miércoles, enero 31, 2007

De cartas

Siento, no sé decirte. Una quietud, digamos mística, pero ensombrecida por los periodos del día. Te hablo de esto para que estés aquí conmigo. El sol modifica la sombra que tengo de ti, me ciega. ¿Sabes? Desde que pintaron el muro rojo de blanco, justo después de las doce del día es imposible mirar al frente, por la vidriera, entonces me volteo y sólo veo la infinitud de azulejos amarillos del cuarto. Parezco un Hopper, le he dicho a mi hermana, y ella sólo sonríe, creo que ignora lo que es y no nos decimos nada, nos quedamos sin palabras. Escucho todas las horas, y sí, leo, no tanto como quisiera porque existen las interrupciones, necesarias para la voz. Es curioso, pero cuando tomo una cerveza me entran unas ganas de hablar, pero mientras más bebo más difícil es pronunciar las palabras, como si me fuera quedando mudo-mudo voluntario. ¿Cómo se escuchará mi voz si yo me oyera no siendo yo? ¿Te acuerdas tú? Porque todas las voces tienen un no se qué explicarte y luego llega toda la confianza, los paseos sabatinos, la extraña realidad, que llamamos extraña por lo extraordinario de ir con alguien que no es uno, sino contigo. Y nos damos cuenta de todas las cosas, pero estas carecen de importancia, sólo están allí voluntariamente, somnolientas, sin afectar nuestra discreción en el corto amanecer de la cama, en la infinitud de calles y calles; me gustaría explicarlo mejor, no puedo. Y nos vemos y no nos vemos. Gotitas de memoria salen de mis ojos, se me agota.
Sólo quería contarte lo que siento ahora.

jueves, enero 25, 2007

De cartas

El día desaparece, atónito lo miro, incrédulo. Cada vez hay menos luz en la casa, desde que cancelaron la terraza, mi aliento y todas las emociones imaginarias, nostálgicas y extraordinarias que nos ofrece el pueblo visto desde aquel lugar, se marchan, sólo quedan en las hojas de calendario que se arrancan. Doblo mis recuerdos, continuo. Alguno se me extravía convertido en un avión, en barquito. Si supieras las alas que me faltan, claro, ahora lo sabes, sentada y perfectamente erguida, contenta hojalata. Por qué se va la tarde, que se vaya y yo me quedo; y que nos quedáramos acurrucados en una banca, despidiéndola, mientras comemos sandía y lloramos irónicamente su ida. Extraño mucho la calle de Madero a las casi 10 de la noche, y también esas tiendas de dulces a granel del centro-oriente. Bueno, la tarde se acaba para mí, debo acompañarla.

jueves, enero 18, 2007

none

Las palabras me parecen instantes que el corazón devora, a veces, sabiendo que lo intoxican, pero le hacen trasmutar el tiempo, convertirlo en belleza. Ojalá el recuerdo fuese alegría, mas las palabras ya leídas me hacen llorar.
Sin un post.

sábado, diciembre 23, 2006

jueves, diciembre 21, 2006

J.

