miércoles, junio 27, 2007

(Bis)

1

Paso las horas calurosas silbando tu nombre, como si lo llamara distante, Pan, dios de los bosques—tu nombre—; de las montañas devastadas por los incesantes rayos de sol, de color rubio como cucharita para revolver caaminí, y lo bebo y lo sigo llamando, y el silbido pasea invisible por las estrechas vías de la ciudad, dormita en la sombra del campanario de la Asunción. Visible en las vitrinas se asoma y quien lo ve endulza sus ojos: miel, trocito de cajeta, pinolito, cachito de baqueta. Reencontrarme con él quiero, en la página, en la sílaba que sale de mi boca; y silbo, todavía, con fuerza de ala de grulla, por pasadizos y avenidas esta alegría.

2 (bis)

Paso las horas calurosas silbando tu nombre, como si lo llamara distante, Pan, dios de los bosques—tu nombre—; de las montañas devastadas por los inclementes rayos de sol, de color rubio como la cucharita para revolver caaminí en casa de don Estuardo (ese escritor morriñoso, que llora su ostracismo), y yo lo bebo sin pudor, lo llamo; y mi silbido pasea invisible al lado de los peatones, hasta llegar a la plaza: dormita en la sombra del campanario de la Asunción. Es visible en las vitrinas de los comercios de calle Zapata y quienes lo ven endulzan sus ojos: de miel, de cajeta, de pinole, de baqueta. Reencontrarme con él quiero, en la página, en la sílaba que sale de mi boca; y lo silbo, mucho, con alegría, como si estuviera cantando.

viernes, junio 22, 2007

Pátina de noche

Somos como el espejo, podemos vernos, intuirnos, adivinarnos, sospecharnos, sin embargo cuando te toco sólo siento la palabra que escribieron mis manos para ti. Extender el brazo no puedo hay milímetros de espesor que me detienen, tan poco y distante. Veo mi rostro en este espejo buscando tu rostro, que llevo como un tesoro en el desorden de mi otra memoria: la USB. Cuando el fuelle de las horas se estira mucho presiento que el día está a punto de reventar, y de esa revolución aparece tu constelación de letras, y yo me siento contento aquí, extrañándote a veces azul y muchas nublado, queriendo, a lo Albert Camus, que caiga bruscamente la tarde, y que se espese la noche y que por esa ventana abierta entre el aroma de tu presencia y de las flores. Y sentir después este derramarse agradable de la noche sobre mi cuerpo moreno, escuchar sus ruidos que suben desde todos los pisos de la casa, cargarme de presagios y de estrellas, dejar que se deslice el sueño en mí con tu nombre en mis labios.

