martes, junio 27, 2006

28 junio

¡Muchas felicidades srita Mirinda!

Feliz cumpleaños María

lunes, junio 26, 2006

Correspondencia: fussball

De Enzo Nussio

Querido amigo Inti

Te exprimo mi mas profundamente sentido pesame por la no calificacion del equipo mexicano por los cuartos de finales. Fue un gran partido de Mexico, talvez el mejor de esta copa mundial. La proxima vez sera! Ya que ahora Mexico este afuera del campionato, espero que concentres toda tu fuerza en el equipo de Suiza que juega hoy contra Ucraina.... A ver. Necesitamos la virgen de guadelupe al nuestro lado para llegar a los cuartos. Los ultimos dias estuve en Alemania y te juro que este es un mundial tremendo, tanta gente, tanta emocion ... Vi el partido Italia contra Republica Checa en el estadio y fue poca madre. La gente mas que pacifica y una fiesta loca despues del partido. Del resto sigo enamorado de una chica que conoci hace unas semanas y trabajo. Disculpa que no te escribo tanto. Espero que vengas algun dia al pais del campion del mundo (ojala sea Suiza..)

Unos abrazos
Enzo

PS: En el anteprima de la copa mundial del 1994 Mexico y Suiza jugaron un amistoso, el ultimo partido de los dos estados hermanos (...): Suiza gano 5:1 contra Mexico en Florida (EEUU)... (es la neta)
(sic).

Epilogo:
suiza 0 ucrania 3

sábado, junio 24, 2006

Pérsides

Pérsides

Ojalá estés así de contenta.

jueves, junio 01, 2006

Ayuda

De María.


Amigas y amigos

El esposo de mi mamá y prácticamente mi padre desde los 4 años, murió hace 2 meses en un accidente en el municipio de Mosquera, bien adentro del departamento de Nariño. Era parte de la Patrulla Aérea Civil, una organización dedicada a llevar médicos e insumos a los lugares más apartados de Colombia. En el accidente la avioneta chocó contra la escuelita del pueblo. Un niño enfermo, su mamá, el médico y él -que era piloto-, murieron. La Patrulla Aérea está reconstruyendo la escuela y dotándola con una nueva bilbioteca, que atenderá a los niños y adultos del municipio, y supongo que de otras veredas aledañas.

Estamos recopilando libros para la biblioteca, básicamente de lo que sea, todo nos sirve. Las donaciones que está gestionando la Patrulla son demoradas y tienen una garantía de éxito muy incierta; por eso también acudo los amigos y amigas, uno siempre tiene a la mano libros que podrían tener mejor uso. Les pido que me avisen si pueden recopilarme algo entre ustedes, o con otros amigos o familiares… yo me las arreglo para recogerlo. Se los agradecería de corazón.

Me he dado cuenta que la muerte de alguien tan cercano es menos dolorosa si en su nombre y con su energía, se ayuda a que otras cosas nazcan.

Gracias a todos.

Maria Carrizosa Bermúdez
Calle 34 # 6 - 59 (501)
2459955 - 300 2693381

Pilar Bermúdez
Calle 129 Bis # 6-57
tel 2582913

martes, mayo 30, 2006

A propósito de los días

El penal mas largo del Mundo
osvaldo soriano

El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo. El blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria. A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de al Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duro una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borceguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:
-Constante los tira a la derecha.
-Siempre -dijo el presidente del club.
-Pero él sabe que yo sé.
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.
-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
-¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
-No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó.
-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
-Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer -dijo y silbó al perro para volver a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra esta atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.
-¿Y yo cómo sé? -dijo él.
-¿Cómo sabés qué?
-Si me tengo que tirar para ese lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.
-En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella.
¿Y si no lo atajo? -preguntó él.
Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia, y volvieron al pueblo.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.
Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó después- que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: “¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacía la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Constante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.
-Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.
Osvaldo Soriano