Despertó muy temprano, el fino frío no lo inmutó. Se bañó. Se peinó. Se vistió como un autómata y salió al patio. Desató a Yango, el viejo perro caniche, y vio cómo se escapaba emocionado a los terrenos baldíos. Metió las manos en los bolsillos y regresó a la habitación. Todos estaban dormidos, los contempló. Se despidió de su mujer y sus hijos, les dio un beso y volvió a salir. La calle abrupta, sin pavimentar, no daba chance a equivocaciones. Encendió su viejo sedan y bajó lento por el camino pedregoso. Sintió que arrollaba al frió que se pegaba en las piedras, y recordó la primera vez que llegó a este lugar. La imagen en su mente lo presentaba todavía escuálido y subiendo a pie la larga cuesta cargando un antiguo ropero, única herencia tangible de su mamá; entonces, inevitablemente, se acordó de la fiesta del pueblo en que su madre había bailado mucho antes de morir. La gente y los parientes le contaron que ella había estado jovial y muy hacendosa ese día—era como si lo esperase—decían, —como si supiera que ocurriría. Cerró sus ojos y apretó fuerte el volante, irguió su espalda y rememoró entonces la llamada cruel, en donde le informaban la muerte de su madre; la distancia se convirtió en un oasis de tristeza, y los minutos, y las horas que tuvo que pasar para llegar a su pueblo fueron los más insoportables de su vida. Una piedrota golpeó la fangosa defensa de su coche y desvió sus pensamientos. Se concentró en el camino y no más en los recuerdos cotidianos, fundamentales para que fuera él así. Las chabolas se quedaban arriba, desde abajo se veían hechas ovillos, perezosas, como resguardándose del frío que se ancla en los cerros. Único en el avance, escuchó ladridos de perros guías, llamados así porque dirigían a los caminantes que se aventuraban en estas colonias lejanas; escuchó murmurar a gentes que desaparecían detrás de una cortina raída, y creyó escuchar los ecos de los cantos del gallo. Miró mechones de humo enredándose en las protecciones de las ventanas; observó los cables infinitesimales, el collage de anuncios que ocultaba el revoque de las bardas, la pintura gastada de las puertas; presintió que las ventanas cerradas estaban por abrirse y quiso quedarse porque imaginó la luz que enmarcaba los vanos anteanoche, punteando de luz los cerros. La multitud de habitantes le abría paso sin saberlo, y, todavía con los ojos cerrados, cubiertos como una yema de huevo, con una sábana blanca, o ya fuera tomando un café encerrados en sus minúsculos cuartos, se despertaban ignorando que afuera se aglutinaban en los pensamientos de alguien que los existía. Se hablaban sin ser oídos. Ignoró las señales y se aproximó a la zona de camino pavimentado. Frenó, y con precaución desmedida esperó a que estuviera despejada la vía para andar en ella. Conducir una máquina lo levantaba de esta tierra quieta—pensaba—lo hacía diferente. Pisó el acelerador y el viejo sedan respondió con un chirrido que no lo desesperó, al contrario, infundió en él mucha alegría.

lunes, diciembre 18, 2006

gigantic

Carámbanos

Huyendo con celeridad el gigante Roberto atravesó colinas. Huía de su amada Dela. Aplastaba árboles a cada paso. Sus ojos rosados dejaban salir goterones de lágrimas que al tocar el suelo hacían brotar de la tierra dalias. Las estrellas desaparecieron el día y a él. Sin lenguaje y solo, ocultó su pesado cuerpo en una antigua bóveda de piedra. Ahí lamentabase en el silencio de las paredes negras. Sus gemidos ahuyentaron a murciélagos que en su loca huída estrellabanse con churupetes luminosos. En la concavidad, el verde luminoso de los bichos que morían descendía lento, hasta apagarse en el suelo de la caverna y volver a negar toda visión. En la oscuridad, la cavidad se abría más para Roberto. Su estatura no gobernaba ya las cosas. La cueva era imponente. Sollozaba en ella como volviendo al vientre de su madre, y la penumbra eran los ojos de ella que lo consolaban; y al estirar sus larguísimos dedos y tocar las paredes de piedra caliza sentía una vieja caricia. Su memoria se poblaba de imágenes y aparecía Dela con su bolita de abalorios en el cabello. El frío de las profundidades no lo inmutaba, al contrario, cesó su llanto y adentrábase más al hueco de la tierra, a este paraíso cárstico del que hace muchísimo tiempo la luz fue expulsada. Se abrían túneles y pasadizos entre anfractuosidades y antiquísimas estalactitas, oquedades por donde caían cascadas infinitas que el gigante Roberto no podía ver, y sin embargo escuchaba con atención el misterioso goteo, y pensaba que el rostro de su amada Dela era todo lo que le rodeaba: intocable, invisible, lejano, aunque le bastaba alargar los brazos para palpar la superficie rugosa y erosionada de la caverna, él sabía cuan pequeño era en el mundo, y su gigantismo, del que huía la gente al verlo, era algo que los ojos de su amada nunca vejaron. Suspiró. Estaba lejos y aquí. Exhalo su último aliento. Cogió del suelo una piedra y se la echo a la bolsa. Y se guiaba a los confines tropezándose con las estalagmitas con la esperanza de alcanzar la muerte. Su escape al fondo era un arrebato de valentía o de torpeza del que el azar no tenía la culpa, mucho menos el destino.