jueves, junio 14, 2007

El recuerdo complementario

El recuerdo complementario ¿Qué es? En Amenema un grupo de filósofos y pscoanálistas ha tratado este tema con mucha emoción pero sin llegar a acuerdos que logren hacerles caer al pez. Los argumentos más ambiciosos sugieren que es una reacción al olvido, un alegato a la fantasía, un dejarse vivir (cursivas de la revista Dipnoo). Ninguna responde a la pregunta. En Zitutiz, lugar que reunió por primera y extraordinaria ocasión a los peces gordos del pensamiento, se decidió finalizar este capítulo infructuoso porque “ha sido un caudal de sospechas y temores”, “pérdida de presupuesto y un constante buscarle peras al olmo” (Le Motive, 1982). Sin embargo, definir el enunciado podría, de alguna manera, “hacer trastabillar las fibras más cercanas al corazón y a la memoria” (Sánchez, 1919). Se planteó el caso del pez enemigo, animal falaz y lúgubre, habitante no de océanos sino de globos de cristal dispuestos en repisas o mesas, que siempre está siendo nuestro ‘enemigo’ pero no recuerda que lo fue con anterioridad. Es difícil—dice Jhons—precisar que un ente olvidadizo sea más feliz que alguien que no olvida, es un disparate, pero parece que hay una posibilidad. El pez enemigo, solo en su cilindro irónico, mostrando que después del límite hay más pero nunca podrá llegar, como una emulación de los deseos humanos. A veces juntan su forma ahusada al vidrio hasta tocarla con la punta de su boca, pero lo olvidan casi al momento, y siempre es un estar haciéndolo de nuevo, muy a lo Sísifo. Pero la verdad es que no creemos que el pez enemigo sea un Funes desmemorioso, es en suma un engaño, una treta ágil de ese vertebrado acuático. Su soledad es un espejo de la vida humana, su imposibilidad de atravesar el espesor del cristal, es lo que nosotros llamamos esperanza, y estamos allí sumergidos en un azar de ondas: su movimiento es nuestro desgaste. Su mecanismo actúa como un péndulo en nuestra vida. Pero yo me río de los peces de colores—agrega sárdonico—el pez enemigo al encontrarse con nosotros nos reconoce siempre nuevos, nos infinita, nos perpetúa como una tortura. El mundo es sostenido por un pez: Bahamut. Las últimas teorías acumulan más páginas al misterio de ese animal, se dice que su relación con la vida tiene probablemente un pasado adánico. Un pez siempre cree que eres tú, un pez cuando empieza a quedarse sin agua llora y nada en su dolor, revive. Historias como estas se encuentran en el catálogo de Consultants, fechado a principios del siglo XIX: Al querer dibujar al pez este desaparecía, escondiéndose en una de las combas de la pecera, y cual fue mi sorpresa que al ver mi boceto estaba mi figura, mi cabeza, mis manos estaban recubiertas de escamas… El terror se apoderó de mí cuando mi padre trajo la pecera. Y yo lo vi y él me miraba condescendiente, yo estaba encerrado en el círculo de sus ojos… El pez enemigo, discrepa Jhons, es una felonía, mantenerlo en su cilindro transparente es decirnos a nosotros que todo estará mejor, es querer perpetuar la vida, es creernos que atrapamos a la mano que nos va a juzgar; aunque estas últimas palabras suenen a las que salen de las bocas de los que predican el juicio final, hay que creerlas—dice Jhons, compungido—al pez enemigo hay que tenerlo cerca, muy cerca, como dice el dicho, porque está a punto de desatar su secreta rabia.

miércoles, junio 13, 2007

Cien Años

Pasaste a mi lado, con gran indiferencia
Tus ojos ni siquiera, voltearon hacia mi
Te vi sin que me vieras, te hable sin que me oyeras...
y si vivo cien años, cien años pienso en ti.

Había un organillero. Hacía tiempo que no lo escuchaba. Un aficionado—el hombre—, sin su gorra beige, ni su camisola; con regularidad movía la manivela y del aparato salía “cien años”, exquisito tiempo—imaginé—alegres recuerdos. Tal vez era un viajero que con su antigua caja andaba repartiendo nostalgia, qué más. El sonido del organillo rasgaba la piel, podía transportarme a la ciudad de México, a donde quisiera, pero estaba aquí, había que disfrutarlo. Ahora las palabras no surgen claras como esos boleros de los tiempos idos, son imprecisas. Cuando escribo así estoy abstraído, recordando, estático, con la visión retraída, con la mente plegada. En algún lugar debía de tener un lápiz—ayer—cuando estaban frescas las cosas y la música del cilindro era como una esencia que iba subiendo por la portada de la Asunción, estaba cargado de palabras, pero no tenía un lápiz, nadie tenía un lápiz entre toda esa gente, no había algo con que escribir. Me sentí como Benjamín Sachs en Leviatan, cuando le pidió un autógrafo a Willie Mays, jugador de los New York Giants, y como ninguno tuvo alguno el gran Willie Mays se quedó ahí mirando en silencio... volteó y encogió los hombros... y entonces se fue caminando, fuera del campo, hacia la noche. Así se me escapó de las manos “cien años”, de vuelta me aferré a las luminarias opacas, ya sin gente, que me guían a casa, contento, le puse un cerrojo a mi recuerdo y dejé que el tiempo y los sueños se desplegaran al dormir.

jueves, junio 07, 2007

A su falta, palabras.

Ayer caminaba con mi padre,
recorriendo montañas,
hoy no está aquí y
su recuerdo no es suficiente.


