domingo, octubre 30, 2005

lunes, octubre 24, 2005

En nombre de toda inmensidad

"¡Éter divino, raudas brisas, fuentes de los ríos y sonrisa infinita de las olas del mar, madre de todo! Pero también a ti quiero invocarte, ¡disco del sol, que todo lo contemplas! Miradme: soy un dios y, sin embargo, ¡qué trato he recibido de los dioses!..."

Esquilo, Prometeo encadenado, versos 31-35

Antes que la mañana venga, entre casuales sombras de tinta, sólo quiero mirar estrellas esta noche. El cielo más profundo que alguna vez. Saltar como caballito de ajedrez a él. Cada tarde, cada hora. Sólo más lleno. Más rápido, más entero y... mis ojos no pueden verlo.

viernes, octubre 07, 2005

A ti

confeti

Sólo un block de notas para recordarte. Hoy, siempre ocho hoy, cumples años. Una luz en tu cabecita. Muy adentro sonrío pensando en lo feliz que tienes que estar, en los abrazos que recibirás —o recibiste— en tus sonrisas y regalos, en las delicias posibles de comida, en tu blusa nueva o, el adorno que llevarás en el pelo. Siento desdicha de no poder compartir tus miradas, yo, que te quiero mirar en mí y sólo aparecen, recurrentes, los ojos de las personas que tienen la fortuna de mirarte. !Contenta mi querida¡ Te regalo mis suspiros, aquí... mis palabras agudas y esdrújulas. Mis ocho años de infancia vivacísima. A esa edad, mi papá aún vivía en Chicago. Siempre en sus cartas enviaba postales lindísimas, una era para mi hermana y la pequeña para mí; pero lo más bonito de tenerla, era sentir que entre esas imágenes de brillantes edificios, se podía sentir la textura de su letra. Trazaba surquitos con tinta, sin darse cuenta mi Viejo al escribir lo hacía con tanto peso en el cartoncito y dejaba eso: que yo traducía en abrazos y caricias. Te regalo eso —esto— que siento, ese recuerdo de niño, que conservo en mí con tanto cariño, como a ti. Me pienso así: un guachito de ocho años y cada pasito que doy, sin quizá saberlo, es un regalo de cumpleaños.
!Cuanto te quiero¡
La mayor felicidad


miércoles, octubre 05, 2005

Nicolás Paris

Dibujábamos nuestras sombras en el zócalo, cómo nos gustaba. Los jugos de mandarina, los bocetos de peces entrevidriados (aquellos cautivos en las peceras) y, los ambiciosos juegos por la calle que, terminaban siempre arrancándole sonrisas a los peatones; a mí, éstos, me recordaban “El Verano de Kikujiro”: interminable indefinible inolvidable. Hoy Nicolás expone en Bogotá, qué ganas de tomar el primer vuelo, aunque haga escala en Panamá y Medellín, de Acapulco a Bogotá. Suspiro grande... Agradezco enormemente a María, que estará a centímetros de él, para que le de el regalo que escogimos juntos en febrero, aquí en México. Es mágico que no haya tenido ocasión de verlo desde ese distante mes hasta hoy. Me gusta que pase así, porque eso provoca algo de extraordinario a nuestra gran amistad. "La propuesta de Nicolás Paris, involucra un interés en el análisis del espacio físico y el tiempo existente entre el cambio de un estado a otro, él decía (dice) que: "las partículas iniciales, esconden un todo que a su vez conforma la parte de otro todo mayor… escalas dentro de escalas, ciclos dentro de ciclos", me parece estarlo escuchando después de haber visto a William Blake, actuado por ese hombre que usa tan magníficos sombreros, aquella primavera de 2001. La reiteración de la imagen, la secuencia de una cosa repitiéndose a sí misma, y a su vez interactuando con el misterio da un sentido diferente a su realidad inicial". Nico, amigo grande, la mayor de las suertes a ti.
Del Greengo Nicolás Paris, Mota (detalle), materiales diversos, 15 cm, 2005

