martes, julio 13, 2010

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Blanco, de un insistente blanco el color al frente. El día pasa, ellos conjugan verbos y la lluvia pasa también. Pronto se enderezará la noche en el horizonte. Pronto un ave cantará en la palma que atraviesa el cristal desde donde miro la planta de una piscina tapiada de abandono. Las luces se prenden y dibujan los trazos del camino. No hay huellas, los pisos humedecerán mis zapatos y ansiaran tu compañía, aérea.

domingo, junio 27, 2010

Ocaso

Empujado por el desanimo y tristeza de los que llevan playeras verdes, y uno que otro sentimiento de perro en azotea, he estado poniendo marcas de colores en la cartografía del país. Esto me facilita reconocerme. Acordarme. Haciendo este ejercicio mental descubro que hay pocas marcas en mi estado: Guerrero. Recuerdo el destierro en la infancia: a la ciudad, y la poca estabilidad que ha caracterizado a mi familia. Recuerdo los días llenos de tensión por las persecuciones políticas. Recuerdo esos pantalones, grises como los muros de esos barrios y colonias que habitamos. Recuerdo el primer batir de alas y las consecuencias que tenían las caídas. Recuerdo mi soledad en el golfo y mi reencuentro con el mar que me llevo a anhelar otros recuerdos que perdía, sin embargo fue ese momento el que ha propiciado todos mis viajes y hace que frene en el mapa mi intensa búsqueda de sitios en los que alguna vez estuve. Miro con pesar la geografía local. Parece abierta de brazos, en perpetuidad. Veo este origen de todo en mí. Repaso la tristeza y las alegrías en las únicas marcas que he colocado, y parece que a cada pincho, sangran de colores sus ríos y sus montañas, y que callan esos grillos de las carreteras, y que el relámpago quema esos bosques cubiertos del café de sus costas, de esas pieles de barro de sus playas; y que los nombres de sus pueblos se olvidan y no habrá generaciones que digan sus sílabas y acentos, y que sus piedras y antiguos monolitos con formas de dioses serán devorados por el hastío y la pereza de sus caminantes, y que el néctar de las flores sabe amargo a los insectos y la fauna retornará al cielo de la cueva, y de mis ojos salen vidrios que rozan su fértil superficie inexplorada.

lunes, junio 21, 2010

Afección

He pasado en cama este fin de semana. A falta de gusto por la onda culinaria o las últimas del cine me concentré en la lectura cibernética. Noticias frescas a cada recargar la página y tuits que nada de livianos tienen llegaban como abejas. El país es un balde lleno de tristes noticias y yo en la cama, postrado como una estatua olvidada de Reforma, como si fuera una incubadora de negros presagios. Qué nos queda ahora, qué tutela, en qué residirá la conciencia, de qué almanaque, de dónde arrancar lágrimas, son algunas de las palabras que han vertido diferentes personalidades de todo el extracto efímero de la Red. Interrumpido, como de costumbre, por la sintonía aguda del TV, o la mirada penosa que tiene mi perro, cesaba de leer las páginas o llegaba a un punto y coma interminable. Así las palabras en la pantalla aséptica, fácil deformarlas con un leve zoom o el reload intermitente. La información fluye a tonos siderales, inconmensurables y yo cada vez más tieso sintiéndome más cerca de lo frío que de lo vivo. Y el día no estaba para repartir naranjas. Llovió como si cada respirar fuera un eco de las palabras escritas por ellos, como si fueran sus últimas voces. Me costaba trabajo imaginar el estado de sus cuerpos: tumefactos y tiesos, nada distinto a mí en esta habitación—pensé, a sólo unos grados de formar parte de ese grupo selecto que se va antes de cumplir los treinta. Pero yo no quería imaginar eso. La hormiga de la información roía mi cabeza. En algún momento del día cometí el error de no hacer caso al médico y me aventuré a salir. El humo y aire acondicionado apabullaron mi pobre condición y tuve que, irritado, volver a la cama, nutrida ésta de sinuosas sábanas. Las noticias siguieron llenando el balde hasta desbocarlo. No sé por qué tenemos la mala costumbre de interesarnos por el dolor ajeno, un gusto a veces mórbido que no se sacia hasta que hayamos absorbido todo de lo que de ello viene, y los medios atizaron y propiciaron mi loca y pronta aversión por las últimas y las de minuto a minuto. Lo más sano era apretar el ícono de off del computador, sin embargo había notas que no dejaban de conmoverme y las repetía aún después de ya haberlas leído. La tarde empezaba a caer, se veía por la ventana. La lluvia escurrió todo lo sucio, adentrándolo en la entraña desconocida de la ciudad. Soplaba ligero el viento frío como si fuera el aliento de un Dios misántropo. Ya había luces encendidas en Machohua, en la lejana Amojileca. Y estaban los chifladores chiflando su repetitiva canción. Me acordé de las palabras de tía Tina, de que esta vez sí caerían Chicatanas grandes; me acordé de mi estado en la habitación y de cómo los mínimos movimientos hicieron que todo se arreglara o se compusiera y quise por instantes estar metido en sus cuerpos y ya ellos en mí, respuestos después de estos días de cama.