Al llegar a su casa uno nota que en el corredor interminable la falta de luz es a propósito, la ausencia de reflejos permite ver en cuadrángulos perfectamente alineados fotografías de viajes y, en el centro del pasillo, un diosero: réplica diminuta de un jaguar, tal vez chiapaneco, con los colmillos de un cristal verde. Hay una fotografía muy bonita, de Puerto Marqués, que rivaliza en belleza con maravillas del mundo, probablemente la del Louvre es la que más se le acerca: se mira una pareja, típica fotografía de turista, pero, seguramente, marinada de recuerdos y nostalgia. El hombre sonriente—padre de Alpha—alto, más bien flaco, abraza a una joven de pelo negro y lacio. Su padre no era de los que creía que hay que esperar para que surja algo inesperado. Había dejado Nicaragua después de la llegada al poder de los Sandinistas. Dejó en Estelí toda una vida para irse a una desconocida, seguro de que en su pensamiento siempre estaría su país como los volcanes en Managua. Cruzó a pie la tierra centroamericana hasta el bordo mexicano, bajóse por la selva plagada del misterio de los ojos de las onzas y de la hospitalidad lacandona; sin miedo, llegó al pacífico, horadando la superficie de la playa sus pies. Decidió continuar al norte, paralelo al océano, mar amigo de infancia, mar reencontrado aquí, corriente ilusa esperanza. Alpha me cuenta estás cosas a pausitas, bebe de su té, un regalo de su confidente de tristezas eventuales, el Venado Vivo, el mismo que le enseñó a dibujar mándalas, y le lee poemas de Celan. Fue generoso—me dice—sí, mi padre. Decía que no hay que estar adherido a una calle, que hay que llegar al cielo apretando los pulgares, así. Es que hay muchos cielos. Cuando veo tanta gente reunida en la plaza, los imagino, allí, por encimita de sus cabezas, son parecidos a las proyecciones del comic. Era generoso—hace pausa. Era tan triste a veces y terriblemente alegre, insoportable. Nos escribía cartas cuando éramos bebés para que las leyéramos creciditos, Jorge, mi hermano, lleva una de aquellas siempre consigo, ¿no te parece sentimental? Alpha seduce a uno cuando habla, la escucho con grandes ojos abiertos, la veo mientras pone un disco de Catherine Deneuve. Mi madre—continúa—lo encontró en un mercado de pulgas en Paris, fue en su primer viaje, creo, papá lo tenía todo planeado: visitar el tercer mundo del viejo continente: para qué me sirve a mí ver Paris o Viena, incluso Londres, Berlín, las grandes ciudades, la belleza agota mucho, me interesa más algún barrio de Polonia o el oscurantismo que encuentro en la palabra Albania; sin embargo Paris era el deseo de la mujer de su vida y mágicamente anduvieron por allí, haciendo cosas simples, sencillas: haciendo el amor, tomando café, fotografiando palomas en la Place de la Concorde, dejándose fotografiar en sus monumentos, haciendo el amor. Fue como la primera vez que llegó al puerto, él tenía pensado seguir caminando siempre, sin detenerse hasta morir en las alfombras de nieve del polo norte: después de haber caminado, detenerse, caer despacito, ir sintiendo las infinitas puntitas de hielo en la piel, descansar de vivir, amar la vida, recordar. Encontró a mi madre aquí. En Oaxaca conoció a unos artesanos que pintaban con caracol los cotones, estuvo unas semanas ayudándoles, contento en la playa, hasta que le dijeron que irían a Acapulco, que si gustaba acompañarles, pero, le advirtieron, no iremos a pie. Desde que hubo dejado su Nica, como de cariño llamaba a su mamá país, no había sido autotransportado, cuando decía esta palabra me reía mucho, era cómico mi padre, triste, soñador, idealista, feliz a su modo. Caminó por estás calles, como en las calles de Europa y Estelí, seduciendo a Luisa, después dándole besos en el malecón, imaginando surgir circos del fondo de la bahía, y el mar de Puerto Marqués con su cielo de mil estrellas atestiguaron el momento en que fui concebida en una de esas noches de mucho calor, sin viento, y con el mar tímido, rasgado de ternura su superficie.

lunes, junio 04, 2007

Regreso

Me gustan tus ojos porque pueden verme. Hacerme salir de mí y mi cuerpo se queda suspendido solo. Inercia inerte. Porque su forma son todas tus formas. Y me duplico como un sol.

Inmersa entre discursos de Alonso, Angelina renueva las fuerzas de su imagen. Parece que su ausencia pinta violetas en sus ojos. Algo se le ve: espirales de ternura, falta total de quietud. En el Smart la ha visto, casi blanca como la espuma del capuccino. El sábado la vio más, sin proponérselo: era real; una exquisita obsesión. Pero no cometió el error de seguirla con los ojos, sólo con lo que la cabeza pudiera revolver. Al final revolvió un riquísimo licor con su recuerdo que lo invadió toda la tarde, y ella se paseaba, sin sospechar, sin pena, en porciones de él. Agradeció los toldos mojados de junio, y la casualidad del tiempo; agradeció ver las arrugas de las cobijas en el amanecer, poder asirse a ellas, y los abrazos que se hacen sentir. A su vuelta, acomodó, ya sin la envoltura, las sensaciones que sintió para poder estar un tiempo más fuera del camino. Desviado, sí, por gusto, echó la risa a la habitación y empezó a bailar con su sombra.