sábado, mayo 27, 2006

lunes, mayo 22, 2006

He pasado toda la noche sin dormir

He pasado toda la noche sin dormir, viendo,
sin espacio tu figura.
Y viéndola siempre de maneras diferentes
de como ella me parece.
Hago pensamientos con el recuerdo de lo que
es ella cuando me habla,
y en cada pensamiento cambia ella de acuerdo
con su semejanza.
Amar es pensar.
Y yo casi me olvido de sentir sólo pensando en ella.
No sé bien lo que quiero, incluso de ella, y no
pienso más que en ella.
Tengo una gran distracción animada.
Cuando deseo encontrarla
casi prefiero no encontrarla,
para no tener que dejarla luego.
No sé bien lo que quiero, ni quiero saber lo que
quiero. Quiero tan solo
pensar en ella.
Nada le pido a nadie, ni a ella, sino pensar.

Fernando Pessoa

instante

domingo, mayo 21, 2006

Lawrence

Lo común de esta noche es que no sabe a nada. Caminé con mi padre más de tres horas, a cada paso adelantado una palabra y después silencios. —No sé dónde queda Nueva York—decía—no sé qué de Londres—entonces, luego, hablaba de “las hormiguitas” y de moscas. Miraba mucho las paredes pintadas, y creo que presentía la tristeza común que aquello reflejaba. De pronto tenía la impaciencia de los pocos que quedaban: la urgencia de los enamorados que se daban el último beso de la noche, la prisa mía de que me respondiera rápido cuando le cuestionaba sobre la geografía—no quiero geografía—decía—amor es todo lo que mi corazón sabe—. Miraba su cuerpo grande, delante del mío, su respiración lenta, su andar disipado, como entretenido siempre por la soledad noble del claustro de la plaza. Iba yo con él, pero él solo iba. Ahora que él descansa, temo el profundo abismo de la noche, temo que se abra el techo de la casa y caiga él al lúgubre negro del cielo, y que se vaya aerostático, mirando allá ese vacío, con el imperio de sus ojos.

martes, mayo 09, 2006

L_s_

Fragmento

Esperé toda la noche a que se calmaran. Desde que supieron la llegada del camión de la mudanza, el ruido fue insoportable. Rechinaban, se oían chirridos, y el escándalo aumentaba conforme la casa fue quedando vacía. Al parecer ya casi acabamos con esta jornada de padecimiento. Confieso que hubo momentos en que quise dejar todo como estaba: no mover, ni cambiar la disposición de las cosas en la casa; ni en el armario, ni siquiera los cuadros en los muros, sin embargo tuve que continuar. Ya se lo había prometido a Ernesto. Mas pienso que si él hubiera estado, todo hubiera sido diferente. Empecé ayer por la mañana, puse el despertador, regalo de mi padre, y lo primero que hice cuando desperté fue mirar las cosas. Lucían tal como siempre: estáticas y exactamente como las había dejado la noche anterior. Aunque preciso, que esas fueron las primeras, porque mientras las buscaba y clasificaba, para saber qué iba en cada caja, encontraba testimonio de aquel día último en que las usé. En su vista simple como objeto, no representaban miedo alguno—ni siquiera pensaba en ello—pero los efectos que provocaron en mí después, fueron devastadores. Éstas, acumulaban en su disposición en la casa, el impacto de uno y varios recuerdos, de fechas importantes; fechas tristes felices. De lugares visitados, de llegadas a la casa; de visitas que las desarreglaban, que las quebraban. Había regalos y se rompían en mí como sonrisas, pero algunos le extendían el brazo a la melancolía. Cómo recuerdo aquella cosa pequeña, rota y de color carmesí.

lunes, mayo 01, 2006

Artículo

Comparto éste. Es de Millas, escritor periódico del diario El País, y colaborador de la sección El Ángel, del periódico Reforma.
Preguntas