martes, diciembre 12, 2006

Sueño

Al despertar me dio frío. El resto de la noche los pobladores celebraron a su virgen con música y comida, también hubo cohetes en el cielo que rivalizaban con las lucecitas de Navidad, pero armonizaban en una ciudad inmersa en la tranquilidad y recato. En la agonía de la madrugada el vocerío continuó y la molestia del frío se convirtió en un motivo para despertar, así que me levanté. Noté que la piel del cuerpo tenía oasis de escarcha y mis ojos nubosos no cesaban de parpadear, mas no hubo preocupación, hasta que al tratar de seguir caminando por el pasillo de la casa, mis pies los sentí pesados como si llevara un calzado hecho de bloques de hielo; ni siquiera podía flexionar las rodillas. Tenía medio cuerpo congelado. Inútil hacer algo con las manos, presentí que si me dejaba caer podría quebrarme y perder las piernas o la vida. Todos, hasta el gato, despertaron y me veían allí de pie, estático como una pieza de ajedrez esperando que alguien me moviera. Y no decían nada, les parecía normal—pensé—, todos se dedicaron a hacer lo que tenían que hacer y a mí me dejaron allí. Unos abrían los grifos y se bañaban, otros encendían estufas y preparaban deliciosos desayunos; se sentaban en su mesa de estudio para repasar la lección inconclusa y continuar; se cambiaban y al mismo tiempo se peinaban; abrían las puertas y salían, bajaban todos rápidos como en un tobogán. El gato y el perro dormían. Y no había nada, y yo no decía nada. Era como si después de un rato no me hubiesen visto o como si todos al despertar hubieran creído que seguían soñando y que era una maravillosa coincidencia que todos soñaran lo mismo. Se fueron y me quedé sin habla, ya no tenía frío pero entonces empezó el doloroso final. Empecé a manar agua, era fatídico pero el hielo se desasía. Al paso de las horas la temperatura aumentó y me estaba escurriendo. Y miraba el charco que me rodeaba, pensaba que en minutos vería un tono rojizo en él, pensando que mis pies se derretirían. Decidí tirarme. Con las manos me apoye en la pared y empuje hacía atrás para caerme, y al ir descendiendo al suelo sentí que iba ascendiendo al cielo. Abrí los ojos y todavía tenía el edredón encima de mí, la penumbra de la mañana opacaba el canto del gallo y uno que otro rasgueo de guitarra de los festejos. Todos dormían en la casa, y uno podía asomarse por la ventana y ver otra vez que empezaban a abrir los puestos de flores y que los camiones grandísimos como ballenas escupían flores de colores, y uno recordaba que en la noche el cielo estuvo lleno de luces y que pensó que alguien había arrojado flores en él; y la cortina entreabierta me dejaba ver todo eso, el lento despertar de las gentes para hacer el día. Y olvidaba el frío porque un pedazo de la circunferencia del sol rebasaba ya el cerro que tenía enfrente, y nos calentaba, y hacía más visibles los colores y las formas. Y el vecino abría su cortina y salía de allí su mujer con sus nenes en brazos: vestido de blanco y sombrero y una marca negra encima de su labio el niño, y la niña con un vestido que llaman china poblana, lucía bonita, toda llena de trenzas; y la mañana empezaba a dar sus últimos estertores, se transformaba en un día translúcido como las alas de las mariposas, y claro como los cristales nobles de las ventanas de las casas que nos permiten escapar la vista al pavimento, al cerro, hacia el mercado, a las avispas que se juntan en los puestos de flores, a los que compran un barquillo al heladero. El ruido de la máquina de las tortillerías acompañaba a los que llegaban a esas calles, y el de hombres que anunciaban viajes a Chilapa era la señal que unos esperaban para irse. Porque aquí estamos de paso. Se les veía llegar con grandes ojeras, marca de la fiesta nocturna y seguramente recargarían su frente en el vidrio del transporte, rendidos en un profundísimo y merecido descanso. —Qué haces allí—me preguntó una voz—veía… miraba algo de la ciudad. Sabes que soñé que tenía mucho frío y entonces mis piernas eran blancas como la nieve, pero no era así de suave, sino que eran como pedazos de hielo y que no me hacían caso, y cuando me caí subí a no sé dónde…

lunes, diciembre 11, 2006

Extraniandote



El polvo de estrellas del cielo en la arena del mar.