Jugando con ella

Carolina Rodríguez
Qué Bonito es dibujar
Me gusta dibujar, dibujar las cosas de la niñez, marcar fuerte mis trazos cuando quiero expresar algo, el dibujo me hace libre, la ciudad esta hecha de dibujos, los arquitectos dibujaron casas antes de hacerlas , los diseñadores dibujaron envases antes que tomáramos líquidos en ellos y dibujaron sillas antes de sentarnos en ellas, la ciencia y la economía realizan gráficos para representar sus datos, las calles tienen largas líneas que guían a los autos , hay dibujos hasta en las puertas de los baños que nos indican si es de hombres o de mujeres y desde la niñez el ser humano necesita del dibujo. Por eso dibujo sobre la niñez, porque es bonito volver atrás y reencontrarme con ese mundo maravilloso de pureza, y porque es necesario reflexionar cuando la niñez se ve transgredida.
Dibujar es volver a ser niño, dibujar es rayar en las paredes aunque este prohibido, a mi me gusta rayar con colores por que dibujar es muy bonito.

jueves, septiembre 22, 2005

Carta a Nashville

He visto poco a mi tía en la vida que tengo vivida. Como también muy rara vez he escuchado a mi padre hablarle. Manita—le decía—. Con el alma en su boca, él le enviaba a voz un gran abrazo. Vaya que lo necesita. Confieso que duele esa lejanía de sentirse tocado por un dolor “ajeno”, sin embargo se hincha la piel de impotencia, de no hacer, poder nada: solo esperar; recordarla en las brevísimas visitas que nos hizo. Recuerdo a ráfagas violentas sus regalos, la vez que caminamos trazando una aguja en el zócalo de México. Y hoy, a la hermana de mi papá casi se le muere el hijo.
—Es tu primo Betito—me enseñó alguna vez su foto mi tía, tan parecida a mi hermana, tan su piel como la mía.
—Está todo lleno de tubos—dice mi madre que le dijo mi tía al teléfono. Cómo salvar tan grandes distancias, cómo acercar-nos. Hoy nuestras oraciones son para ellos. Para los que están allende el mar y buscan hallar fin a tan terrible desconsuelo.
Con Usted tía Ana.

inti

viernes, septiembre 16, 2005

martes, septiembre 06, 2005

Música triste para una novela

No quiero que en este ‘posteo’, sean mías las palabras. Quiero, por así decirlo, dejar que alguien que sí sabe escribir sea leído. Haruki Murakami, con Tokio Blues, me ha hecho llorar y emocionarme. A veces andamos por allí; andantes y ciegos, ignorando que en cada metro que recorremos, a cada bocanada de aire respirada, se hacen o están gestándose, cosas maravillosas. Descubrimientos que lo apartan o transforman, haciéndole más amplia la esfera de la vida, pero también empequeciéndonos. Es así que cintila una oración en la cabeza: cómo he podido pasar tantos años sin.. (ella, por la ilusión juvenil de encontrar a Octavia, a ello, por los libros que todavía no he encontrado, o a eso, por los demasiados lugares que faltan por visitar y que muy a mi pesar serán pisados cuando los pies no sean tan hábiles). Aún así: todo haciéndose más grande, debe llegar. Por eso transcribo a Murakami, su escritura dolosa y etérea; su escritura sencilla, desborda múltiples imágenes: de melancolía, de ternura, del constante sobrevivir que nos va haciendo la vida.

Norwegian Wood
by The Beatles


I once had a girl

Or should I say she once had me
She showed me her room
Isn't it good Norwegian wood?

She asked me to stay
And she told me to sit anywhere
So I looked around
And I noticed there wasn't a chair

I sat on a rug biding my time
drinking her wine
We talked until two and then she said
"it's time for bed"

She told me she worked
in the morning and started to laugh
I told her I didn't
and crawled off to sleep in the bath

And when I awoke I was alone
This bird had flown
So I lit a fire
Isn't it good Norwegian wood?