Asegura mi médico que es un milagro que la oreja sea oreja todos los días. O que la nariz sea nariz, y así sucesivamente. No es que quiera decir que lo normal es que la oreja sea un día patata y otro zanahoria, sino que para mantener esa rutina orgánica es preciso un mecanismo cuya complejidad es lo que nos hace a usted y a mí prácticamente incomprensibles. Y lleva razón mi médico. Personalmente, me parece asombroso que la Luna salga todas las noches, y que los astros funcionen con la precisión de un reloj suizo. Lo normal es que cada día giraran a una velocidad diferente, incluso que algunos días no giraran. Y que los asteroides chocaran unos con otros todo el rato, como los automóviles en la operación retorno. Pero ahí los tienen ustedes, repitiendo cada hora lo mismo, con una exactitud que no sabemos a qué se debe ni cuánto tiempo más piensa durar.Nuestro cuerpo es como una maqueta del universo. Para que nos levantemos de la cama y cojamos el autobús y hagamos, en fin, las tonterías que solemos hacer en el despacho, tienen que ponerse en funcionamiento millones y millones de recursos y células cuya mecánica ignoramos. Lo más probable es que si la biología no mantuviera una presión constante sobre el pie, éste amanecería convertido unas veces en nabo y otras en remolacha. Tiene que ser muy costoso que se mantenga con sus cinco dedos y sus uñas, siempre idéntico a sí mismo. Los juanetes son una tontería. Lo verdaderamente milagroso es que no sea todo juanete. O todo callo.Sería fantástico poder trasladar este equilibrio orgánico a la psicología. Que cada día nos levantáramos con el mismo estado de ánimo, quiero decir. Si todas las semanas tenemos el mismo número de dientes en la boca, y el mismo número de lenguas y de papilas gustativas, ¿sería mucho pedir que, una vez alcanzado un carácter aceptable, nos despertáramos todos los días con él? ¿Por qué unas mañanas estamos tristes y otras alegres? ¿Por qué hay jornadas en las que no saldríamos de la cama, mientras que otras estamos deseando que amanezca para ponernos a trabajar? ¿Por qué, en lo psíquico, la oreja no es siempre oreja ni el párpado párpado cada día? ¿Por qué somos una catástrofe psicológica, mientras que desde el punto de vista físico mostramos una estabilidad envidiable?Es más, puestos a elegir, yo preferiría que la estabilidad de mis órganos se trasladara a mi modo de ser, aun al precio de que el hígado fuera unos días hígado y otros una planta carnívora, o los riñones amanecieran convertidos en roca los lunes, miércoles y viernes. Por cierto, ¿por qué los jueves siempre son jueves? ¿Qué clase de glándula les proporciona esa increíble estabilidad? ¿Cómo es posible que ningún jueves, que yo sepa, haya amanecido lunes o ningún marzo abril? ¿Por qué usted no es yo algunos días? ¿Por qué yo soy incapaz de amanecer usted? Todo son preguntas.
Juan José Millas

jueves, abril 20, 2006

Sobreviviendo a las distancias

No creo que sean injustas estas paredes, protegen todo lo que siento. Creo que es mi cuerpo el que se queda, el que me detiene. Y mis ojos tropiezan en los muros, sacuden a las puertas. No sé. Callada está la noche. Hay la bombilla fundida en la casa, hay la ausencia de papá por varios días, hay la necesidad de decirte amor: te quiero; te quiero tan dentro. Con sólo imaginar tus labios besándome los dedos, qué mal imaginar, si tantas beses... Cómo contarte lo que siento, hay esto para contarte cómo. Beso tu silencio.