domingo, junio 06, 2010

Esta luna que mengua.

Cuando las voces apagan el sonido o su inversa detona otros sentidos y el calor te nutre de todo y el ocaso mengua el paso del tiempo y hay correrías por las calles y ansias de llegar a alguna parte y te sientes extraño e inmaduro como un bulto oscuro en la carretera como un cielo despejado como un café que te repiten y ya no escuchas Drexler y a González y sales a la calle riendo y recordando y entristecido levemente por dejar estas orillas que una mañana escribiste en la olivetti de tu prima que se quedo en el recuerdo que tienes de la casa que engendra toda esa memoria y a todos los viejos amigos que el paso de las horas y la compra de boletos en infinitas terminales te han llevado a emborronar y es así como luces y es así como no te arrepientes y das las manos con ternura a la novia al comerciante al artista al afligido al destino que forjas como esa piedra de Guerrero o de la cabeza de Cárdenas en tardes de viaje y veías a través de ventanillas sucias y verdes y ocres cielos de la infancia del ojo que va y llega testigo de esa tierra fecunda y grande que ensució las sonrisas de tus abuelos y los unió antiguamente y los separaron los deseos las alegrías las llamaradas de sus sueños en esas noches que el calor se metía en el tendido como un viejo animal como una bombilla y un solar amanecer te despertaba y los ojos se te vaciaban de ver tanta belleza y querías llorar y querías gritarle a alguien cercano a las piedras a los pájaros a las avenidas sin tráfico sin el panadero sin el vendedor de sandías de combas de mangos sin las almas que penaban en la noche en la pila en el pasillo que te aterraba y luego venían los juegos las comparsas las esperanzas de que eso se fuera y tú viajabas con aquello único en ese pensamiento.

martes, mayo 25, 2010

jueves, mayo 20, 2010

Mujeres con voz de sirena

Vuelvo a casa como un quelonio. Las horas son elementos, como el scrabble que suena al caminar en tu maleta como si fuera una marimba. Todas esas palabras sueltas que cuentan esto y los ojos que tú miras. Pero yo me pongo cómodo. Apago las invitaciones de sociabilizar al lado de ellos y te palabreo solamente para mí en la habitación. El tiempo se desliza suave ahora, y me siento un aprendiz de escriba. No terminé de leer “Silvano”--recuerdo

el tacto apresurado con que me tocabas.

Hay noches exactas y más tibias que ésta, pero estás acá silbando lo que sigue y con eso me basta para hacerla mía. Había tantos ventiladores, y sus ruidos como nubes que no dejan ver el cerúleo cielo de mayo, ocultaban el leve girar de los engranes sin sustancia. Como parte de esa maquinaria, trabajábamos, únicos y solos al ritmo del giro de sus hélices sucias y dentadas. Las voces que permeaban los quince centímetros del muro parecían tarareos al ser impulsadas por su viento. Que pase algo--decían unas

mujeres con voz de sirena.

sábado, mayo 15, 2010

Sabatina

Observo y siento que mis ojos son los de mi madre. Pero no como si fuera un rasgo físico

—hay, mira que tiene los ojos de su madre

—tus ojos son iguales a

Como si un extracto de ella se traspasara en mí. Como si la vida se compusiera de planos y a veces el plano de su mirada se traslapara con la mía. Pero no veo lo que ella, no soy omnipresente ni tengo en la visión esa potestad que tienen los padres ante los hijos. Miro desde aquí con sus ojos y no sé si a ella le ocurra lo mismo, o nos piense en situaciones semejantes. Quizá con un deseo de protección

—hay, qué estará haciendo

—dónde andará

que la acerque y escuche y sepa de nuestros adondes. Extraña sensación que muere en micras de tiempo y que las distracciones burdas intentan desaparecer. Extática sensación que hace invisible el entorno y al silencio un gigante aliado.

