domingo, mayo 27, 2012
jueves, abril 12, 2012
Grietas y cal
viernes, diciembre 23, 2011
Ladridos
Cuando a mamá le regalaron a Valquiria nunca imaginó ningún momento. Uno debió suponer que la pérdida del color negro de su pelo—que devino en niebla—haría confuso e impredecible cada acto, pero en esta familia uno tiene todavía las agallas para darle la espalda a la paranoia. Nos despertábamos con su ladrido matutino, mirábamos cómo devoraba nuestras cosas—después de destruidas. Nos acostumbrábamos a ver cómo hacía saltar a los caminantes que pasaban a milímetros de la reja de la casa. Con estas acciones reafirmamos nuestra convicción de que cada destrucción es construcción y tuvimos que aprender a vivir en casa otra vez. Cada día cambiábamos de hábitos, sin saberlo estábamos clausurando esa monotonía aséptica que ocurre al ponernos en la mañana los calcetines y sacárnoslos después del ocaso. Empezamos a poner los zapatos en los libreros, cerca de los libros de Daniel Sada; encima de los recortes de periódico que hacía papá con constancia idéntica al grito del bolillero. Tratábamos—por todos los medios—de colocarlos en los sitios más apartados del espacio horizontal donde Valquiria reinaba a sus anchas. Que nuestro reino sea el de las esferas del árbol, alejado de las raíces cotidianas. Es cierto que perdimos los placeres de andar descalzos, de dejar que cada objeto se extendiera y creciera en rincones misteriosos de la casa. Es cierto que no alzábamos la voz al animal que con cada mirada nos domesticaba, porque quizá ya había tantos sonidos: como el tránsito cotidiano de los carros, las fugas de agua del tinaco, las construcciones inacabadas de la ciudad que la pulsan como un corazón pero han vulnerado nuestros oídos haciendo imposible retener cada sonido.
martes, diciembre 13, 2011
Sin memoria
Etiquetas: Ayotzinapa, Chilpancingo, Guerrero.
lunes, octubre 03, 2011
Nombres
La vida de los nombres es breve es agua de las fuentes. Será que tal vez nos quedamos en la otra impresión de nuestro nombre. Tantos nombres que somos, que hemos sido que seremos. Impresos y después guardados en libros que dejamos de leer y algunos los tiramos en los basureros públicos. Ya no me sirves—decimos. Nuestros nombres se quedan en algún resabio de los desperdicios de la ciudad. Almacenados en el gran confín de objetos que van quedando en desuso, y no porque hayan dejado de servir, sino porque justo en su potencia ha salido uno con mejores especificaciones técnicas. Cada cosa es reemplazada por una cosa con más tentáculos, como nuestros nombres: ciegos y testigos mudos de un viaje de una aproximación.
lunes, agosto 22, 2011
Transpiración de la alegría.
Llegar a medianoche con el cielo cortado e indeciso. El estupor en las ventanillas. El viaje dilatándose en las lámparas. La humedad es una presencia y al descender y tomar la calle se cuelga de nuestro brazo. Sentimiento vertical como si el agua nos llenara de hoyos el cuerpo. Recorrer entonces la avenida tantas veces vista que la memoria olvida y el recuerdo nutre como espasmos de animal en laboratorio. Brilla la luz de los hoteles de paso la ausencia eterna de amantes. Callan los gritones del semáforo y hay pausas de gatos en el mercado. Pasillos donde no penetra la visión. Así llego. A medio respirar. Todavía ajeno a mi cuerpo y a mis pasos. Soy ropa que se mueve como si estuviera tendido hace ya tanto. Respiración. Transpiración de la alegría.
lunes, agosto 08, 2011
Subterfugios
En el incómodo asiento de bus uno va muy campante y se pone a pensar en las pequeñas trampas del camino. Trampas puestas allí por vaya a saber quién y que promueven largos insomnios y pesadillas. La milimétrica separación que provee la ventanilla es un vano filtro: todo se ve, aunque la visión pocas cosas reconoce. La masa vegetal se densifica en la noche, son como las trenzas de tía Aurora. ¿Es este recuerdo un subterfugio, una trampa?—te preguntas. El cabello enlaza la memoria. Lo ves sobre la baldosa rústica, quizá más bello que cuando tía Aurora le enredaba un listón patrio. Lo ves allí cerquita de tus pies como si fuera un insecto pisoteado. Al cabello le salen voces y éstas reverberan en las paredes de tu cráneo. Dicen que el cabello nos crece aunque estemos fallecidos, pero hay uno que se asienta y obstruye nuestro imaginar: el que crece en la memoria. El que va creciendo en todas partes, en el aliento, en el viento amargo y frío, brusco y suave de esta noche flaca. Te vas dejando por allí como si de una pequeña trampa se tratara. Las cosas son tu juez. La semilla flota.










