeron que habían revisado en su base de datos y no había tal lugar, que no existía eso adonde dice el papel que iba a viajar. Que tal vez había una confusión, pero podía irme en el que habían voceado ya que la hora coincidía. Fue el momento de partida.

martes, junio 02, 2009

Dos relatos

Aproveché la tarde para leer. Todavía había restos, entre bolsas ziploc, de pizerolas y la última copa de vino no fue suficiente. De entre todas las palabras, hubo dos textos que me pusieron nostálgico y me trajeron las memorias de cuando dejábamos Porto en ese taxi y de aquellas tardes en la ciudad de México cuando, por motivos académicos y de gusto, convivía con vagabundos.

1. 1. El taxi avanzó con rapidez por las calles de la capital, dejó atrás los edificios del partido, la universidad con sus históricas estatuas, los museos y los rascacielos modernos y franqueó el puente tendido sobre el río. Yo me dirigía al aeropuerto. Comprendí que veía por última vez lo que estaba viendo.

Dispersos en torno de esos edificios, suspendidos como avispas entre esos monumentos, había veinticuatro años de mi vida. El saberlo no me causaba emoción: lo mismo podían haber sido veinticuatro días o veinticuatro siglos. Mi memoria, desgarrada y despareja, parecía un viejo camino sembrado de guijarros.

El aeropuerto. Fiscalización del pasaporte. El asiento de pana del avión. El despegue. Seguí meditando que mi cuarto de siglo había estado esperando esa partida, que el tiempo en el cual yo penetraba ahora era inconcebible. Ahora, llevado por el aire, me inquietó la idea de que yo no había hecho nada, en los últimos años, para tornar más real mi inminente llegada a otro continente. Sólo la partida tenía realidad. Me sentía engañado y robado: tantos años sólo me habían llevado a un asiento de avión.

Si yo hubiese podido mantener a aquel aparato permanentemente en el cielo, desafiar a los vientos y a las nubes y a todas las fuerzas que lo empujaban hacia arriba y lo arrastraba hacia la tierra, lo habría hecho de buena gana. Me hubiera quedado en mi asiento con los ojos cerrados, esfumadas toda mi fuerza y mi pasión, mi espíritu sereno como una percha debajo de un sombrero olvidado y me hubiera quedado allí, intemporal, indimenso, no juzgado, sin molestar a nadie, suspendido eternamente entre mi pasado y mi futuro.

2. 2. Caminé por los distritos donde vivían rodeados por el hedor y la enfermedad. No tenían nada que poseer ni de qué enorgullecerse. Los unía solamente la tonalidad de su piel… y yo, les envidiaba.

Caminé por las calles con el calor del bochornoso día y atisbé en las habitaciones llenas de niños que chillaban y de colchones podridos apilados en el suelo. Los viejos y los enfermos yacían estirados sobre sus camas o muy inclinados en sus sillas. En los callejones ciegos, vi a las muchachas en grupos, riendo. Observé a los niños que vociferaban jugando a la pelota en los baldíos, vi a los paralíticos y a los drogados despatarrados sobre las veredas… obstáculos vivientes para los ciegos y los idiotas. Contemplé a los niños mugrientos que arrojaban botellas contra las latas de basura jamás vaciadas, que perseguían a los gatos y a los perros y se perseguían entre sí alrededor de los automóviles abandonados que insistentes rateros habían despojado de todo lo que tenía algún valor y de trozo de goma y tela.

Les envidiaba a los que vivían allí y parecían tan libres, no teniendo nada que lamentar ni esperar. En el mundo de las partidas de nacimiento, los exámenes médicos, las tarjetas perforadas y las computadoras, en el mundo de las guías telefónicas, los pasaportes, las cuentas bancarias, los planes de seguros, los testamentos, las cartas de crédito, las pensiones, las hipotecas y los préstamos, ellos vivían desligados, cada cual consciente de sí mismo.