domingo, mayo 09, 2010

Cantona

Cantona
Ah, temporalidad. El tiempo es distancia. Los lugares recobrados me parecen lejanos. El tiempo es predicción exacta. El vuelco hacia atrás. El presente más corto. Viajamos tres horas pudiendo hacer una. Pasa una semana y me parece ayer estar veloces en el Renault. Cascos de viejas haciendas sostenidas por prótesis de recuerdo. Tristes fábricas enmohecidas entre cráneos de fauna y cadáveres de perros. Vegetación ceniza y de gigantes creciendo a lomo de cerros. Sonrisas iridiscentes en los tendejones vacíos por la sequía urbana. Tiempo al fin, vasto.

lunes, mayo 03, 2010

Cholula

Viajamos sorprendidos, digo yo... La carretera se estira como esas buganvillas de los viveros de Atlixco. Sentía una sequedad-por así decirlo-en la boca, en los labios. El calor se filtraba por el plástico del vivero y hervía los bellos de la piel a un punto extraordinario. El humor excelente. Ya no recordábamos esas cuatro horas que nos habían traído aquí, enjutos, sólido, vivaces. La tensión ha disminuido-pensaba-ahora, con el calor sólo se antojaba el agua de ámbar que había casi hurtado del eficiente “subzero”. Eran, fueron, son horas breves, exquisitas. A ella le pesó la pierna y la velocidad la emocionó, aunque parece que el tiempo no deja ningún saliente y en los momentos que nos pensábamos extraviados llegaban dosis de locura pura que nos alegraba. La vida me recorre en forma de viento por el rostro, y yo levanto la visión a ese infinito único del centro del país, únicamente frenadas por esos moluscos de la tierra: las montañas. Perdidos, perdidizos, para nada. El embrague del coche, el uno, dos tres de las velocidades amortizando la llegada, para que no sea explícita la emoción, para que el éxtasis de verte no sea inmediato, para que te demores en mí como estos atardeceres que gozan tus ojos, estas caídas sin herir el entorno de culturas ancestrales antiguas, estos olores que nutren mis manos, estas alegrías que absorbo, estos sabores que viajan y vierten su velocidad definida, única y precisa.

domingo, marzo 14, 2010

f - acsímile

Encuentro un amargo placer en estos días. El brazo descansa en la mesa, no es como me decían, escribir es dejar el impulso al aire, sentirle caer pasito, poquito a poco. Es un decantarse completo, íntegro. Importa pues escribir, escribir qué, escribir-te. Hay un equilibrio desconocido y la duda se sienta en mis piernas. El sonido de la cuija es mi desahogo cotidiano. Quién es ese buitrólogo valiente que fue a buscar la espera alejándose del mundo; esta espera cotidiana que me hace sentir distinto. Aspergeriano. Desfigurado en el mundo. El concierto de la espera me ensordece, sólo las cosas, mi gato y estos pulsos a la máquina que saltan como niños en las fuentes de bellas ciudades que de mi memoria se alejan. Quisiera… que llegara la fuerza de una ola y sus brazos me arrastraran, que algo me quemara. Hay marcas en mí de las que me sentía orgulloso, ahora desaparecen y sólo en fragmentos de recuerdo vuelcan todo y el corazón se me agita como a Dante. ¿Dónde está mi Beatriz? Espero a que mi gato me sonría y me lance su mirada de ausencia. Sus ojos breves atravesaran lo ancho de la pieza y su mirada me convertirá en un mueble. Días intensos, nutriéndome de los silencios y es en ello que reconozco la falta de cualquier cosa. Vagando como ellos yo. Esperamos un beso; la joven espera una carta, el niño espera que le alimenten; esperamos que den las nueve, que llegue la noche; esperamos las voces, esperamos que llegue el tiempo rimbaudiano; esperamos el momento exacto para ejecutar la nota, esperamos para atravesar la calle y esa transición la encuentro maravillosa, ese Pi matemático infinito, ese entresegundo donde todo se acomoda, esa búsqueda de nada, esperar para llegar a otra espera, y sólo en ese movimiento, como en el impulso que hacemos antes de poner una palabra y decirte: te quiero Maribel, hay honestidad brutal, esa es mi esperanza.

miércoles, marzo 03, 2010

d - eseo

El olor fino solitario de tus axilas
Un hacinamiento de coronas de paja y heno fresco cortado
con dedos y asfódelos y piel fresca y galopes lejanos
como perlas
Tu olor de cabellera bajo el agua azul con peces negros y
estrellas de mar y estrellas de cielo bajo la nieve incalculable
de tu mirada
Tu mirada de holoturia de ballena de pedernal de lluvia
de diarios de suicidas húmedos los ojos de tu mirada
de pie de madrépora