viernes, abril 07, 2006

jueves, abril 06, 2006

Sobre mi casa robada

Inseguras quedan las imágenes en otros ojos, inseguros mis recuerdos de ellas. Todavía están en mí. No sé cómo y por dónde entraron a mi casa, espacio deshabitado, el domingo por la noche pudo ser, según la información de Mario, mi primo. Afligido confesó, con pena, que no la había visitado en toda la semana, que cuando llegó el lunes por la mañana, y puso la metálica llave, encontró que sólo había un gran agujero. Se preocupó, sobra decirlo... Imposible ahogar los pensamientos en quién o el porqué. Estar en mi casa magnificó mi sensibilidad, entrar en ella, descubrirla sola, pensarme allí solo, viéndome. Sentí un feo impulso, largo, presentí esos otros ojos en la casa todo el tiempo, no sé cómo tuve el valor para volver a dejarla sola. Pero no quiero desentrañar las razones generales, no quiero pensar en mi casa robada, en mi espacio saqueado; no quiero pensar en las cosas apuntándome puntiagudas, finas. Lo que ocurrió allí en mi ausencia, pasará involuntariamente en mis pensamientos todas las noches, todos los días y las tardes. Es triste esta intranquilidad, es también posible la vulnerabilidad en mí, porque una vez que ha empezado, no hay razón alguna para que se detenga. Qué pasos eran esos que no eran los míos, qué manos pasaban su palma en las paredes, qué ojos no veían y después, lo alumbraban todo con una vela, porque encontré la cera rosa en el piso de mi casa, el delito punteado inolvidable. Es triste otra vez, miraba la casa hueca, invadida por extraños, por quién más, qué importaría saber sus nombres si son extraños... prefiero pensar que las cosas empezaron a moverse, y que no sus manos tocaron mis pocas cosas. Es jueves, Juliana (la tortuga pétrea) es la única testigo de aquellas presencias, mirándola, evoca en sus perfectos ojos cerrados, como en los sueños, cuando una presencia venida de las entrañas de la memoria se adelanta, y después se transforma en algo desesperado, en algo que la transformación asusta porque no se sabe en qué ira a transformarse.

lunes, marzo 27, 2006

Recomendación


Hola
Éste es para avisarles que viene Jamie Cullum a México dentro del festival de Jazz de la ciudad de México, el 24 de Mayo a las 21.00hrs en el Teatro Metropolitan, y el precio es de 600 a 150 creo, hoy y mañana es la preventa "banametz" y el miercoles ya para todos. Pasen la voz va a estar bien bueno.
Les mando un abrazo y si no tienen ni idea de quién es, es un jazzista ingles muy bueno, de veintitantos años...
www.jamiecullum.com