Si yo pudiera, por arte mágica, hablar su idioma y cambiar el color de mi piel, la forma de mi cráneo, la textura de mi cabello, me transformaría en uno de ellos. Así, expulsaría de mi la imagen de lo que había sido antaño y de lo que podía llegar a ser; ahuyentaría el temor a la ley que había aprendido, la idea de lo que significaba el fracaso, la vara que medía el éxito; desterraría el sueño de la posesión y los símbolos de la propiedad, las credenciales, los diplomas, los contratos. Este cambio no me dejaría otra alternativa que seguir vivo.

Así, el mundo empezaría y moriría conmigo. La ciudad me parecería una mutante entre las maravillas del mundo: sus chimeneas contaminarían el aire, sus raíces envenenarían la tierra, sus tentáculos opondrían un hombre a otro y estrangularían a ambos en su pugna sin esperanzas. Trazaría el mapa de los caminos y túneles y puentes de la ciudad, sus subterráneos y canales, sus barrios adornados por hermosos hogares llenos de objetos inestimables, bibliotecas raras y hermosas habitaciones, sus inteligentes redes de cañerías y cables y alambres bajo las calles, sus departamentos de policía y estaciones de comunicaciones, sus hospitales, iglesias y templos, sus edificios administrativos atestados y empleados serviles. Luego, libraría la guerra contra esa ciudad como si se tratara de un cuerpo viviente.

Kosinski

lunes, junio 01, 2009

Escritos en dos tiempos.

¿Escucharas el teclado? ¿escucharas su respiración entre palabras, su despertar calibrado a dedos? Insomne. Horas de cuadrilla, horas dulces, de cantos de sirena, de antologías, de exámenes propedéuticos. Horas intensas en las que te pienso como si viera la anatomía de una paloma, con sus alas extendidas y sus ojos disecados. ¿Puedes, me estás escuchando? Yo veo el absoluto silencio de la tarde, cómo se despliega, cómo bate, cómo se ancla en el contorno de una ciudad que se va borrando. Ojos de esclavos en los vecindarios; de las balaustradas los perros gimen ladridos inertes y los amantes se envuelven en caricias ocultos por cortinas verdes . ¿Me ves, podrá esta tarde traerte? Podrías ser un soplo ligero y allanar el antepecho de la ventana; tal vez ser una palabra que callo y que surge a las otras. En mi vida estás. Horas pequeñas. Mundo que acaso calla. Yo lo callo. Cierro mis ojos para desaprender. Dejo los relojes en la habitación de la imaginación donde estabas diciendo que me amabas, y tus besos eran plomo, pero el amor no es el metal que éste dejaba en mis labios, su sabor es una cosa incomprensible y extraordinaria. Ahora que la tierra humedece tu vientre y que tu cabello asciende entre los árboles y la vida no cesa su avance, inexorable, y me acuchilla; ahora que me hago pequeño al pensarte y tu nobleza desfigura mis razones; ahora que la espera deshace estas caricias que tenía para darte porque no encuentro un cuenco donde depositarlas; ahora que te has ido y que al llevarme en ti dejaste sólo mis palabras y los haces de luz que se desplegaron en el cielo como un manto abierto; ahora quedo estático, mudo, solo, sin rima y sin objetos. Y la tarde permanece igual previendo la furia posible de la noche. Esta tu boca que ronda en mí, estas tus manos que crean lo posible, éstas… las mías, que penosas parecen desistir. Sucumbo y resisto. Y por eso sufro, porque adonde tú no ves es mi camino, adonde tú no tocas son los muros y los pisos donde se demora mi vida. Porque ahora, adonde tú duermes yo quisiera descansar mi ruidoso lamento y ser parte de ese sueño congelado y bello… y yo, alejado de todo, quedo exiguo de aliento, ermitaño en la ciudad de caras grises con sus montañas empapadas de fuego y las sonrisas diurnas; donde el sol se escurre por las cloacas, y gritos de perros furiosos me persiguen como una trampa. Palabras deshaciendo este fluir. Entonces empiezo a desbordarme, y soy los colores que veras mañana: imposible de tocar, imposible de mirar, imposible de estar, sólo siendo una presencia en las cosas que hacen al mundo, en los diálogos. ¡Ah, si este calor me librara de todas las esperanzas! y yo, incómodo, desistiera de mis impulsos, entonces podría ser como el pájaro que vuela empañando la claridad del cielo. Noche ligera, por qué tienes que llegar, por qué acabas con el tiempo. Por qué tu cuello no es más alto para concebir un día más longevo y primitivo donde pudiera estar simplemente, franco, parco, feliz, contigo. Pero no es este tiempo lo que me acelera, no son estas manos que me impulsan como si fueran pasos, es algo más, es un intento, algo que se me traba en una parte del pecho y que duele cuando sale, cuando lo anuncio, y encuentro en este duelo una esperanza, un yo más real, algo que imanta mi presencia a ti.

