lunes, abril 04, 2011

Acciones

Ai Weiwei-Tirando al suelo una urna de la disnastia Han.


viernes, marzo 25, 2011

Sueño

Estoy rodeado de viejos rostros en un salón inmenso. Rostros de viejos niños y jóvenes. Sus muros son aparentes y en el espejo de las columnas me reflejo. Soy yo todos y yo soy éste frente a mí. Las edades tatuadas en mi rostro. Piel de grama arena noche. El límite es hasta donde alcanza la vida. No existe un después.

sábado, marzo 12, 2011

Sol intenso sol

Su cuerpo cede al ver las hojas de buganvillas y tal vez piensa en lo efímero, en la futilidad de la eternidad. Tal vez nunca pensó en la eternidad de su cuerpo que cede al recoger las hojas de la acera. Él se siente esa hoja de bello color. La ha dispuesto cerca de su mesa de trabajo. Tantos años dedicados al estudio y tantas hojas que terminaron de perder su color y ser ese polvo que se adhiere a las patas de su gato. Un felino que salta, núbil se desplaza ágil. Imagina remotas capacidades. Su falta de adaptación y la lógica de la arquitectura de su cuerpo: petrificado. La arquitectura es una piedra. No tiene raíces como él. Jamás pregunta por esa familia que lo obligó a proscribirse del sur al centro del país. Ignora a la que está en el norte como a las páginas de deportes en sus diarios. Y en su centro, es decir, en la que él formó es un objeto anacrónico. Sus sentidos languidecen, son la máscara para pasar desapercibido. Sigue mirando la hoja, el color deslavado como la sonrisa de su rostro. Alguna vez su risa fue la semilla que sembró pasión en las mujeres que lo amaron, y en los hombres ese deseo de incendiar y subvertir la ideología. Ahora hay una ruina que será la sombra y el terreno fértil para levantar otra arquitectura. Todo cayéndose como las hojas. Todo moviéndose como el gruir de su gato. Inútil aferrarse a la nada. La nada es un automóvil bajando por la calle, la nada es él inmerso en las miradas, la nada soy yo haciendo clics clics clics

jueves, marzo 10, 2011

Errante

A veces vemos que pasan. El pasillo estrecho y largo no está provisto de ventanas. Lugar que fermenta la oscuridad, también el desánimo y echa a andar el miedo. No sabemos que hay en su centro, guarda como pirámide prehispánica, secretos, dulces voces, huellas petrificadas a falta de viento, insectos que convertimos en polvo con nuestros pasos, arena antes textura de agua. ¿Solo yo miraré esto?—me pregunto rodeado del silencio de la mañana. Único entre archiveros y las vocingleras compañías. Me despierto lleno de cicatrices como en ese texto de Esther Seligson: las heridas de un corazón mezquino no forman cicatrices; traicionarse a uno mismo provoca heridas que jamás harán cicatriz; rehuso acomodar mis heridas y apasionamientos en la cicatriz de la indiferencia; ¿Para qué maquillas tus cicatrices si de cualquier modo su gruir te quita el sueño? Y las cicatrices me proscriben de esta parte del mundo. Dónde va mi compañero, qué marchitaran y germinará el lenguaje de sus pasos. Me coloco transversal al pasillo y como un ciego, a palma abierta, acaricio el aplanado de sus paredes, su horizontalidad lastima, quiebra la perspectiva de su abismo mis voces, sutura mis palabras. Salto a veces, ignoro su abertura de origen, su vigilia entretenida por los tactos de animales imaginarios. Mi sombra espesa en su interior sucumbe. Pasa desorbita errante corolario de alegrías y tristezas.

miércoles, marzo 02, 2011

Los perros muertos

Me retraen y causan confusión las pegatinas tamaño carta en postes de luz y casetas telefónicas abandonadas. Están en todas partes al mirar con atención. La búsqueda implacable de unos dueños decididos provoca en mí desconcierto, incierta intranquilidad que ni mis más largas caminatas logran distraer. Frío, magros pensamientos me alteran. Las caras de los ausentes poseen aparente felicidad y casi siempre están fondeados por impecables patios de verdísimo césped. Se busca aquí retratar un retazo de su vida, de su existencia otrora anónima a la que nos invitan por su extravío. Se eligen y seleccionan momentos anodinos que se transforman en extraordinarios. La clave está aquí: se selecciona un momento para convertirse en extraordinario. Tristísimo es que lo extraordinario representa la ausencia, una ausencia, su ausencia y la mía. Esta se multiplica por las calles del barrio en diversos formatos. Formatos de ausencia que asumen un poder en mí. Su vacío me desgañita, me vacía el aliento. La búsqueda incontrolable no cesa, disminuye el olvido. Luego las dosis de recuerdo fluyen imparables como si fueran barquitos de papel. En el anonimato de los caminantes descubro lúcido sus retratos.

lunes, febrero 28, 2011

Tresillo

Limpiarse algún sentimiento adusto también tiene que ver con emplear nuestro tiempo en aprender otras cosas. Un tresillo son tres notas iguales que se deben cantar o tocar en el tiempo correspondiente a dos de ellas—dice la rae. Mi amigo Benjamín me enseñó a tocarlos, yo los practicaba contento. Mucha gente está triste, mi amiga Viridiana lo está, y yo solo puedo alentarla con este tresillo de palabras:

Para que Viri no esté así sino contenta.