“Es un gran agujero Negro de un metro de diámetro que se abre en el suelo, oculto hábilmente entre la hierba”
Naoko

Conocí a Naoko durante la primavera de mi segundo año de bachillerato. Ella también estaba en segundo curso e iba a un exclusivo colegio de monjas. Un colegio tan fino que, si estudiabas demasiado, te tildaban de hortera. Yo tenía un buen amigo llamado Kizuki (más que bueno era, literalmente, el único); Naoko era su novia. Kizuki y Naoko salían juntos casi desde su nacimiento; sus casas quedaban a menos de doscientos metros la una de la otra.
Al igual que muchas parejas que han crecido juntas, mantenían una relación muy abierta y no sentían unos deseos muy fuertes de estar a solas. Se visitaban con frecuencia, solían cenar con la familia del uno o del otro, jugaban al mahjong con ellos. Me habían incluido en varias citas dobles. Naoko venía con una compañera de clase y los cuatro íbamos al zoo, a la piscina o al cine. Debo reconocer que las chicas que me presentaba Naoko eran guapas, pero algo refinadas para mi gusto. Yo hubiera preferido a una de mis compañeras de la escuela pública, aunque fuesen menos sofisticados, alguien con quien poder hablar relajadamente. Para mí era un misterio saber qué estarían rumiando aquellas lindas cabecitas. Tal vez no nos hubiéramos entendido.
Total, que Kizuki desistió de organizar citas dobles y, en vez de esto, empezamos a salir los tres: Kizuki, Naoko y yo. Visto ahora, no era una situación muy normal, pero sí lo mejor que resultaba. En cuanto entraba una cuarta persona todo rechinaba. Cuando estábamos los tres juntos, aquello parecía un talk show televisivo: yo era el invitado; Kizuki, el anfitrión talentoso, y Naoko, su ayudante. Kizuki siempre era el centro de atención y sabía cómo llevarlo. Era cierto que tenía una vena sarcástica y que solían tacharlo de arrogante, pero, en esencia, era una persona amable y justa. Cuando estábamos los tres juntos, hablaba y bromeaba con Naoko y conmigo de manera equitativa, e intentaba que ninguno de los dos se sintiera marginado. Si uno permanecía largo rato en silencio, sabía cómo sacarles las palabras. Mirándolo, yo pensaba que debía resultarle muy difícil, pero ahora no lo creo. Kizuki tenía la capacidad de graduar, en cada segundo, la atmósfera del lugar y de adaptarse a ella. Además, tenía el talento de sacar a reducir las partes interesantes de la charla de un interlocutor que no lo era especialmente. Y cuando uno hablaba con él, tenía la impresión de ser alguien excepcional que llevaba una vida interesantísima.
Sin embargo, no era una persona sociable. En la escuela, yo era su único amigo. No entendía cómo una persona tan inteligente, un conversador tan brillante, no llevaba su talento a círculos más amplios y se contentaba con nuestro pequeño mundo de tres. Tampoco entendía por qué me había escogido como amigo. Yo era una persona corriente a quien le gustaba estar a solas leyendo o escuchando música, no tenía nada que pudiera llamarle la atención a alguien como Kizuki. Con todo, congeniábamos enseguida. Su padre era un dentista famoso por su habilidad y sus altos honorarios.
—¿Te apetece que salgamos en parejas este domingo? Mi novia va a un colegio de monjas y traerá a una chica guapa— me dijo Kizuki al poco de conocernos.
—Vale— le respondí.
Así conocí a Naoko.
Pasábamos mucho tiempo los tres juntos, pero, en cuanto Kizuki se levantaba y nos quedábamos solos Naoko y yo, jamás lográbamos mantener una conversación fluida. No se nos ocurría nada de que hablar. En realidad, no teníamos ningún tema de conversación en común. Y, ¡qué remedio!, nos limitábamos a beber agua o a juguetear con los objetos que había encima de la mesa sin apenas dirigirnos la palabra. Esperando a que volviera Kizuki. En cuanto aparecía él, se reanudaba la conversación. Naoko era un poco habladora, y yo prefería escuchar a hablar, así que, siempre que me quedaba a solas con ella, me sentía incomodo. No es que no congeniáramos, pero no teníamos nada que decirnos.
Naoko y yo volvimos a vernos pocas semanas después del funeral de Kizuki. Teníamos un asunto que tratar y quedamos en una cafetería, pero una vez que solventamos el problema no supimos qué decirnos. Saqué varios temas, pero la conversación languideció enseguida. Además, noté en la manera de hablar de Naoko cierta agresividad. Parecía enfadada conmigo, aunque yo desconocía el motivo. Luego nos separamos y no volvimos a vernos hasta pasados unos años, cuando nos encontramos por casualidad en aquel tren de la línea Chuo.
Quizás el motivo del enfado de Naoko fuese el hecho de que la última persona que habló con Kizuki fui yo, y no ella. Ésta no es la mejor manera de expresarlo, pero creo que entiendo cómo se sentía. De haber podido, me hubiera cambiado por ella. Pero era la típica cosa que, una vez que ha sucedido, no cabe hacer ni pensar nada.