domingo, mayo 24, 2009

Profiterol

Observó a su mujer al cruzar la calle. Llevaba el chaquetón rojo que siempre juraba que iba a tirar pero que siempre acababa recuperando del fondo del armario año tras año. Ella era así con todo, y justamente esa singularidad fue lo que la atrajo de ella cuando la conoció. La misma ropa una y otra vez, los montones de pintalabios que nunca tocaba, aquella canción... El torbellino de la vida que entonaba siempre que cocinaba croquetas formaba parte de una vida que le parecía ajena, y que tenía pensado abandonar entre el segundo plato y el postre. Se daba cuenta de la incongruencia a la vez extraña y lógica del lugar que había elegido para dejarla, precisamente allí se había dado cuenta por primera vez de que ya no la quería. Cuando ella esbozó una sonrisa, él se sintió con ganas de gritar: te voy a dejar sin no sonrías más, pero simplemente le ofreció un poco de su aperitivo. Eso era algo que también le sacaba de quicio de su mujer. Ella nunca pedía aperitivo ni postre pero siempre se comía los de él casi enteros. Y lo peor de todo es que él siempre acababa pidiendo lo que le gustaba a ella. Ya no sé si realmente me gustan los profiteroles—pensó—con un aire grave y solemne. Cuando ella se hecho a llorar, como no la había hecho nunca, lo primero que pensó es que ella sabía que la iba a dejar por María Cristina, la fogosa azafata a la que amaba desde hacía año y medio. Ya está—pensó él—lo sabe, hace tiempo que lo sabe, debería haberlo imaginado.  Sin dejar de llorar ella sacó unos papeles del bolso y se los entregó. Con una terminología médica aséptica, decía que tenía leucemia en fase terminal. En un instante el motivo del almuerzo se esfumó de su pensamiento, y una extraña voz metálica empezó a decirle: debes estar a la altura de las circunstancias. Y eso fue lo que hizo. Para empezar, pidió tres raciones de profiteroles para llevar, y envió un mensaje a su amante: olvídame, Sergio. Dispensó a su mujer todas las atenciones que hasta entonces ella le había reclamado: colgar los cuadros que esperaban por toda la casa; acompañarla al cine por la tarde para ver sus películas preferidas; ir de rebajas con ella pese a detestar las compras; leer en voz alta “Sputnik mi amor” de Murakami, y todo, incluso las cosas más insignificantes tenían otro sabor desde que sabía que esa sería la última vez que podía hacerlas para ella. De tanto comportarse como un hombre enamorado, volvió a enamorarse. Y cuando ella falleció en sus brazos, él cayó en un coma emocional del que nunca llegó a salir. Aún hoy, después de muchos años, se le encoge el corazón cada vez que ve a una mujer con un chaquetón rojo. 

I. Coixet

jueves, mayo 21, 2009

Yo con caballos.