martes, marzo 21, 2006

Los húngaros

*De los textos al FONCA
Toda una caravana de calesas llegaba a la ciudad después de agosto, lo recuerdo así, porque había pasado el cumpleaños de mamá y siempre eran vísperas del de papá. Al ocurrir aquello, todos en el pueblo estábamos salpicados de misticismo y curiosidad. Nunca—todavía ahora—he sabido la procedencia de aquellos extrañísimos peregrinos, a quienes la gente les llamaba “los húngaros”; y se paseaban por calles, baldíos y huertas de mango, buscando un lugar donde esperar. Escogían los más silenciosos terrenos para instalarse. Acomodaban las calesas en hilera y, al igual que fichas de dominó, éstas tenían pintados en los costados, raros y distintos distintivos: alas de tecolote, cabezas de changos, zopilotes y gatos. También agrupaban por colores a los caballos, y eran impresionantes los de color negro: llevaban el cabello de la cola hecho nudos, a manera de una trenza de muchacha, y coronaba su cabeza un cuerno blanco. La punta fina nos daba miedo y de noche, cuando nos tocaba el desafortunado privilegio de pasar por allí, solos, los caballos invisibles hacían extraños sonidos, con las patas, con el hocico, que nos hacían correr y ocultarnos en la sombra de una piedra. Es maravilloso, cómo la sombra que tanto miedo le daba a papá de niño, a nosotros nos cuidaba. Bastaba cerrar los ojos, y pensar que no estábamos allí, mejor pensar que estábamos disfrutando el atole de pinole de la abuela, era otra de las maneras de escaparse. Ya de día, el sol aclaraba mucho las cosas: se les veía en el mercado, haciendo fortuna, intercambiando diminutos objetos, comprando botellas de leche, pan. Las mujeres húngaras llevaban hermosas cuentas de cristal rodeándole sus cuellos, y un manto cubriendo su cabello; los hombres usaban el pantalón, hecho de una antiquísima tela, debajo de sus botas altas, oscuras, que emitían un sonido chocante cuando corrían. Así recuerdo que decían los viejos sentados en sus sillas las tardes, y también hablaban de eventos escabrosos, como el robo de niños, la entrega de los húngaros a oraciones extrañas, el mutismo de sus mujeres. Era verdad, que nunca con ellos vimos a niños, pero éramos nosotros niños los que los mirábamos desde las banquetas. No había mucho que ver en esas fechas, nuestros ojos y pensamientos se concentraban en esos menudos visitantes: descuidábamos las tareas de primaria, olvidábamos las idas al atrio de la capilla a tomar el catecismo, y esperábamos con ansia que sacaran la tela blanca. Eso ocurriría hasta el tercer día de estadía, y mientras iba aproximándose, íbamos nutriéndonos con el paso de las horas de una emoción descontrolada. Primero, vendría procedente del norte la calesa más grande, la que llevaba en sí todo el contenido y significado que le dábamos a esas fechas. Nunca supimos por qué llegaba con retraso. Tal vez porque transportaba todas las imágenes, nuevas, viejas, desconocidas para nuestros ojos. O como decía mi abuelo: “llevaba cargando una estrella que cayo a la tierra”. Por eso era muy luminosa, porque llegaba siempre en la noche, cuando los adultos se duermen con la sospecha de que nosotros la pasaríamos en vela. Los sonidos de las ruedas, el pataleo cadencioso de los caballos por fin nos levantaba de las camas. Todo un coro de niños, con ojos bien abiertos, desde los cuadrados irregulares de sus ventanas, miraban el espectáculo misterioso. Absortos y entregados a tan esperada devoción, no hacían caso al llamado de sus padres de volverse a acostar. Y una vez más, antes de que finalizará esa noche, suspiraban, abrían todavía más los párpados con sus manos, y veían aquella cosa exótica, como entre nebulosa, como si los caballos fueran criaturas híbridas, veloces, que giraban entregados a un rito desconocido por nuestros viejos. Al amanecer del tercer día, cuando nos dirigíamos a las escuelas, todavía absortos por los recuerdos de la noche, veíamos a lo lejos su campamento en reposo: la piel húmeda de los caballos blancos, las calesas