Aquella agradable tarde de mayo, después de comer, Kizuki me propuso saltarnos la clase e ir a jugar unas partidas de billar. Dado que no sentía interés desbordante por las clases de la tarde, salimos de la escuela, bajamos tan campantes la colina en dirección al puerto, entramos en un billar y nos pusimos a jugar. Gané la primera partida, y entonces él se puso serio de repente, se concentró en el juego y ganó las tres partidas siguientes. Mientras jugábamos, no bromeó ni una sola vez, cosa rara en él. Después fumamos un cigarrillo.
—¿Qué te pasa hoy que estás tan serio?— le pregunte.
—Hoy no quería perder— me dijo Kizuki sonriendo satisfecho.
Se mató aquella noche en el garaje de su casa. Conectó una manguera al tubo de escape de su N-360, selló los resquicios de las ventanillas con cinta adhesiva y puso en marcha el motor. No sé cuánto tiempo tardó en morirse. Cuando sus padres, que volvían de visitar a un pariente enfermo, abrieron la puerta del garage para meter el coche, Kizuki ya estaba muerto. La radio del coche permanecía encendida; había un recibo de la gasolinera en el limpiaparabrisas.
No había motivos aparentes, ni dejó escrita una carta. Fui la última persona que habló con él, y la policía me llamó a declarar. Le expliqué al inspector encargado de la investigación que la actitud de Kizuki no me hizo sospechar nada, que se había comportado como siempre. El policía no parecía haberse formado una buena impresión ni de Kizuki ni de mí. Parecía creer que no era extraño que un chico que se saltaba las clases para ir al billar se suicidara. Salió publicada una pequeña nota en el periódico, y con eso se zanjó el asunto. Sus padres se deshicieron del N-360 rojo. En el colegio, sobre su pupitre, lucieron durante un tiempo unas flores blancas.
En los diez meses que transcurrieron desde el suicidio de Kizuki hasta que terminé el instituto, fui incapaz de hallar mi propio espacio en el mundo que me rodeaba. Salí con una chica, me acosté con ella, pero no duramos ni medio año. Ella no poseía nada que la hiciera especialmente atractiva a mis ojos. Elegí una universidad privada de Tokio en la que pudiera entrar sin estudiar demasiado e hice el examen de ingreso sin ilusión alguna. Aquella chica me pidió que no me fuera a Tokio, pero yo deseaba alejarme de Kobe como fuese. Necesitaba empezar una nueva vida en un lugar donde no me conociera nadie.
—¡Como te has acostado conmigo, ya no te importo nada!— berreó la chica.
—No es verdad— le dije.
Lo único que quería era irme de la ciudad. Pero ella no lo entendió. Y nos separamos. En el tren, camino de Tokio, me acordé de sus cualidades, de sus virtudes, y me arrepentí pensando que había sido muy injusto. Pese a todo, no podía volver atrás. Decidí olvidarla.
Recién llegado a Tokio, cuando empecé una nueva vida en la residencia, tenía un único propósito: tratar de no tomarme las cosas a pecho, mantener la debida distancia con el mundo. Nada más. Y decidí olvidar por completo la mesa de billar forrada de fieltro verde, el N-630 rojo y las flores blancas sobre el pupitre, la columna de humo alzándose desde la alta chimenea del crematorio, el pisapapeles con forma achaparrada en la sala de interrogatorios. Al principio, pensé que iba a lograrlo. Sin embargo, por más que intentase olvidarlo, en mi interior permanecía una especie de masa de aire de contornos imprecisos. Con el paso del tiempo, esta masa empezó a definirse. Ahora puedo traducirla en las siguientes palabras: “La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella”.
Expresado en palabras, suena a tópico, pero yo en ese momento lo sentía como una masa de aire en mi interior. La muerte estaba presente en el pisapapeles, en las cuatro bolas rojas y blancas alineadas sobre la mesa de billar. Y nosotros vivimos respirándola, y va adentrándose en nuestros pulmones como un polvo fino.
Hasta entonces había concebido la muerte como una existencia independiente, separada por completo de la vida. “Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que nos atrape nos veremos libres de ella”. Yo pensaba así. Me parecía un razonamiento lógico. La vida está a la orilla; la muerte, en la otra. Nosotros estamos aquí, y no allí.
A partir de la noche en que murió Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan simple. La muerte no se contrapone a la vida. La muerte había estado implícita en mi ser desde un principio. Y éste era un hecho que, por más que lo intenté, no pude olvidar. Aquella noche de mayo, cuando la muerte se llevó a Kizuki a sus diecisiete años, se llevó una parte de mí.