Adivinanza

Soy la sombra que te acompaña en esas idas y vueltas a casa. Yo tengo noches de olvido, y en mis caminatas me gusta esconderme de la luz del queroseno entre las sombras de los árboles. Por las mañanas no dejan de sorprenderme las piedras a cada paso: sus formas lisas, son testimonio honesto del tiempo y de los lazos que han formado las personas para ir a encontrarse o llegar a ese lugar que buscan. Yo no dejo de buscarte, aunque en el silencio, amigo y cómplice de mis días.


Círculos concéntricos.

Son círculos que yacen en un mismo plano y tienen el mismo centro.

Pablo dibuja dos círculos en la arena y luego con los pies los borra enfadado. Quiere dibujar dos círculos que estén juntos. Quiere que se toquen como dos bocas que se besan. A pesar de sus esfuerzos los círculos permanecen separados. Hay entre ellos una tristísima soledad. Los dibuja más cerca uno del otro apoyando con una mano la punta de metal sobre la tierra y extiende el cordoncito que otra lleva, gira sobre sí mismo y traza a cada momento trata. Cuando cree que se han rozado no quedan migas de rastro que distingan la duplicidad de los dibujos, es decir: Pablo solo mira un círculo engrosado sobre los granitos de arena. Él desea poder ver al otro. Quiere distinguir sobre el plano las dos figuras unidas sin la intervención del azar. Con el impulso de sus manos Pablo dibuja y borra enfadado.


Una srita de vestido carmesí.


Había una srita que vivía en un calle gris.

Una calle construída con cemento y muros de tabique,

de block y adocreto,

todo gris.

Un día vinieron los señores que pintaban todo.

Unos señores magníficos—imagínate,

que usaban zancos

y pelucas color ámbar

y a veces regalaban trompos a los niños,

—ellos pintaron la calle de la srita.

¿De qué color la pintarían?—los vecinos imaginaban…

Amarillooooooooooooooooooooooo—decían atrás unas voces gritonas…

No, es un color más bonito todavía—sonrientes voces laterales aplaudían…

Si ellos utilizaban pelucas color ámbar—dijo el señor de la fruta—entonces debe ser un color magnífico…

De turquesa—gritaron todos contentos…

De turquesa pintaron todo:

Las tinajas,

el buzón para que los enamorados dejaran las cartas,

la ventana donde se asomaba la señora de la tienda a vender chamoyadas y pulparindos.

Pintaron las tejas de la casa de don Vicente,

el collar del perrito colibrí—ahora sí parecía más contento.

Los utensilios de cocina de la señora de las quesadillas.

Las bicicletas

los veinte centímetros que separan la acera de la calle pintaron.

También los zaguanes

los postes de luz

las bisagras de las puertas

hasta los letreros de farmacia y supermercado.

Y como usaban zancos podían pintar más alto que un pintor común.

Entonces empezaron a pintar las copas de los árboles

las nubes

la tarde

el cielo.


domingo, febrero 27, 2011

jueves, febrero 24, 2011

Apuntes en terminal Taxqueña

Salir. ¿Dónde están los límites de la ciudad? Sus accesos son innumerables. No hablo de los límites físicos socavados por su crecimiento irregular que a vista de pájaro semejan una mancha—dicen los urbanistas, quiero decir, encontrar el límite, el hito que detona su auge su decadencia. El punto que la separa de la naturaleza. La ciudad está muerta. Los éxodos ocurren a cada momento y la vulneran constantemente, partiéndola, dividiéndola en una red inconexa intransigente e intransitable. ¿Cuándo convertimos el orden en caos, si en su génesis partimos de la idea inversa de ordenarlo? La ciudad nació muerta. Todos sus modelos se corresponden.