jueves, noviembre 23, 2006

Sin ti

Sin control sin dirección sin espacio sin vacío sin nada sin tardes malvas sin luz sin ojos sin tus ojos sin boca sin escritura sin vida sin alas sin brincar sin correr sin ánimo sin yelmos sin alegría sin tristeza sin cielo sin claustros sin violetas sin gatos sin cabello sin horizonte sin precipicios sin locuras sin miércoles sin color sin belleza sin chirlos sin origen sin sabor sin esperanza sin trenes sin la sonrisa de mamá sin el orgullo de papá sin techo sin escuchar sin condimento sin infancia sin energía sin besos sin caricias sin soledad sin nadie sin oxígeno sin lágrimas plañideras sin aceras sin alimento sin correr sin un centavo sin miedo sin recuerdos sin extrañar sin sorpresas sin juníperos sin imaginar sin amor sin árboles sin pan de baqueta sin pena sin licuados de mamey sin éxito sin armas sin compañía sin bailarinas de ballet sin arañas sin amigos sin sufrir sin morriña sin sonreír sin respirar sin bucear sin mujer sin corazón sin manos sin gusto sin hablar sin destino sin tu abrazo sin albañiles sin vista sin coraje sin color sin sílabas sin espejo sin envidia sin deseo sin quietud sin libertad sin patios sin remordimiento sin espinas sin azulejos sin destellos sin estrellas sin costa sin omnisciencia sin maravillas sin trópico de cáncer sin cobardía sin límites sin palabras sin comida sin genuflexiones sin libretas sin agua sin emanciparnos sin relojes sin enojo sin parpadear sin ropa sin tierra sin norias sin dientes de león sin uñas sin césped sin sexo sin cristales sin zapatos sin aliento sin churupetes sin fósforos sin paredes sin dirección sin frío sin papel sin cobija sin peces sin acrimonia sin cometas sin toqueres sin cuentos sin casa sin rebozo sin planos sin noche sin departamento sin mar sin camino sin pavimentos sin epítetos sin jacarandas sin raíz sin nubes sin zapatos sin estrías sin edificios sin hojas sin memoria sin funámbulos sin pájaros sin esquirlas sin chispas sin castillos sin diademas sin pechinas sin azúcar sin cartas sin sonidos sin otoños sin julios sin el silencio de mi hermana sin tono sin sol sin regalos sin cerros sin fiestas sin himnos sin paseos sin conventos sin poemas sin la sinfonía del nuevo mundo de Dvorak sin presencia sin calor sin números sin claves sin dibujar sin gloria sin camisa sin bosque sin nombre sin collares sin humedad sin timidez sin lluvia sin terciopelo sin chochitos sin vítores sin pesadillas sin cólera sin tiovivos sin dulce de calabaza sin aretes sin ventanas sin aroma sin tinta sin piel sin girasoles sin cadenas sin espadas sin Torre Latinoamericana sin molestar sin mezquites sin centímetros sin muerte sin aullidos sin voz sin tiempo sin ti.