Norwegian Wood
Extracto de la Novela de Haruki Murakami


Para Sandy

martes, agosto 30, 2005

Te extraño todos los días

“Soy yo quien te llevará de la mano a bailar con los dioses”
C.A.G.

Yo no quiero bailar con ellos, pero sí apretarte de tu mano.
Aún es lunes, mes de agosto. Las manos juegan con la idea de oprimir las teclas. Las que tienen en blanco el alfabeto. Una pausa, respiro, se escucha el balbuceo del TV y después silencio. Una habitación sin bombillas, pero iluminada por esos ojos de la fotografía, grandes abiertos, que todo lo abarcan. No me afeite tampoco hoy, me acuerdo pasándome la mano por la cara, como también me doy cuenta de que su nombre ha estado resonando en mi mente—como siempre—y el sabor de las sílabas me eriza la punta de la lengua. Decírselo dentro, silencia las conversaciones de la casa. En las noches, justo antes de dormir, se enrolla en mi corazón y en sueños, quizá, tan lleno de él, tan amarrado a él me siento, que despierto soltando el corazón y el alma. Su eco resuena tiernamente. La velocidad dispar de los automóviles deja de ser temeraria—por ahora—se convierte en un ronroneo que sube hasta la casa.

Vanitas, 2002, oil/linen, 12 x 12". Lynn Talbot



martes, agosto 23, 2005

sábado, agosto 20, 2005

De cena

Pal viejo

Adorábamos—quisiera recordar—las cenas de viernes por la noche. Según papá, los platillos del “Dennys” eran los “más sabrosos”. Creo que por eso nos comíamos esa noche de viernes, como una instantánea: rápida. Tan ágiles comíamos los cuatro a la mesa, yo tendría seis y medio—¿o cuatro?—vestido de trajecito verde militar y bien peinado, gracias al cariño y cuidado desmedido que siempre he tenido de mi madre. Creo que de ambos, pero en especial de ese pequeño núcleo que es mi familia. Recuerdo ahora, las noches de viernes, por ser precisamente viernes y de noche, porque siendo niño regresaba tumbado de sueño, pero con la barriga llena; y es aquí cuando queda bien escribir el otro cariño: el de papá, que se empeñaba en protegerme físicamente
—Omarcito, no te puedes dormir sin dar cincuenta vueltas...

¡ por Dios ¡ 50 vueltas para un niño de seis, después de haberse comido ordenes de cena, con mucho sueño; total esos recuerdos enternecen, me sobreviven, me hacen sentirme tranquilo y en paz, como seguramente acababa tendido en la cama después de la terrible caminata. Imposible de olvidar.


viernes, agosto 19, 2005

La forma correcta de llorar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
J. Cortázar

Posdata de la más reciente carta de Nicolás—mi amigo entrañable—, acompañada del enunciado tan simple y precioso: te mando un a b r a z o s a c a y u c a s. Le pido de ante mano una disculpa por si pueda llegar a cometer alguna indiscreción al publicar sus notas que, siempre le dejan a uno la sensación de ser abrazazo. ! Está de vivas mi gran amigo ¡