César Moro

sábado, febrero 27, 2010

s - urgir

a
hasta ya la llama,
rama da cáscara
trama, mata maya,
chamaca va pa nazca,
más machaca dan las dalas
dan las palas,
la rama calla
la chamaca ara la pampa, ama la nazca.

maíz

lunes, febrero 15, 2010

a - rmisticio

Por las uñas también pasa el tiempo. Lo percibo. Lastima y crece adentro, de la piel, de la carne. Uñas largas que tiemblan y duelen como estos amaneceres insípidos iguales. Crecen carcomen. Pequeño comején del tiempo. Prolongan la posibilidad de mis dedos, la tristeza de mis falanges, un sinónimo de suciedad pereza hastío. Una promesa ambigua, y me salta y me asusta. Y me siento deforme rígido. Un movimiento en falso y sería un espejo roto en cualquier calle. Y entonces multiplicado inerte mudo huiría de esto.

Triciclo

jueves, enero 28, 2010

p - oetry

Llegó, marca mi aliento.

aunque también las vi
historias de los peces
contundente corte de cualquier vía hacia la narrativa
o a la narratividad
voces/sin voz
nadar



Peceras

Somos más peces de lo que nuestro orgullo de mono erecto, bípedo y según colonizador de no sé qué evolución absoluta está preparado para admitir. Tenemos peceras de todos tamaños. Algunas son más bonitas que otras. Algunas tienen basura. Algunas no tienen agua. Todas son peceras. Somos peces ahogados en petróleo, en chatarra, en imagenes, en canciones cursis, en problemas migratorios, en espera de una muerte de olvido o de violencia. Somos testarudos insípidos del tener recuerdos inventados a los que llamamos Historia. Nuestra memoria es como los 10 segundos del pez en proporción al tiempo que vivimos: cuando llegamos del otro lado de la pecera ya no recordamos que estábamos allí ¿Somos capaces de ver siquiera más allá del tiempo que pasó por nuestras narices hace 30 años, hace 15, hace 6? No, no hablo de recuerdos como de trebejos, como nostalgias estetizadas. Hablo, por supuesto, de una palabra que no me gusta pero que a Lispector sí y la recuerdo cuando lo digo y eso es aprendizaje, eso es conformación de la memoria, eso es aprender a vivir de otras maneras, eso es creación, eso podría ser hacer explotar estas peceras en las que vivimos.

Hoy en mi buzón de correo electrónico había una respuesta a un mail mío que decía:

"hay un principio que rige la política es el de la 'memoria corta' o no memoria de un pueblo"

Pareciera que estamos condenados a darnos de topes contra los cristales sin recordar que atravesamos todo ese camino para salir de allí.

Y... los cristales son tan frágiles...

viernes, enero 01, 2010

o

Hay un enero que me gusta, primo, y no está en el extremo en que te encuentras. Como has predicho, algo se pierde cada vez. Recuerdo tu insistencia en recuperar esto que se va. Alguna vez nadaste contra corriente, cuando íbamos de pesca con los tíos, para recuperar la sandalia; tuvieron que moverse pronto para que no te ahogaras y después te premiaron con una carpa para ti solito. Grande el pescado, con sus escamas rojas y doradas, pero no te bastaba, lo que deseabas se lo había llevado la corriente del río. Pero las cosas no se pierden⎯primo⎯se hayan diferentes, se comparten y amplían esta vida acotada. Hay un enero que empezaba con ustedes y nosotros; hay este enero ahora, abriendo un hueco en el aire por donde atraviesan mis recuerdos.

viernes, diciembre 25, 2009

i

"Siempre me pasa lo mismo en estos días"