miércoles, noviembre 15, 2006

Fuera de Ogarrio

Esto es un caleidoscopio muy aburrido y tengo una terrible sed, una impaciencia tremenda, quisiera escapar. En las tardes no hay caléndulas. Deseo caminar envuelto por ese cielo gris, es mi único pensamiento. Llega la noche y absorbe mi sueño, y me acecha esta habitación; si al menos fuera triste—pienso—le encontraría cierta belleza. Lo único que puedo hacer es escribir, pensarme lejos de aquí. Recordar: salimos ya sin la pesada carga de las maletas, yo estaba contento, pues iba contigo, pero tú lucías intranquila. La violencia de las montañas no nos asustaba y la carretera estaba lista para nosotros. Nos subimos a la camioneta de la pasma, y nos llevó—los dejaremos en la que va a Matehuala—dijeron. El paisaje era inabarcable con la vista, cactos gigantescos alfireteaban el cielo, el polvo rojizo de las montañas parecía que te hacía llorar. Los policías vacilaban, y cuando volteabas a verme sonreías leve. Parecía que imaginabas a todos aquellos que llevarían nuestros objetos como suyos en par de días. Cuantos Alonsos y cuantas Carmenes andarían por allí, haciendo infinitesimales paseos. Lo que me alegraba era que estaría ese recuerdo viviendo siempre, corriendo, caminando, encontrándonos. Entonces nos bajaron—hasta aquí—dijeron. Sin ningún peso en la bolsa, pediríamos raid, y eso te emocionó mucho. Calculamos que demorarían mucho en levantarnos, la vía lucía vacía, recta infinita, y todo alrededor era un montón de cerros rojizos, de nubes aisladas. La tarde se nos venía encima, y nos hacíamos muy pequeños. No pasaba nada. El cielo abría sus ojos, mil estrellas parecían diademas en el cabello de Carmen. Una motita a lo lejos nos dio alcance, era un camión materialista color naranja. Se detuvo dos metros y nos llevó. El conductor era un joven muy sonriente y silencioso. Nunca habíamos estado en un vehículo que llevara los asientos tan altos, y nos hacía felices. Mirábamos cómo se terminaba el color ladrillo del paisaje y una fila de árboles pequeños empezaba a aparecer, después hombres en bicicleta, autos empolvadísimos, una ventana por la que se asomaban dos gatos. Aquí nos bajamos, el conductor amabilísimo nos acercaba a Matehuala, donde podríamos conseguir efectivo para componer el viaje. Atravesamos el pequeño pueblo solitario, e hicimos paradas a varios coches. Subimos a una 4x4, hambrientos y poco cansados, nos sentamos y estuvimos en silencio alejándonos del polvo, y de nosotros. Las llantas zumbaban en la carretera y la intermitencia de la línea blanca en el asfalto me anestesiaba. Carmen tomó su cuaderno y empezó a dibujar sobre el pentagrama a las personas que iban en la cabina: era un señor de gafas muy oscuras y gemelos sonrientes, creí que éramos nosotros; entonces las luces anunciaban sorpresas y Matehuala. El trayecto duro poco, me hubiera gustado seguir mucho más tiempo, con el viento despeinándonos, inhalando un fino frío, y mirando lo pequeño que son los habitantes del mundo. Nos dejaron en el centro, al lado estaba el banco y cómo deseé que no tuviera lana, prefería seguir caminando, pero no podía ser egoísta. Tomé todo lo que tenía y después fuimos a comer. Estábamos sucios y nos aseamos un poco en el baño del restaurant. Hicimos planes de tomar un bus para Dolores, ya muy noche, y dormir en él para no gastar en hospedaje y tener más para nosotros. Compramos los boletos y después vagamos haciendo tiempo en el centro del pueblo—es el lugar más feo en el que he estado—decía Carmen—es un lugar muy frío—sin embargo yo sentía que la vida era maravillosa. El frío nos picaba y gastamos el dinero que teníamos en un rebozo. Carmen se lo puso y yo la vi más hermosa que el mundo. Ella era toda risas, parecía que olvidaba de una vez el robo de nuestras cosas, el robo de su identidad en un país desconocido, el robo de partes de su vida, el robo de recuerdos, el robo de afectos, el asalto a su intimidad, y yo, sentí que al perder la maleta me habían robado lo triste de mi vida, la soledad, el enojo, la apatía; y entonces miré su cara toda llena de las luces de la plaza y la miré todavía más linda, más hermosa. Y en mi corazón amé la vida.

Camino a Matehuala

viernes, noviembre 10, 2006

Llegada y salida

Llegada

Muy rápido pasa el día. Rodeado de gente vana que se pone una carcajada como antifaz para mostrarse franca. Personas amables, tranquilas, inofensivas ‘a fin de cuentas’, repletas de lugares comunes. Me vuelvo uno de ellos. Me disfrazo de ellos. Mis manos están secas, blandas. Me duelen los dientes de tanto rasparlos con mis dientes. En silencio, ‘en boca cerrada no entran moscas’. La saliva sabe amarga cuando no hablas, parece que condensa las palabras y se estrellan en ese techo rosado de la boca hasta deslizarse por sus paredes, y la lengua las prueba, y entonces me callo. Tal vez con la llegada de la tarde se propague ese bello frío que cayó anoche. Una lluvia lo trajo mientras paseábamos en las calles llenas de vacío, y mirábamos los semáforos parecidos a maniquís. O tal vez no, y me asuste el croar de las ranas en el patio. Y las plagas de libélulas vuelen a la oficina para estrellarse contra las lámparas. Y cuando ocurra ese espectáculo trágico, yo pensaré en ti para alegrar el mundo: tu sonrisa de naranja.