brillantes y lánguidas, vacías. Pronto, sabíamos que las mujeres, ocultas en las tiendas, plegarían el acceso y saldrían a dar de comer a los hombres, quienes se apresurarían porque hoy era el gran día. Su último día, nos repetíamos con desdén. Terminábamos de hacer las tareas, comíamos apenas, y con una rapidez asombrosa nos bañábamos (porque acá, se acostumbra ir a una celebración “bien aseado”), apenas nos echábamos agua en el cuerpo, no queríamos llegar tarde, ni esperar más. Extenderían la gran tela blanca bajo una carpa altísima, sostenida por unos esbeltos zancos de madera, que llevaban grabados símbolos desconocidos, y ninguna persona se preocuparía en entender. Eso era todo lo que mirábamos antes de entrar. Esperábamos, en la casa, en la vía de camino, en las azoteas; entonces: se abrían con un ritmo impresionante las grandes puertas de hierro, las viejas de madera; y sucedía, como cada año, la imagen preciosista: un vals de sillas y sillones en las calles, moviéndose a veces lento, otras con celeridad, como si hubieran sido arrojadas por sus dueños al viento, y éste las llevaba leves, las hacía volar. Las alejaba y se iban con ellas—como ya he dicho—a toda prisa, los señores bien peinados, las señoras metidas en sus más lindos vestidos: de flores, de lunares... y con ellos íbamos nosotros, sonrientes, felices. No encuentro en la memoria de mi niñez un evento más emocionante que este éxodo; un momento colectivo, disfrutado. En el avance prolongado de las familias, con sus sillas tejidas en los brazos, desaparecíamos, para rehacernos al momento de atravesar aquella misteriosa tienda. Plegaban la entrada los húngaros, nos recibía un espacio generoso, semicircular; viéndolo con nuestros ojos, era una gran bola de caramelo y nos encontrábamos en su interior. Luego desaparecía todo miedo, alguien bajaba de su espalda un asiento, un cubo de madera para sentarnos, porque era necesario acomodarse, quedarse quieto. Las mujeres errantes se llevaban el dedo a la mitad de sus labios, guardábamos silencio. Entonces, se extendía la tela, más blanca que esos dientes que guardábamos bajo la almohada; y los húngaros desaparecían, se hacían diminutos, fugaces; se oscurecía y el único espacio que permanecía inmutable era el rectángulo blanco frente a nosotros. Pero pronto, como si fueran productos de encantadores o ilusionistas, parecía que nuestros ojos miraban formarse en el único espacio iluminado, formas extrañas, caprichosas, rayadas, irreconocibles. Lo que creíamos que era un rostro, luego se trasmutaba en la ala de una libélula; así los objetos, las estrellas diurnas, las raíces y semillas. Todo lo que aparecía en la tela de los húngaros eran hechizos, sueños quizá, de las mujeres que los acompañaban. Imágenes que maravillaban no poco, que nos volvían más lúcidos. Yo miraba y apretaba fuerte el brazo de la silla; todos parecíamos estar hipnotizados... Según los señores, era en ese momento, cuando las imágenes fluían y deambulaban entre nosotros, ellos aprovechaban para “robar niños”, “asaltar a los hombres”, y hurtar sillas. Sólo puedo decir que escuché de las desapariciones, pero nunca supe que alguna fuera verdadera; creo que había algo más, indescifrable; algún secreto de los viejos del pueblo, algún pacto que los hombres hicieron con los húngaros mucho antes de que naciéramos. Hoy el tiempo los extraña, el pueblo, las calles;—afortunados somos—le murmuré a alguien de mi generación.—Los he visto—no sé si en sueños, llegan procedentes del norte, como la última calesa: la caravana, los fuegos de las antorchas más encendidos, los dibujos curiosos de los animales; pero lo asombroso, es que los caballos no vienen solos, tanto negros como grises, los monta un niño, que sonríe, que alza la mano y voltea en lo más alto del puente de entrada al pueblo: está mirando la ciudad al llegar, mirándonos, con ternura, hundiendo sus ojos negros, del negro más total, impenetrable, de un negro desesperado y me llevo las manos al rostro, lloro, lloramos.