Acústica

Se escuchan tus pasos. Vienen y se van. En el recuerdo aparecen otra vez y al escribirlos los detengo sólo un momento… pero se quedan atrás. La sombra de una palabra nueva cubre a la anterior y parece que están condenados a desaparecer. Sólo son ilusiones de que estás, y hay sólo ecos y gente, narradores, que me cuentan del ruidito de tus pasos. Pero los oigo y los desoigo, y cuando hay una larga ausencia, este desoír es una esperanza maravillosa y una carencia fatal. En un libro leí que tus pasos eran un mito, verdadero como la niebla que empaña los límites de la ciudad; una leyenda antiquísima: “cierto que aparenta ser un paisaje bucólico”, “instancias de realidad”, “un absurdo”, “una alquimia”, “un trasmutar de uranio a oro”; en la página 315 agregan: una sospecha carente de excepciones. Yo no sé, pero los oigo como escucho Lua
—you simple in the moonlight
o como esa orquesta de domingo, clara y con sonidos nítidos que hacía llevarse a los árboles las ramas al estómago de alegría; con música de viento y retumbiditos que hacían chillar a niños. Y como oigo las palabras que leo y que escribo.

martes, mayo 29, 2007

De allá

Mariachi

Dibujo de Nicolás Paris.
Desde Bogotá.

domingo, mayo 27, 2007

M.

Me gustaría ser Inti el que se escapa. Me gustaría llover en toda la ciudad, con sonrisa de huerta de mangos y colores de ciruelas; con hoyuelos de mi abuela y el suspenso de sus ojos. Me gustaría ser el silencio de mi gato, ser su color, que ahueca cualquier muro, que es una puerta siempre en movimiento.

martes, mayo 22, 2007

Este no es un post musical

Cuando escuchaste la música empezaste a recordar. Hay canciones que son como arquitecturas, específicas, donde bien puedes detenerte en sus gradas y zócalos o sólo oírlas. De nada sirve mirar porque ya nada es como fue. Tiempos aquellos. Los de la compañía. ¡Cuántas cosas podrían contarnos los lugares! Interlude. Empecé a escuchar a Morrisey cuando llegaron esos pájaros colombianos. Ese trío bien combinado, nimbado de muchas nuevas cosas, que sin embargo siempre habían estado allí. Nunca tuve en toda mi estancia en la universidad amigos como ellos. Ahora no sé, haciendo y sorbiendo el conocimiento misterioso del mundo. Y escribo Morrisey, porque su música siempre es como una caja musical abierta, y los pienso presentes, etéreos, casi fantasmales y recargo una enorme sonrisa que se dispara más alegre en los momentos en que la lucidez me permite imaginarlos conmigo. Pero como dice el buen Elías: “Los buenos viajeros son despiadados”. Los buenos viajeros casi no recuerdan y todo lo nuevo que vieron escucharon, se lo guardan para siempre. Por eso su silencio es un polvo muy fino que lastima los ojos, y pueden continuar andando sin ningún lazo de afecto que los retraiga de su presente. Siguen viajando, tolerando todo lo nuevo.
Iba a un concurrido tianguis de sábado, lleno de bandas y mujeres y hombres tatuados. Portaban piercings en su cara como patinetas en las manos. Jóvenes y señores convivían almorzando una quesadilla de huitlacoche con cerveza, y entre puestos que vendían camisetas, antigüedades, vinos caseros, LPs de colección y casetes de protesta, hallamos la palabra Siouxsie. En ese tiempo era un cazador de palabras, quería aprendérmelas todas. Mi amiga, que sabía de música, me regaló un casete de ella
—te va a gustar mucho
yo confiado, y apropósito de la palabra, lo acepté. Cómo uno encuentra influencias musicales, o será una apropiación para siempre de buenos momentos. Hoy, hace ya unos años que pasaron esos momentos, escucho Interlude, que mezcla las voces de estos maravillosos músicos, y yo, ataviado de la memoria, mezclo también las huellas de los buenos amigos ya idos.