Omar

The Cry by Andrew Boardman

martes, agosto 16, 2005

Este lugar es de verdas

A maría le encanta la marimba, los solos de "Gualajo", campesino al que le cortaron el ombligo al nacer sobre una “chonta” (piano de la selva). A maría le fascina el Pacífico, ir a Gualajo y escuchar mar y marimba. Después escribe las palabras en la arena—las que le gustan—me las dice: currulao, bambuco, juga, patacoré, bunde, cununo, guasá... Pero lo que más me gusta es el sonido de marimba:
maría dice:
es como
maría dice:
las has visto, cierto?
inti dice:
sí, las he mirado, las he escuchado. Pero, cómo es que se sienten para ti
maría dice:
se sienten como el litoral pacifico colombiano: recóndito
maría dice:
puro
maría dice:
sano
maría dice:
negro
maría dice:
viento
maría dice:
descalzo
maría dice:
mar
maría dice:
arrevolverado
inti dice:
arrevolverado ¡
maría dice:
golpes secos de hombres sabios y silenciosos
maría dice:
negros
maría dice:
negros de ojos hermosos
maría dice:
de manos grandes
maría dice:

iremos a Gualajo, in ti



jueves, agosto 11, 2005

Yolitze

¡Cuiden a mi pusher! y si le pican la pancita
brinca y dice: hum hum. Y si le pican el cuello...
Es lo mejor ¡ Yoli quere uno de ellos...




adopt your own virtual pet!

sábado, agosto 06, 2005

Escribir

Danzas nocturnas
Sylvia Plath

Una sonrisa cae en la hierba.
Irremediablemente! ¿Y dónde se perderán
tus danzas nocturnas? ¿En las matemáticas?
Saltos y espirales tan puros-
Sin duda recorren
eternamente el mundo, y no me quedaré
despojada de belleza: el don
de tu pequeño aliento, tu olor
a pasto mojado cuando duermes, azucenas, azucenas
Su carne no tiene relación.
Los fríos pliegues de su ego, la cala,
y el lirio, embelleciéndose a sí mismo.
Manchas, y un despliegue de pétalos ardientes.
Los cometas tienen que atravesar tanto espacio,
tanta frialdad, tanto olvido.
Así se desvanecen tus gestos
cálidos y humanos, luego su luz rosada
sangrando y desollándose
a través de las amnesias negras del cielo.
Por qué me son otorgadas
Estas lámparas, estos planetas
que caen como bendiciones,
como copos
hexagonales, blancos
sobre mis ojos, mis labios, mi cabello
rozándose y fundiéndose.
En ninguna parte.


Tengo nombre, tengo un dolor bastante inmoral como si hubiera sido pulido a través de martillazos, pero ya no daré pataletas, pienso en lo que me escribía maría por el “mesenger”:
—Tienes que escribir mucho, escribir sana—dice María, —tienes que encontrar a alguien que sepa consentir tu corazón, consentirte tú, decirte cosas lindas, comer rico; camina solo, camina mucho Inti, camino siempre uno de tus lados; trabaja, avanza, sí, avanza mi querido y cuando estés en otro lugar ya no te dolerá (puedes venir a Bogotá, acá está el espacio marrón siempre esperándote; recuerda que te dolerá si quieres que te duela, que te dolerá porque te gusta el dolor, Inti tienes tanto para dar, no dejes que agujereen tu corazón, eres un hombre tan fuerte—María, creo que soy débil—¿sí? Entonces es lindo porque eres también muy hombre, eres un hombre, te quiero, porque te conozco sé que eres capaz de querer mucho y muchas mujeres queremos eso... descansa...
Poder comunicarse con ella, agradezco tanto. Escribir (transcribirlo) esto sin dejarse dentro nada que pueda envenenarme, que crezca como cáncer salvaje, escribir lo que está fuera para no matarlo dentro: que las palabras humos se vuelvan, que se sequen, que me alivien. Soy mis esfuerzos perennes por alcanzarla, no soy el poema que me leía mi padre muchas veces, sólo soy el sonido de mi madre cuando canta, la quietud de mi hermana. A veces no reconozco mis manos cuando canto, pero es que ¿cuándo canto? a perdido firmeza mi mirada en la noche interminable de buscarte, pero eres la palabra de mis manos, el rojo de esos cuadros, los acordes de Javier Ruibal. Estoy en la zona más apartada de la casa, y me salva pensar en las zapatillas amarillas de esa muchacha, en las paredes recién pintadas de azul de la casa de Carmen, el viejo echando “volos” a su nieto, correr hasta ganarle al hombre que usa paliacate y ver a Melina. Me salva la voz de papá, hablándome fuerte, diciéndome que sonría, que no le gusta mi rostro ‘adusto’, diciéndome que no entiende mis sílabas pero que me quiere y que ya se va a dormir pero antes un abrazo, un beso. La tarta que compro Yoli para mí
—es para ti
su abrazo, mi soledad de ocho a nueve pm.Tengo esta gente que me quiere, tengo unas letras, teniéndote en mi corazón por siempre.