sábado, marzo 18, 2006

Block de Notas

En la literatura árabe se puede encontrar la siguiente frase: las estrellas y las flores tachonan los campos de la tierra y el cielo. Es así como se puede ver en el techo, un entrelazado hecho de madera de ébano, extraordinariamente resistente al paso del tiempo, en dónde los elementos geométricos representan lazos que forman polígonos simétricos; también se ve que se forman motivos vegetales estilizados, a manera de ataurique, que más comúnmente se encuentran en frisos, zócalos y cenefas, representando flores; y una estrella de seis puntas al centro como la glorificación inequívoca de la Unicidad de Dios. Esta combinación geométrica o lacerías de estilo mudéjar, centelleante juego de líneas próximo al carácter del rococó, me aproximan a la puerta, por donde mis pasos avanzan sin declinar la mirada. Le agradezco al señor que me ilustró sobre los tipos de madera, y le repito: “gracias por la palabra ébano”. Sonríe, no sin antes darme una palmada, sospecho que ese movimiento, de escasa fuerza, ha de ser alguna manera de decir gracias. Le sonrío, otra vez, y me despido. Afuera espero a Dení; quedamos de ir a la función de las ocho diez, y el museo lo cierran a las siete; si supiera que hay tanto tiempo. Todavía volteo otra vez más; me miro como el último que salió, y me quedo solicito en el medio de la plaza. Haber si no demora Dení; no llevo reloj, pero se me antoja poseer uno, miro encima de la ventana coral de la catedral y la manecilla del segundero no está, el minutero luce muy lento. Las diagonales imaginarias las trazan los escasos niños, parecen adultos diminutos. Trato de no desesperarme. Cuando me acerco a las bancas, se acercan también los que bolean los zapatos—llevo tenis—les digo. Me dejan solo. Hay tanto espacio ahora en la banca; Dení estará por llegar, la sala de proyección está a quince minutos caminando, confío, ya llegará. Cuando llegue, le pediré que se siente un momento, sólo para sentir que se encoge el espacio. Y sí que aceptará, desde que regresó de Madrid, empapada del arte isabelino, se ha vuelto más sencilla, claro que esto no quiere decir que por eso aceptara de buen agrado el asiento, es sólo un pálpito que tengo. Sé que no ha pasado mucho tiempo desde que baje los escalones y llegué aquí, pero el ansía empieza a comerme, como si muchísimas hormigas hicieran agujeros en mis brazos. Imagino la función, ya muy próxima, la gente viendo las carteleras, indecisos, preguntándose qué ver; Dení comprando palomitas, me aseguró que me gustaría más que los artesonados del museo...

lunes, marzo 13, 2006

De una misiva

Posdata de la carta de srita Mirinda

Happy New Year

Mirá, no pido mucho,

solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestás tu mano en esta noche
de fín de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mi mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres. (sic)

Julio Cortázar

Gracias srita
i.

viernes, marzo 10, 2006

Del Decano

Y enarbola las páginas de los diarios, blancas y negras como el espacio cuando se estaban formando las galaxias, y atestadas ‑como entonces el espacio‑ de corpúsculos aislados, circundados de vacío, privados en sí mismos de destino y de sentido. Y yo pienso qué hermoso era entonces, a través de aquel vacío, trazar redes y parábolas, individualizar el punto exacto, la intersección entre espacio y tiempo en que saltaría el acontecimiento, indiscutible en el ápice de su resplandor; mientras que ahora los acontecimientos se caen ininterrumpidos, como una coladura de cemento, en columna uno sobre el otro, uno encastrado en el otro, separados por títulos negros e incongruentes, legibles en más sentidos pero intrínsecamente ilegibles, una masa de acontecimientos sin forma ni dirección, que circunda, sumerge, aplasta todo razonamiento.

miércoles, marzo 01, 2006

Matutino

Confieso que la pienso libre, todas las noches, mejor dicho: la mayor parte del tiempo. Desestimando el concepto de libertad que posee un preso. Ya se lo dije en la mañana, teniéndola enfrente, como tengo ahora este computador: de hojas blancas; de caracteres que empiezan a llenarla como si estuviera observando un cortejo de hormigas. Cuando mirabame al son de ternura, con la delicadeza de su mano me dirigía leves caricias. Te pienso sola—le dije—en los momentos en que te rodean todos los signos de introspección e intimidad: cuando te miras al espejo por la mañana y pasas el peine por tu pelo, cuando usas el cepillo de dientes, el cepillito del rimel, el lápiz de ojos; sin duda, los momentos que más recurren a mí, son cuando está en el territorio donde están las marcas de su soledad; del silencio que retiene cuando me da en un abrazo—como dijeran los nenes—todos los abrazos.