Rápido

Rápido. Las voces. Debajo de la azul luz neón. Los árboles de las aceras no sienten dolor, son escasos caminantes horadando la tierra. Puntos de fuga diversos se extienden a algún confuso punto cardinal. Las calles se contraen y mi mirada cae en los letreros iluminando fachadas. Carteles ocultan capas de pintura: los muros de la ciudad son el contenido y continente de ella misma, su polvo invisible rueda y avanza como el neumático del bus. Rápido. Enfrente de mí la periferia azarosa se desborda y traza un límite, acotado por la caótica geometría de la geografía de los basureros, coronados por chabolas y luego el contraste de un gris desfigurado por las grietas de las bardas. Estas bardas de mi memoria que refuerzan la idea de que a la ciudad puedo llegar por donde quiera y al salir persistirán en mí una herida, un auto-escrutamiento. Las gasolineras próximas a la ventanilla son el único molusco que intenta devorar la noche, una noche de la que penden cetáceos como esa matrix móvil de Orozco. Siento que los instantes se repiten a cada latido y en distintas escalas como si fueran fractales: Monte Albán. Y mis pensamientos ceban la noche de belleza, y se van recordándote.

jueves, febrero 03, 2011

Salgo

Quiero ser como el Sol
así
callado.
Abarcar todas las cosas.
Sutil en la tarde
oculto
transparente en la noche.

jueves, enero 13, 2011

Repentina

Salgo de la visión: más allá del alcance de mis manos y de donde se estrellan estas palabras con el pulso de mis ojos. Un plató de silencio como la cubierta de un celofán ruidoso. Una mañana donde cruzo el viento al ritmo carmesí del movimiento de mi cuerpo sobre la tierra amada. Tú eres todos los sonidos. Tú que estás en todas las cosas, en el nombre de la tierra.

domingo, diciembre 19, 2010

Cervical

Mis dedos desnudos son la extensión de mi horizontalidad. De esta línea que el traumatólogo me aseguró perfectamente recta. Mi verticalidad en reposo traspasa mis pensamientos y los dolores de mis huesos. Mi cuerpo es arena removida. Hermético. Mi movilidad castrada. Cuando me llevaron en esa camilla dudaron de mi personalidad. Tuve que asegurarles que era yo y no otro. Mi nombre repetido mil veces entre topes y esa luz blanca como un símbolo de inmortalidad. Sí, yo soy⎯les decía. Mi voz no podía ir más allá de la pared reticulada de la sala de observación. Mis ojos abiertos de nada servían. Mi cuerpo es solo un transporte. Vulnerable. Fácil de quebrarse. Yo lo veía como si trajera arrastrando un tumor. Yo soy este cuerpo.

miércoles, noviembre 03, 2010

viernes, octubre 22, 2010

Equilátero

Los gallos están debajo de su prisma, es una estructura triángular extruída de concreto que les tapa el sol. Está dispuesto de este a oeste de tal manera que el animal accese por el sur o norte, evitando así el rayo de luz solar. Todos son gallos de pelea y permanecen varias horas en sus "tipis", como les llaman los pobladores a esas estructuras prefabricadas. Yo disfruto verlos. Por la tarde, cuando el sol desaparece detrás del cerro los gallos salen. Hay tensión porque los descrestados podrían pelearse, bueno, eso lo dice alguien que no sabe de sus maneras de crianza. Los gallos se despabilan y lucen en la opaca tarde sus plumas y de un salto se montan en la punta de su "tipi". Todos juntos. Parece que preparan su pecho para sacar su silencio. Parece que gimen una oración y quizá piensen en la pelea que los llevará a la muerte, en su vida breve. Una voces interrumpen la escena pero ellos no se alborotan. Impávidos, permanecen ecuánimes como una extensión más de la estructura. Pacientes de la noche, oscura, que llega y nos atraviesa a todos. A mí se me vienen pensamientos lánguidos y observo el ojo del animal, su parpadeo irregular, su pico filoso, sus desgarradoras patas. Las madrugadas han de ser ensordecedoras en la gallera. Aquí donde no abundan los grillos y los giros revolotean sus alas. Más allá se ve la cuesta que baja al río. En sus aguas dicen que se bañaban las mujeres de Tierra Colorada en los días de San Juan. Se tiene la creencia que eso las hacía más bellas y sobretodo algo en particular: les crecía el cabello. En el palacio municipal, está una fotografía de aquellos tiempos de tren, en ella se mira como un opaco enviroment el Cerro del Indio, luego el letrerito que avisaba a los viajeros que llegaban a esta tierra colorada y de gallos; en primer plano hay una hilera de mujeres vestidas con el mantón de flores tradicional y es asombrosa la longitud del cabello de todas: les llegan a los pies, a sus zapatos trenzados. A una de ellas un gallo le picotea el pelo de tan largo que le arrastra en el suelo. Ahora en este pueblo las mujeres son calvas o tienen el pelo ralo y corto, y los gallos mueren, coloreando más la tierra, desapareciéndola en la noche.

sábado, octubre 02, 2010

Ídem

A Rosendo Radilla Pacheco

Hay una forma de protesta que me molesta sobremanera: el recuerdo.