Es preciso escribir-te con el peso de las palabras en mis dedos, siento que brotan, todo mi cuerpo siente, dentro de mí fluyen fragancias, una ciudad, una cueva. Soy la tierra donde las hormigas guardan su pesada carga: un trocito de hoja que flota en el viento. Soy interior, hacia dentro. Soy la palabra no dicha y este sentir que muero. Me sumerjo en mí. Dejo este cuerpo, que la lluvia se lo lleve, que flote sobre un río, que se mueva solo para que sueñe con sus viajes, para que me escuche. Siento el peso de mis dedos, solo, conmigo.

Photobucket

viernes, mayo 15, 2009

Reunión

He salido, he escuchado sus voces apenas, Ruidosos ambientes. Decadentes. Eclécticos. Artificiales, por eso gustan. Es cierto que se reían y cantaban. Se hablaban de cerca, al oído, como si se contaran secretos. Después bebían su copita en el vaso jaibolero, se miraban sus manos, se tentaban para idolatrarse, me decían no sé qué. El humo que me arrojaron los desconocidos, los de más allá, los que le hacían eco a la alegría y baile de mis amigos, escaso atravesaba todo el lugar. Yo cada vez menos allí: observé el neón atrapado en cubos en esferas en poliedros que colgaban del cielo raso. Los sillones mullidos de colores. A los que se me acercaron para ofrecerme algo de la carta, con su disfraz de médico y guantes de taxidermista. Las tramas de las etiquetas de botellas llenas de licor. Me fuí, y sentí al salir el aliento frío de la noche. Me transformé, tal vez, en un pedacito de hielo o en la pluma que llevaban en el cabello las mujeres con su rostro repleto de colorete, me volví cosa. Todavía discutí con el “portero”, o cómo llamarle a esa gente triste a la entrada del antro, que no quería dejarme salir. Respiré, pedaleé. Viento de la noche. Cielo que cruje. Luces de la calle. Sentí estas cosas como si hubiese estado orando. Volteé, salí.

jueves, mayo 14, 2009

Símbolo

mex

Era una guitarra Ramírez, la había traído de Chicago. Sin chovinismos. Me contó que había pegado el logo en una parte de ella, para, entre otras cosas, recordarnos. Un sello como transporte, un símbolo que le rompió -vaya que por momentos- su aspereza. Esta tarde pasaba el exacto sobre las hojas y éste aparecía cada que giraba alguna de ellas... Cerraba los ojos... recordaba. Mas duele pensar cómo sangra mi país. Cómo se va borrando cada día a cada paso. Pronto sólo quedarán estos símbolos inmersos en la memoria. Ojalá ocurriera una epidemia de girasoles, un brote exagerado de ellos: en las carretillas, en las cubetas, en las macetas, en los puestos de periódicos, en las banquetas, en los árboles, en las lámparas de la avenida, en la cumbre de los cerros, en los presbiterios de las capillas, en los mercados, en los trabajos, en las terminales de bus, en las sonrisas de muchachas, en los paraguas guardados, en el maullido de un gato, en mi aliento, algo, algo…

miércoles, mayo 13, 2009

Dos días antes jugabamos a recrear el mundo...

En las noches escribía a lápiz y pintaba líneas zigzagueantes en las paredes blancas de mi cuarto, a veces Autocad, mis ojos se dañaban. Las estampas en los muros eran falsas ventanas. Entonces cerraba los ojos y te acompañaba a caminar. Tengo que recorrer tantas distancias para ir a encontrarte. Te pienso mucho. Tu nombre me refresca ahora, horas de autómata. Cierro los ojos y veo este muro blanco de antes, coloreado de un rojo intenso, nombres de calles y de las cosas se proyectan en todo momento. Qué alegría saber que no eres algo que me invento, que existes… y yo te daba regalos “tan perfectos en medio de la noche”, me llegas adentro, adentro en mí. Quisiera que sonara el teléfono y sentirte tan cerca, que tocaras la puerta como el viento que choca y choca. Sí, en esta noche nublada: tu voz sería una sonrisa en este día aciago. Que sonara, que sonara como si hubiésemos quedado de vernos en algún sitio, por Dios, que llegara una carta, para salir, luego a otro lado. El tiempo: “Que el tiempo no camine hacia atrás es su secreta rabia - Ingrimm -” (ib.; 205), es decir el Grimm del adentro, el In-grimm, la furia incorporada, cálculo rencoroso y titubeo sobrecogido por la… El tiempo que no le ha hecho daño a mi recuerdo de ti. Agradezco al mundo saber tu nombre y que me quieras, eso me ayuda a caminar sonriente.