Salida

Como dice Freud, no hay cosa que le pueda causar
tanto daño a un ser humano, como otro ser humano.


Caminaré sin ti
M.B.


Camino sin ti escuchando el latido de la tierra, los lieders de Schubert. Una señora me regala risas que recorta de la sección dominical ‘lo que somos’ del periódico. Un hombre que sólo había visto en sueños me saluda intensamente. El pasillo lo veo más largo cada día. La botella de agua vacía. Dejan caer rumores y chismes, bajan por los peldaños. La ventana abierta enfría la habitación, mi frente. Afuera se divierten sin palabras, caminan en silencio con los zapatos mojados. Y cada noche me repito en pupilas invisibles. Soy obsesivamente observado, lo presiento. Cuando salgo de aquí todos los temores del mundo encuentran en mí su caja y regresan. Me voy sin voltear la cabeza como Lot. Te recuerdo, sonrío.

sábado, noviembre 04, 2006

miércoles, octubre 25, 2006

De tinto

Los eventos que aquí se describen conforman la memoria perecedera. Es inagotable el recuerdo, pero los detalles: cuantiosos e ínfimos, sólo sobreviven algunos días. Estamos hechos de un presente muerto, estamos siempre vestidos de luto; con nuestras sonrisas que ya dejan de serlo, con alegrías compartidas y música de David Bowie. Ayer, idos esos minutos sólo nos quedaba la confirmación, ya por la noche, del evento merecido que terminó con la fugaz alegría de papá. Las horas parecían un péndulo, anunciaban con todos los paisajes: la vista de naturaleza, la vista de la línea marina, las ventanas mirando la nuestra al llegar al puerto, el fatal e inevitable roce en el cuello. ¡Ah! lo hubieran visto, allí, vertical, elevado para notarse, escuchándose más que todos, hambriento… y sí, se los comió. Después vinieron los abrazos apretados; sus sonrisas tenían un barniz invisible de sinceridad; y no podía faltar el brindis: la copita de vino: color vino, color blanco, que inevitablemente alegró las largas conversaciones, sobre geografía, geodésicas, ágoras, Giovanni Papinni. El caudal de felicitaciones se extendió hasta la hora en que nos llegó a la nariz el olor a pescado. Entonces uno se asomaba al balcón, y venían estos hombres con grandísimas ánforas y puñados de peces colgándoles sobre su espalda morena, tatuados de sol, y diciéndose cosas que les hacían reír; y uno pensaba luego que llegarían a sus casas, tocarían a la puerta, y los recibirían con una infinita alegría lunar sus esposas, y les harían el amor toda la noche, como si se tratara de un canto de mar, o una especie de espejismo intocable de sombras sobre las manos. Un chasquido me volvía a la realidad, y los vanos bien abiertos nos enseñaban la tristeza de un cuarto en que hace unas horas se estremecía la gente con su risa y su vida. Ahora nos tocaba irnos, seguir el festejo de papá en otro lugar. Los pocos que se quedaban se quedaban solos como mariposas. Nosotros nos adentraríamos en la ciudad; con la celeridad del automóvil podríamos andar de un sitio a otro a nuestro antojo. Qué cerca y lejos el mar, cuando el coche pasaba cerca de la costera, todos dejábamos de hablar o de reír; parecía una ilusión, y ese cristal del auto, cómo lo detesté, porque aún abajo, no servía para dejarlo entrar todo como el aire en la carretera. Qué fácil hubiera sido detenernos, abrir la puerta y escaparse hasta mojarse el traje y los zapatos, pero este pudor nos sobrevino y nos quedamos dando vueltas y gozándolo con sufrimiento.

lunes, octubre 16, 2006

Visible elbisivni

Antes de llegar a casa tuve la impresión de ver su sonrisa de Cheshire. Y al entrar, me recibieron las voces desde la cocina, con la sorpresa de ver a Lawrence sonriendo, y contándoles “yo desee que lloviera, pero no tanto”. Hoy nuestros lazos no son sólo los abrigos, si no las palabras, las “contadas de cosas”; y justo ahora que llegó el tiempo lindo: el frío, que nos sube por los pies como enredadera o muro, es que estamos contentos.