Morrisey & Siouxsie - Interlude.mp3

viernes, mayo 18, 2007

Safo

Alonso ha llamado, y me ha contado, emocionado, muchas alegrías. Está muy contento. Él, me recuerda a algo que dice Galeano: “desde el cielo vi que las personas eran un mar de fueguitos; algunos eran fuegos pequeños, delgados, tenues, pero otros eran tan grandes y animosos que si te acercabas te encendían…” así me he quedado, contagiado de su brutal felicidad. Dice que conoció a Angelina, lo sospechaba, una mujer, y se ha entendido muy bien: respeta su silencio. Es formidable—me dice mi amigo—nunca deja de hacerte reír. —Y tú cómo estás. Ha llovido Alonso, el agua cambia el color de las cosas y nos limpia algunas tristezas. Nos aquieta, cómo explicarlo. Nos quedamos suspendidos, levitando, casi sin peso viéndola irrepetible. Y entonces las palabras desbordan, como agua, los muros y ocultan los árboles. Entonces un silencio de lluvia recorre toda la ciudad y sólo en el hueco de las campanas se abrevan nuestros secretos. Mi amigo me cuenta que pronto estará acá. Aunque no extraña nada, ya desea subir a la montaña, y meterse a las cuevas a dibujar murciélagos, y recoger sus hojas—como él la llama—. El tiempo de lluvias empieza compañero y no es para estar sólo en casa, salga, mójese poquito, acompañe a los campesinos, ayúdeles: haga una casa para atrapar el sonido de la lluvia, dibuje sus planos; llene de barro sus zapatos. Los míos son una peste y Angelina no me lo reprocha—tanto me cuenta su voz amiga. La vida parece que a momentos se estabiliza, o yo estoy equivocado, aunque no hablo de todos, escribo de mí, porque nos soy ellos, los que veo todos los días yéndose únicos, acompañados, solos. Mi amigo volverá, mientras tanto yo seguiré bailando tarantellas—perdón, escribiéndolas—para reconstruirme, para hacerme más amigo de las palabras, para aprender a escribir.

martes, mayo 15, 2007

Curiosidad

—Camina, camina mucho...
En mi humilde opinión, para aprender a irnos hay que caminar. Cargar con nuestro cuerpo, llevarse los pies, como cuando pisamos la arena, sentimos y miramos su belleza, pero no nos quedamos, sólo nos llevamos los ojos sin palabras. Hay que caminar despacio lento aprisa, caminar los ríos, los planetas; caminamos tanto caminar. No son huidas, no las fugas, mira cómo mis palabras trazan señales (no son de lápiz que fácil se puede borrar) de esa siempre ola mía, mi siempre tierra querida.


De las cosas encontradas en mis cuadernos.

sábado, mayo 12, 2007

Notas

Este hombre que veo vive en las sombras, sin la “luz de luna” de José Alfredo Jiménez. La penumbra es tan densa que a penas puedo verlo. Sus miembros están rígidos y todo a su alrededor está estático. Ni siquiera sus recuerdos colorean el monocromatismo de su habitación y facciones. Adivino que tiene noches tristes donde la bruma, la niebla y todo lo telúrico amenaza con asfixiarlo. Me gustaría saber qué piensa. Sus parpadeos son lo único que distorsiona esta purísima visión de soledad. 12:53 hrs.

Hay un hombre regando las plantas con manguera, sin cuidado, por cierto. Su rudeza encorva los tallos de las flores y es un chapuzón violento en todas las hojas. Anda en mangas de camisa y como el tiempo es caluroso, aprovecha el instrumento para echarse agua en su frente, en su espalda, en su pecho. También enjuaga sus zapatos que quedan de un color café tabaco, como el tronco de un árbol sin estrías. Yo no sé por qué no termina ya. Parece que la satisface el olor mezclado de agua y tierra, el movimiento, el sol, el ruido, el estar como comúnmente se dice: al aire libre. 01:00 hrs.

miércoles, mayo 09, 2007

"Mi Vida Entera"

Aquí otra vez, los labios memorables, único y
semejante a vosotros.
Soy esa torpe intensidad que es un alma.
He persistido en la aproximación de la dicha y
en la privanza del pesar.
He atravesado el mar.
He conocido muchas tierras; he visto una mujer
y dos o tres hombres.
He querido a una niña altiva y blanca y de una
hispánica quietud.
He visto un arrabal infinito donde se cumple una
insaciada inmortalidad de ponientes.
He paladeado numerosas palabras.
Creo profundamente que eso es todo y que ni veré
ni ejecutaré cosas nuevas.
Creo que mis jornadas y mis noches se igualan en
pobreza y en riqueza a las de Dios y a las
de todos los hombres.