lunes, mayo 11, 2009

Insomnio

Ahora estoy dormido y mañana qué. Escucho los pasos y las voces que me siguen de mi ayer. Y pienso en ese abril en que dejé mi depresión en las paredes de ese cuarto y salí a eso de los anillos. Eso me tiene aquí. En esta cama que noche a noche, como si de un mal se tratara, me hace viejo, me absorbe. Alguien se asoma entre la puerta. Siempre la cerraba, era ese miedo, era éste. Es el rostro de mi soledad sus pasos y sus voces que escucho cada noche. Dónde la he olvidado. Dónde la dejé. Me ha encontrado y sus murmullos me impiden dormir. Pero mañana qué. Inmerso en esta ciudad invisible para los ojos del mundo, donde la gente olvida a cada segundo sus alegrías y sus tristezas, sus agonías y sus pecados. A qué despertar. Inciertas horas. Las palabras me acosan.

sábado, mayo 09, 2009

viernes, mayo 08, 2009

Armonías

Hay canciones que me gusta repetir, dejar que suenen y suenen. Sin embargo hay algunas que están hechas infinitas: pueden prolongarse indefinidamente. "Pa' llegar a tu lado" es una de ellas, interpretada por Lhasa, con una voz casi llorosa y con un ritmo de vals únicamente ejecutado por un piano. No se requiere de un artificio más. La sola voz es todos los instrumentos y las escasas armonías que la acompañan suenan sólo para marcar el paso del tiempo, su delicada permanencia. "Tuve que... perderte pa'... llegar donde tú estás", Lhasa canta, las palabras son lo único que deforma y exalta, lo que prolonga infinitamente, lo que contundentemente señala a dónde se quiere ir. Hay momentos en que hay una pausa prolongada y pareciera que la canción termina, un silencio como el espacio entre los planetas, pero después su voz resucita el sentimentalismo, resucita el tiempo que me hace pensar en las novelas de Kosinski. Yo la repito incesante. Anoche me acosté con ella, sonaba como sonaja, arrullaba. Era un espacio donde podía estar bien. En Neufert son ochenta centímetros de espacio vital, yo me asombro de que la música pueda provocarme esta tranquilidad. Toyo Ito construyó una casa que cambiaba de colores de acuerdo al ánimo, me pregunto qué música escuchaba y, si alguno de los habitantes de ese espacio por olvido haya dejado encendido el aparato de sonido con, digamos, Dvořák, la casa habría tenido desde fuera, tal vez, la visión de una cascada de colores. Tal vez esto pase con mi cuerpo. "Tuve que... perderme pa'... llegar donde tú estás". Tal vez soy un caracol que carga con su casa. Por eso mi dolor de espalda. Por eso mi inclinación a caminar. Pasos. Tal vez.