!Adios mi alegría llena de bondad¡

viernes, agosto 05, 2005

Artículo

Espace Radical
UN CHANTIER

Voici quelques fragments d’une scène primitive de l’Architecture vue par l’imagination d’un sauvage. Vous pouvez les interpréter littéralement et dans tous les sens, comme disait Rimbaud, un des sens possible étant qu’il existe encore au-delà de toute illusion ou désillusion un futur de l’Architecture auquel je crois, même si ce futur de l’Architecture n’est pas forcément Architectural. Il y a un futur de l’Architecture pour la simple raison qu’on n’a pas encore inventé l’édifice, l’objet Architectural qui mettrait fin à tous les autres, qui mettrait fin à l’espace lui-même, ni la ville qui mettrait fin à toutes les villes, ni la pensée qui mettrait fin à toutes les pensées. Or, c’est bien là notre rêve fondamental. Tant qu’il n’est pas réalisé il y a encore de l’espoir.
On peut penser que dans l’Architecture aussi on peut à partir du génie du lieu, à partir du plaisir du lieu peut-être, et en tenant compte de choses qui sont souvent de l’ordre du hasard, inventer d’autres stratégies, d’autres dramaturgies, d’opérer contre ce clonage universel des hommes, des lieux, des édifices, contre cette irruption d’une réalité virtuelle universelle, ce que j’appellerai un transfert poétique de situation ou une situation poétique de transfert, vers une Architecture poétique, une Architecture dramatique, une Architecture littérale, une Architecture radicale, dont nous continuons tous de rêver, bien entendu.


Jean Baudrillard




Non espace radical - Guidu Antonietti/2003
www.aroots.org

jueves, agosto 04, 2005

Mi mano sobre tu espalda

1
La muchacha que recoge conchas

Hoy he visto salir una mano desde el fondo marino, pero para mí era la mano que tomó la mía. Lunes, el martes los acertijos, el miércoles... el jueves, los días cargados de significados: mensajes tan difíciles de comunicar a mi hermana, a mi gato, a mi padre o a mi madre. Definir, traducir a palabras, pero que por eso mismo tú te me presentas decisiva; viernes, sábado, domingo. Son días, anuncios que se refieren a mí y al mundo a un tiempo en que tu silencio mira el trocito de playa, al momento en que marcabas la arena, con tu porte inconfundible: la cabeza alta, el cuello erguido, como orgulloso, en que las cosas no saben sino hablar de su ausencia. Y es de verdad que ahora no se es nada, sólo un juego de espejos en el que nadie se mira. Recuerdo la presión de tu mano, la fuerza sumergida, esa preciosa sujeción tuya de tantos minutos, momentos en que era dirigido a ti. Pero, ahora estoy solo y puedo ser yo, no recordarte: indefinirte, pensarte, usar mi pulmón izquierdo, guardarte en mi corazón, oírte en mi cabeza; dormir con la cabeza tapada, quieto, esperando que guardes un trozo de mí en tu memoria. La vida no es como una canción de Robie Williams—le digo a Yoli—, la vida ahora me hace levantarme a cerrar la ventana, sellando el cuarto de las paredes lilas, en que escribo y lanzo pedradas a tu laguna.