JLB


Me soñé muerto y nada había cambiado. Sólo los rostros crispados de mi familia. Todo lo demás estaba igual que cuando me imaginaba vivo. Tal vez recordé dos nombres en el momento que perdía la vida, no recuerdo más. Mi jaula es mi cuerpo, inerte, pesado, allí me quedé encerrado en medio de pasillos como los de la casa de Asterión. No pronuncié lenguaje, no miré nada, ni escuché, sólo podía pensar. La total negritud no era tan bella como los destellos que a veces me sobrevenían. Sin embargo, caminaba, estoy seguro, pero no sentía un piso, estaba a la deriva. Intenté tocarme, pero no había cuerpo, no había manos pero las sabía conmigo. Mi muerte no opacaba, sin que fuera mi deseo, el ritmo del mundo. Qué era entonces. Por qué morirme cien veces en un sueño. Más que morir, me dolía profundamente el dolor de mis padres, y era extraño, puesto que ya estaba muerto. Desperté con los ojos acuosos, señal de que sigo soñándome. 14:04 hrs.

miércoles, mayo 02, 2007

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La larga cicatriz en la casa de Susa. Vámonos al cielo. Cuando miro las fotos. Cuando miro tus ojos, que no ven ya, pero están viéndome, como esos anuncios luminosos de la calle, o la Monalisa en rompecabezas de la salita. Hay que hacer las letras tan grandes como las hojas. En el punto. En la noche sentí morriña y para más inri amaneció nublado. Pensé en papá, en la alegría que le provoca la marea. En lo que exige. Quise dormirme luego para trasladarme a su cielo poblado de viejos caseríos y edificios sucios de los que sólo queda su sinfónico nombre: “el edificio uno, dos, tres”; y el mar resulta a cierta distancia razonable del cuerpo, pero muy lejano de los sentimientos. A cierta parte inconclusa del puerto, fundida entre concretos barbaries y anuncios de focos fundidos, con toques de modernidad, sin embargo, esta consiste en tiendas de consumo que parecen un albergue para la pobreza. Papá desbordaba su alegría en la calle y su entusiasmo con toda la gente, hasta nos presentaba, como presumiéndonos, como sintiéndose orgulloso; a la hora de comer nos llevaba a lugares folclóricos donde señoras prietas nos apresuraban las tortillas, y los olores a mariscos y menudo nos confundían al momento de ordenar. Entre trayectos, el transporte público nos prevenía de mucho sol: flotillas de camiones oxidados, luminosos, pintorescos algunos y otros llevando de estandarte publicidad gringa, dotaban al paseo de minutos de tranquilidad y convivencia, aunque fuera visual, con los residentes que llevaban la ropa húmeda y todavía arenosa, con muchachas negras observando por la ventana y recibiendo el fresco viento al avanzar por la costera el autobús. Sin duda, si tuviera mi edad, cruzaría de una orilla a otra nadando la bahía
—para mí es fácil, cuando me canso nado de muertito… y sigo, sigo nadando.
sólo para demostrarse a sí mismo su vitalidad, su alegría de vivir, su enérgica pasión por estar aquí; sólo por placer. Lo imaginaba caminando solo en la noche desnuda, tranquilizando su paso en los lugares en que la memoria le daba un golpe de sonrisa. Lo imaginaba también, seguro de que alguien, sin estrellas en su cielo, lo pensaba y lo creaba allá a lo lejos, y lo creía nostálgico, contento.

miércoles, abril 25, 2007

Voces

Estaba harto y entonces salí a dar una vuelta al parque. Me senté en una banca, muy incómoda, y de pronto, desafortunadamente, apareció esta chica. Cómo habiendo tantas bancas libres prefirió quedarse en ésta. La miré disimulado y se reía sola, se miraba contenta. Si hubieran puesto a alguien mirándonos detrás, habría en el paisaje una línea vertical imaginaria entre ella y yo, en donde lo nublado y seco me representaría y a ella la luz y el color.

Siempre que salgo del trabajo suelo mucho caminar, y esta vez, después de pasar por las confiterías que tanto me gustan, caminé al parque. El día era precioso, y agradecía, como Chesterton, por todo lo que veía. Después de dar algunas vueltas observando los divertidos juegos de arena de los nenes, los perros correteándose algunos y otros nadando en la fuente, me fui a sentar. Noté, primero, y sin darme cuenta, abstraída por recuerdos, que en la banca había alguien. Distraída lo vi: lucía realmente enfadado, muy aburrido.