lunes, diciembre 14, 2009

u

“¿Olvida usted algo? --¡Ojalá!” Abrió los ojos recordando la lectura a duermevela. Le gustaba la brevedad; según las críticas, estas líneas que repasaba en su cabeza eran un ejemplo exquisito de síntesis literaria, en pocas palabras: el cuento corto jamás escrito. Estiró sus brazos; miró que permeaba por la cortina una luz distinta a las horas cuando se despertaba en la semana, sonrió. El despertador no había detonado. Eran sus días de descanso. No tendría que llevar de paseo a Zeferino; no tendría que decir el penoso “buenos días” a todo aquel que se atravesaba en el pasillo del trabajo; no tendría que ir embutido en una camisa y pantalones recién planchados. Sintió una finita felicidad, turbada por aquellas líneas encontradas anoche y por casualidad mientras leía la nota roja del diario local; miró la capa de papel debajo de ésta y en negritas había unas palabras escritas como para preservar un recuerdo: visitar a mi madre este fin de semana. Movió la cabeza hacia los lados y se quedó algunos minutos observando el cielo raso como si buscara algo, como si tratara de recordar. Enseguida: ritualizó--es decir, hizo las actividades habituales de la semana de trabajo: se levantó, se aseó, se vistió rápido como una ráfaga, desayunó con celeridad. Sintió un impulso, una necesidad de trocar. No sintió que el tiempo pasaba. Salió sin darse cuenta. Horas desperdiciadas--pensó--mientras esperaba en el andén. Contrario a la brevedad que prefería, para llegar al departamento de su madre tenía que atravesar la ciudad. Con suerte le tomaría una hora, con suerte el vagón estaría vacío ya que no le gustaba la colectividad. Avanzó. Cerró los ojos, así era posible imaginar que estaba solo. Escuchó las voces moverse como peces y sintió que estaba flotando en un estanque. El trayecto, tantas veces este camino, tantas veces… Imaginó el triste destino de algunos recuerdos, fosilizados en esa distancia: recordó la primera vez que visitó la ciudad y agarraba la mano de su madre, más fuerte cada vez, para que no se lo llevara la gente que entraba y salía de los vagones; recordó la infinita tristeza que sentía al volver solo a casa, veía que la gente se iba y no llegaban más y la soledad empezaba a abrumarlo todo: los anuncios articulados del paisaje urbano, las lucecitas en las cumbres de los cerros, las miradas ávidas de los transeúntes cruzando la calle; recordó a su abuela, la que al leerle las manos le auguró que un día allí encontraría una sorpresa; recordó la sonrisa de María Luisa. Suspiró. Años atrás le había sucedido una catástrofe. Ahora se conformaba con llenar los días; horas desperdiciadas--volvió a pensar. Pensó en Zeferino--su gato--la única compañía entre semanas. Vería a su madre. Dos semanas se habían pasado pronto y ya no había marcha atrás como a veces le ocurría al transporte. La luz permeó de nuevo el espacio y la notó distinta. Cuando se dedicó a observar la ciudad, como si observara el pelo de ella, notó que eran más opacos los días, tal vez son presagios, puntos neurálgicos, posibilidades--se repetía. El urbanismo transformó sus recuerdos bucólicos, no obstante exaltó la artificialidad por aquello que demolía. La ciudad anhelante, la ciudad saturada de deseos. No deben estar cuerdos quienes se vienen a vivir acá--pensó--sin embargo él estaba inmerso en ella. Poco a poco se acercó. Llegaba. ¿Encontraría a su madre?

miércoles, diciembre 02, 2009

y

Cómo decirlo si no hay papel. Sí, nocturno este paisaje.

Abrió los ojos y sintió un gran deseo de no ser nunca visto. Caminó con su perro, mirando su paso tranquilo, casi de algodón. Se acordaba de cosas.

Le gusta la soledad de los árboles en la noche. Llega a casa y sale caminar. Nada más abrir la puerta y él se le queda viendo con emoción. Sus ojos le conmueven y piensa en su espera triste de la tarde, en su lealtad.

Traza su ruta y se deja guiar por la secreta fuerza que estira de su brazo. Vibran sus pies. Su corazón apenas salta. Permanecen sus ojos cerrados.

Es afuera cuando se siente acompañado. Dentro, las paredes acotan su soledad y la revelan y se refleja: mira su imagen empañada, deformándose a cada ladrido de su acompañante.

Es su voz un segundero.

El paseo lo nutre. También son dosis de olvido.

Hay madrugadas en que se despierta llorando. Imagina que no es de aquí. Que no es su cuerpo. Que es un adentro. Qué bueno que Dios nos expulsó del Paraíso­—piensa­—acotado por la piel, acotado en el silencio.

Roza el margen de penas por las noches. Viaja en vehículos velocísimos. Salta un mar de escamas de luna. Escribe cartas en rollos de papel higiénico.

Abre los ojos: busca libélulas en la noche.

domingo, noviembre 15, 2009

t



Playlist para esta noche de domingo:

Thursday - Asobi Seksu
Hear Somebody Say - Devendra Banhart
Green Grass - Cibelle
Suedehead - Morrisey
Ursulan Uni - Paavoharju
Insensible - Juana Molina

lunes, noviembre 02, 2009