lunes, julio 25, 2005

Compañía


Julio: del color de mi piel

martes, julio 12, 2005

Estás en mí

Sábado por la mañana.
almost-fiction


Después de ella todo faltaría, las alegrías casi perfectas en todas partes ofrecidas a los ojos, las caminatas a pie lentamente con pasos irregulares y largos minutos perfectamente felices, los paseos entre dos árboles y jardines abundantes de césped raro, de flores diminutas, -que él le regalaba-, de estatuas ingenuas, de veces que soñaban con silencio; rincón extraño en la ciudad de México en el que podía ocurrir, en otoño, después de una lluvia, que ascienda un olor, intenso, a bosque, que a ella le encantaba. Las visitas de cinco minutos a Quijano, las compras apuradas en la tiendita de Doña Martina, que llenaban las gavetas; los estantes semi-vacíos, ocultos, apenas visibles por la luz roja de la persiana. Aquí esto, allá aquello, allá y más allá de allá; nada quedaría, sólo la pared y las puertas, la cortina rota, el espejo de hechicera roto, los restos de un plato de porcelana, una bombilla negra, el azulejo cuarteado, el graffiti tinta azul con el nombre de ella en el fondo del lavabo que aún conservaba el grifo cuello de cisne; el vidrio empañado: lleno de puntas de sus dedos invisibles. La cerradura forzada apenas dejaría penetrar el cuerpo en el espacio, insoportablemente lleno de ausencia: falto de los libros que abriría para leerle, falto de los cuadernos en que le escribiría una carta y falto de los discos que escucharían; y se daría cuenta de tanto piso, de las marcas que quedarían: una silla estuvo aquí, un librero, un florero; de recuerdos -porque los recuerdos llenan los vacíos, reavivan la ausencia- corrió seis y dos cuadras del barrio cargado de orquídeas, siendo los viandantes todo-ojos, y él con las pesadas manos llenas de flores avanzaba para dejar una en el florero. De manchas perfectas en la duela gastada que, delinearían precisas -como planos arquitectónicos- la forma de la planta de un sofá, las patas de la cama y las que proyectaban la mesa. De imágenes estáticas, sobre todo recordaría allá dentro que a ella le gustaba el cine, le gustaban las imágenes, a poco que fueran bellas, a poco que le arrastraran, le encantaban, le fascinaban. Que a ella le gustaba la conquista del tiempo, del espacio, del movimiento, y a él le gustaba el vértigo de las calles de Nueva York, el torpor de los trópicos, la violencia de los 'saloons'. Y después saldrían de la sala con pasos sincronizados, repitiéndose, colgados de sus manos.


Agustino

lunes, julio 11, 2005

Pa' Fuera Telarañas

Tu silencio
Bebe

Como quien tira de una cuerda que se romperá,
tirar, tirar, tirar, tirar, tirar...
Como sin darse cuenta rozar un poco más,
los ojos aún cerrados para no afrontar
que el aire es de cristal,
que puede estallar,
que aunque parezca extraño, te quiero devorar.
Que el aire es de crital,
que puede estallar,
que aunque parezca extraño, te quiero devorar.

En una esquina de su boca se dejó estrellar,
como la ola que se entrega a la roca,
perdida en el abismo de unas manos sin final,
tan grandes que abrazaban todo su planeta.

Ahora no estás aquí,
ahora no estoy aquí,
pero el silencio es la más elocuente forma de mentir.
Ahora no estás aquí,
ahora no estoy aquí,
pero el silencio es la más elocuente forma de mentir.

En tu silencio habita el mío
y en alguna parte de mi cuerpo habitó
un trozo de tu olor,
en tu silencio habita el mío
y en alguna parte de mis ojos habitó
un trozo de dolor.
Ahora estás aquí,
ahora estoy aquí,
abrázame para que piense alguna vez en ti.
Ahora estás aquí,
ahora estoy aquí,
abr�zame para que piense alguna vez en ti.

En tu siilencio habita el mío
y en alguna parte de mi cuerpo habitó
un trozo de tu olor,
en tu silencio habita el mío
y en alguna parte de mis ojos habitó
un trozo de dolor.
En tu siilencio habita el mío
y en alguna parte de mi cuerpo habitó
un trozo de tu olor,
en tu silencio habita el mío
y en alguna parte de mis ojos habitó
un trozo de dolor.

Que el aire es de cristal,
que puede estallar,
que aunque mis labios no hablen,
te quiero devorar.

abrazo a ti