“¿Quieres acompañarme?” Me preguntó su voz, era insoportable—pensaba—pero de todos modos fui sin preguntarle a dónde, tal vez me doblegó su tono, las cosas que me decía y contaba. Me alegró mucho. Era buenísima platicando y muy simpática. Me dijo como se llamaba. Me contó de una montaña al sur desde la que se ve el fin del continente. De casitas azules en la costa. Del color de los brazos de su padre. De animales fantásticos que dibujó hasta cumplir los ocho.

El tipo se veía tímido. Al principio, cuando le invité a caminar acompañados, casi no habló; poquito después empezó a despabilarse. Nos subimos a un sube y bajas que estaba libre, y lo dejé largo rato arriba, era divertido ver su cara entre temor y asombro, mas no quería asustarlo, sólo quería provocar expresiones diferentes en su rostro. Me enseñó a leer las marcas en el tronco de los árboles, y me leyó un poema. Después cortó una flor y me la regaló.

Me hubiera gustado pasar más tiempo con ella, pero tenía que irme, ya era tarde. No olvidaré tu nombre y tu voz—le dije—la alegría de este encuentro. Me despedí alzando la mano y suspiré mucho, mucho. Volví la vista una, dos, tres veces, pensé: ojalá esté aquí la próxima vez.

La gente empezaba a irse, llovía de noche sobre nosotros. Y él se fue con ellos, como había llegado. Noté que no quería irse, pero no entendí por qué no se quedó. Se veía triste. Al llegar a casa coloqué la flor en una vaso y me puse a escribir.

Relato de lluvia con fondo de ojos

En la noche el animal de la lluvia vino a refrescar el caliente tiempo. Los que dormíamos agradecimos en un sueño profundo y merecido. Los amantes incesantes dormían más apretados. Los niños que nacían fueron bendecidos. Los vagabundos no hallaban con quién celebrar la alegría del agua: corrían como locos felices por las avenidas. Los gatos la miraban tímidos. Los escasos automovilistas frenaban sus impulsos y se relajaban en el viaje. Los choferes de camiones, los veladores, los que trabajaban en las taquerías, los que salían solos o acompañados de una fiesta, incluso los sonámbulos y los que padecen insomnio. Como si fueran una multitud de cascabeles: sonaban su risa por todo el pueblo, agradeciendo como en un rito el influjo de la lluvia. Al amanecer, salimos a las calles reflejándonos en el piso. 09:15 hrs.

lunes, abril 23, 2007

Paysage

El calor era sofocante. Los caminos y los hombres descamisados estaban tiznados, también los niños, que jugaban en el suelo con caballitos de madera y chapetas, nuevas para mí. Se veían los camiones repletos de caña con conductores rudos que nos desarmaban a carcajadas. Había parejas de ancianos, sentadas bajo pórticos, sobre tablados, observando la tarde pasar con ojos verdes. Se veía a los inadaptados al clima, que llevaban un ventilador de pilas en la mano y enormes abanicos. El sol se nos metía por los ojos. El lugar, aunque vivo, lucía triste, abandonado, como si el tiempo se hubiera desviado. No había una plaza dónde descansar, una cantina divertida. En una casa, de los anchos muros nacían margaritas, albahacas, y otras yerbas de cocimiento; en un árbol colgaban inscripciones de letra ilegible—del tiempo de la guerra cristera y del general Calles—me contaba Claudia. Sólo y solo en el centro, el ingenio azucarero atraía a los hombres al lugar. Parecía una pintura de Max Ernst: toda una hilacha de máquinas y calderas orgásmicas, que no cesaba de engendrar azúcar y alcohol. Con su aliento fétido, y su fálica chimenea, este animal industrial se apoderaba de nuestros deseos y ganas, y nos quedábamos viéndolo largo rato, doblegados vaya a saber por qué. A pesar de todo no echaba de menos la algazara de la ciudad: el trajín de automóviles, la moda de las jóvenes que alegran el puerto, incluso la calle Zapata de Chilpancingo. Aquí, las mujeres vestían ligero. Tenían unos ojos muy grandes y dulces, como sabor a mango. Los tirantes de sus vestidos dejaban ver cómo la humedad corría desde sus hombros a su cuello. Uno adivinaba que el sudor devenía placentero, de su pubis, de sus largas piernas hasta el arco del pie. Sus pezones hirsutos pinchaban el blanco de su blusa, y apenadas separaban la prenda de su cuerpo, acariciándose disimuladamente sus senos, pasándose la mano por su cuerpo, estremeciéndose, para sentirlas desnudas. Su cabello suelto y largo cataba sus nalgas cuando caminaban. El carmesí de su boca, su diadema fue lo primero que vimos y recuerda nuestra memoria, agujereada por los subibajas de emoción del viaje.