martes, mayo 05, 2009

Lontananzas

Es difícil saber si en los miles de millones de movimientos de rotación y traslación de la tierra, ésta se hubiese desviado un poco de su órbita o hubiese sufrido un leve ladeo. Tal conjetura viene a cuento porque para octubre de 1946, al menos en la región central de Coahuila, hacía un calor de los mil demonios. El desconcierto de la gente era tan grande como para prever que el clima no iba a cambiar en noviembre, ni en diciembre, siendo que muchos fantaseaban con la posibilidad de celebrar la navidad sudando y abanicándose. Lo que nunca había ocurrido, ahora sí y ¡ni modo!: el desplazamiento climático era un hecho y tal vez hasta enero, o quizás hasta febrero, comenzaría el frío, no tanto como para enchamarrarse empeoradamente, pero sí algo. Incluso no faltaban unos que pensaran que el verdadero clima gélido (el de siempre) empezaría en marzo o en abril del año siguiente, y lo más exagerado era que algunos cuantos pensaran que ya nunca haría frío sobre la faz de la tierra y que tampoco llovería (ni de broma) y blablablá; pero tampoco nadie de por ahí hallaba la causa inequívoca de este fenómeno, casi todos lo atribuían a una venganza divina. Acaso todo esto se debiera a que la humanidad se estaba portando tan mal que merecía lo peor: un calor perpetuo y matón, a lo bestia, ¿verdad? Ojalá que no, pensaban otros: que Dios apretaba, pero que era incapaz de destruir lo que él mismo había creado.

En fin, lo del calor se pone por encima en el entendido de que los miles de historias que suceden por estos confines estarán supeditadas a un derretimiento perpetuo. Ojalá que no, pensamos nosotros, nomás porque es conveniente pensarlo así.

Es más, adelantémonos de una vez a los augurios fantasiosos de la prole de por acá para revelar -acaso vulnerando el decurso lógico de una trama- que para diciembre de 1946 de un día para otro el clima dio un vuelco tremendo. Primero cayó un aguacero (con granizo matador) en gran parte de la región, lo que provocó, casi de inmediato, que se dejaran venir vientos muy helados, sobre todo del norte y del oeste; fue así, y lo que sigue lo abordaremos a su debido tiempo... De modo que ahora se antoja abanicarse.


En "La necesidad de santidad", texto de Daniel Sada.

miércoles, abril 29, 2009

lunes, abril 27, 2009

Eventos

"La forma mas efectiva de crear un estado policial es declarar una emergencia sanitaria" (Hans Aumeier).
Spaceball
http://www.youtube.com/watch?v=PMMZvbvUcAk

martes, abril 21, 2009

domingo, abril 12, 2009

Desaparecer del mundo

A Nicolás.

La extrañeza está frente a mí, todavía oigo tus pasos. La nostalgia me abraza, todavía oigo tu música. Todavía me acompañas. En qué soledad se nutren tus palabras, por dónde van. Será posible estirar los brazos y acercarnos, acercar el tiempo ido, inexorable. En el recuerdo viene tu fortaleza a estabilizarme. Me siento débil. Mi piel cambia. Los días pasan rápido, las nubes por momentos dejan de tener formas sorprendentes y cuando camino por las calles casi siempre se me olvida que las sombras queman, me canso de no ver y olvido que los árboles son mis amigos, esos son mis dolores, pero no me los trae el día sino que me los fabrico, en una maquinaria de sensaciones y miradas... Quiero volverme, de una vez por todas, viento o mejor suspiros de personas que no conozco, que nunca voy a conocer. Las flechas en el viaje apuntaban a las ciudades, palabras y nombres de mujeres que nunca visitaré. Esas son mis desdichas. Creo que estoy hecho de lágrimas y risas, de encantos y desesperos, de temores y acciones, cada día me siento como un mortal confuso. Día a día en la ciudad reconozco en la cara de los demás mis recuerdos, esperando poder encontrar la forma de decir cómo veo, ser violento a mi manera y despojarme de las ideas que me justifiquen todo. Esta ciudad siempre ha sido extraña y extraño a un amigo que me reciba y me haga sonreír. Sin embargo hay que recordar que el camino siempre conduce a uno mismo y que caminamos para desaparecernos. Hay que recordar que estar solos, como también la distancia, son caminos a la propia sabiduría.




Abril