El recuerdo convertido en moda es peligroso y punza y lástima los hechos: los tergiversa.

La memoria allí está trastocándolo todo.

Hay lutos y luchas que se celebran con el merchandising. Son pretextos para el desmadre para el desfogue. Y me preocupa que se consideren banales y hasta jocosos.

Hay días precisos en que no celebramos o sufrimos en colectividad nada: eso es olvido.

Y los días en que ebullen de quién sabe dónde los gritos y las fechas es cuando llegamos con nuestra máscara y un caramelo a tratar de endulzarlo todo. A ser patriota mexicano. A ser cívico obediente. A ser nada entre el vacío de la masa. A ser activista comprometido. A ser un vándalo valiente. A estar convencidos de que ese dolor y esa alegría es también nuestra.

A falta de cicatrices se las quitamos a otras generaciones. La nuestra parca, tan quietos todos a pesar de que descansamos los fines de semana.

miércoles, septiembre 29, 2010

viernes, septiembre 24, 2010

Urbano


Sin ninguna esperanza
me detengo frente a una vitrina de carteras
en la Avenida de Nuestra Señora de Copacabana, domingo,
mientras el crepúsculo se desata sobre el barrio.

Sin ninguna esperanza
te espero.
En la multitud que va y viene
y entra y sale de los bares y los cines
surge tu rostro y desaparece
en un destello
y el corazón dispara.
Te veo en un restaurante,
en la fila del cine; de azul
diriges un automóvil; a pie
cruzas la calle
espejismo
que finalmente se desintegra con la tarde sobre los edificios
y se desvanece en las nubes.

La ciudad es grande
tiene cuatro millones de habitantes y tú eres una sola.

En algún lugar estás a esta hora, inmóvil o caminando,
tal vez en la otra cuadra tal vez en la playa
tal vez converses en un bar distante
o en el balcón de ese edificio de enfrente
tal vez estés viniendo a mi encuentro, sin que lo sepas,
mezclada a las personas que veo a lo largo de la avenida.

¡Pero qué esperanza! Tengo
una oportunidad entre cuatro millones.
Ah, si al menos fueses mil
diseminada por la ciudad.

La noche se alza comercial
en las constelaciones de la avenida.
Sin ninguna esperanza
prosigo
y mi corazón va repitiendo tu nombre
ahogado por el estruendo de los motores
llevado por el humo de la gasolina quemada.
(Por la calle).

Ferreira Gullar.

lunes, agosto 23, 2010

Viajem.

Te acostumbrarás pronto a estar quieta. Viajó a Orizaba. No se necesita conocer eso a lo que se va para moverse. En el viaje te olvidas de aquello que dejas y entonces buscas sin hallar. Se pierde la memoria y de eso se nutre el dolor que después llega. No es el sentimiento corriente de cansancio. En la huerta miraste las víboras mudando de piel. Tímida enterrabas sus viajes. Empujaste la roja tierra. Una deja caer la piel despacio y eso duele. Te ibas a Papantla, a Tecolutla: ese mar grave del golfo mexicano que te animaba al suicidio y a la vida. Cómo se puede querer dos cosas al mismo tiempo. Una mujer viaja. Dónde pone el énfasis. En el amor. En las estrellas. En los nombres. Esa noche quisiste tirar la piel que de la ciudad traías: caminaste entre la herrumbre de la ciudad caminaste apabullada por los pensamientos.


viernes, agosto 20, 2010

Copra

Carlos Iturburu Guerrero Manuel Rodríguez Bermúdez Alondra Murga Román Petra Salas Diego Inocencia Murga López Prisciliana Peña Gómez Juan Zúñiga Bracho Luis López Gonzalo Soberanis Palma Arnulfo Diego Escalona Gabino González Radilla Martín Celaya Pérez Juan Bracho Campos Saúl Hernández Radilla Alberto Vega González Mariana Aguilar Delgado Efrén Narciso Pacheco Celso Sánchez Peralta Delfina Gormín Yadira Silva Urieta Manuel Mora Muñoz Rodolfo Reyes Iturburu Saúl Cortés Guatemala Pedro Aguilar García Precadio Salinas Olivar Angel Cruz Lucila Santos Hernández Dalia Valencia Rodríguez Justina González Martha Dorantes Reyes Angel Sotelo Francisco Morales García María Hernández Jiménez Félix Nava Valle Eduardo Pérez González Jorge Sierra Castillo Oscar Loza Patiño Macario Ozuna

He puesto estos nombres, copiados del bloc de notas. He borrado la puntuación que los separaba. Los nombres de gente que no conozco. Los nombres que son palabras. Los nombres que son ecos. Los nombres que persisten. Los nombres de gente de Guerrero.

sábado, agosto 07, 2010