Zacatepec

miércoles, abril 18, 2007

Edad

Ayer Alonso me esperó después del trabajo. Se trataba de ir a visitar un panteón. El coche corría de maravilla. Me sorprendió al salir a carretera que se persignara—es una costumbre que heredé de mis abuelos—dijo como justificándose. La tumba, estaba a unas dos horas de camino; el trabajo que haríamos era tomar medidas y dibujar croquis para reconstruir su perímetro y, como le pidió el desdichado familiar: adornarla mucho, se lo merecía. Cómo en su ausencia se preocupan más, por qué tipo de piedra llevará su altar, cuáles flores o inciensos—murmuro mi amigo. El camposanto estaba en un lugar cercano a Palo Blanco. Incrustado entre dos cerros. El camino dividía a los difuntos de los vivos. A la derecha, en el cerro más alto, sus tumbas eran como balcones que habían sido propuestos para que sus almas mirasen algo que ya no. Y a su izquierda, los pobladores estaban dispuestos de manera tal que vigilaban las criptas de sus muertos. Alonso, parco como de costumbre, caminó entre las tumbas solo, hasta reconocer en dónde habría que intervenir. Había tres hombres horadando la tierra, con las venas sobresaltadas en cuello y brazos, descubriendo la plancha de concreto y varilla donde, como dice Sabines en un poema, la hacen para encerrarlos, para que no salgan, para matarlos ya muertos. Mi amigo lloraba, es bueno decir que se conmueve con todo, y seguramente imaginaba, como me contaría después, en las veces que aquella mujer había sonreído en compañía de un amigo, o había celebrado con la familia un banquete; o acompañar a su padre a la caza del venado, empresa que no era para una mujer bien vista, mucho menos aquí, pero su padre la adoraba y le cortaba el pelo como chico para llevársela y perderse dos días en el monte, viendo las estrellas, escuchando el grito quejoso del tecolote, sintiendo los pasitos de las arañas patudas al descansar, y despertarse sorprendidos por pájaros de colores vivos, que hacían del amanecer algo luminoso, excitante. Lo más triste es que ella ansiaba volver al pueblo, a este pedazo de tierra en que la maravilla comprendía el recuerdo de infancia, el platicar con los fantasmas, el andar nostálgica y descalza por el hueco que queda entre las casas. Ella, que enseñaba y hacía sonreír a niños de pueblos todavía más lejanos, incomunicados, se ahogó cuando trataba de llegar a casa, porque era más su ansía y alegría de volver. La arrastró el río—nos contaron los hombres. Yo leí en su epitafio que tenía mi edad, 26 años. Alonso midió y nos marchamos, no queríamos estar más allí, corríamos el riesgo de disolvernos en lágrimas.

domingo, abril 15, 2007

De notas de viaje

Todo mundo es joven en la playa. Contemplo esta tristeza muda del mar en esta noche que estoy solo, entre las voces y Sandra que se fuga. Mezclo mi voz con la de ellos con el pretexto de fugarme e irme a dormir sobre la arena, al lado de tanta agua que siempre habrá tiempo de sentir y de tocar, para ver otra vez ese rostro de mujer que reía, de larga nariz y labios finos. Recuerdo que caía la noche en la ciudad. Aquel día los militares marchaban sin pudor cargando doblada la bandera nacional. Yo me había sentado en el suelo, contra una columna del Ayuntamiento. Los que pasaban me sonreían. Las luces de catedral empezaban a iluminar su fachada haciendo más claro su dibujo. La luna era un disco perfecto. Solo contra las piedras muertas de la columna esperaba esa alegría que era la justificación de todo, de este esplendor de ciudad. Yo sabía que muchos ojos habían visto esto, que se habían sentido así, pero para mí era como la primera sonrisa de Sandra. En el cielo mezclado de lágrimas y estrellas yo te recuerdo.
Mazunte, Oaxaca, abril 2007