Sonrisa de Cheshire

miércoles, octubre 11, 2006

Comienzo... correspondencia

Falta poco para la hora de salida, no hay mosquitos, porque has de saber que una cantidad numerosa de esos insectos zumbantes deambulan aquí. El color amarillo de la pared ya se opacó, y afuera, nada más alzando poquito la vista y atravesando con la mirada el vano, se mira el aleteo inútil de las hojas: soñándo con volar y su único consuelo es el aire con el que bailan. Yo volaba como ellas, y bailaba con la ciudad. La recuerdo ahora, porque en el pasillo me encontré con esa señora—la que le regalé la semilla—y por diversos comentarios que hicimos, me hizo recordar noches en la ciudad. Cuando salía de trabajar, a las ocho—le decía—me iba caminando, caminaba mucho. Cruzaba el zócalo y me acompañaban un sin fin de desconocidos. Se veían majestuosas las torres de Catedral con esa tenue luz que las iluminaba, y eso era como una gran sonrisa. El olor en el ambiente, que provenía de los mercaderes ambulantes: los puestos de hot cakes; los de tamales oaxaqueños; los de los plátanos fritos; los de los camotes, nunca he probado esas delicias que calientan máquinas que silban. Sabes qué era hermoso: a veces los señores que preparaban los algodones de azúcar, dejaban ir distraídamente, listones de azúcar al cielo; uno caminaba mirándolos volar, dejarse ir, como si allí estuvieran a gusto: la noche se tatuaba de rosa, del azul azucarado. Una vez vi a un muchacho brincar muy alto y atrapar uno, se lo llevó a su novia, y desaparecieron los tres en un beso...

sábado, septiembre 30, 2006

Matchpoint



Matchpoint by Woody Allen

Omiltemi

Mientras llueve el camino se angosta. De las calles más altas corre ligera el agua de la lluvia, baja. Ya no hay paseantes. Los pocos se refugiaron en las tiendas de abonos, en las estéticas y cafeterías. Espero, solo, cubierto de dulce los labios. El escarnio que me provoca el de junto desaparece, lo ignoro. No habrá bombas esta noche, pero sí estarán todos abrigados. Oh lluvia, mal presagio para el festejo que ellas nos tenían preparado. A fuerza de repetir la celebración, ya se hizo costumbre que cada semana última de septiembre, se hagan fiestas en honor al santo. Yo, como hace un año, en distintas circunstancias, iré. Saldré, sustraerán mis zapatos agua a cada paso hasta que el motor de un automóvil me lleve. Imagino que estarán todos quietos, grises como nubes, sentados tomando café o una copita de mezcal. No habrá muchos, supongo, tal vez ya se estén yendo. La iluminación es laxa aquí, no puedo ver claramente, afuera un limbo desconcertante pulula en los pasillos; siempre es así cuando llueve. Debería ya haberme hecho a la idea de que los días con sol son pocos y extraños. No son un ardid, es probable que no los merezcamos. Pero hoy, que se preparó todo para el festejo, hoy llueve irremediablemente. Ya las aguas que bajan del cerro inundan las calles cercanas, los coches, los letreros se hunden; cierro las ventanas, empiezo a ver peces que forcejean detrás de los cristales, abarcan con su presencia todo el patio. Cierro los ojos y me escapo de ese afán, pero la clepsidra en mi pecho suena mucho, me ensordece. Ojala ya no lloviera, ojala que los rayos solares fueran una ancha marquesina, un hermoso toldo, una guía sutil de vidrio donde pudiera sentarme a tomar el té y mirar, melancólico, otra vez llover.

martes, septiembre 26, 2006

arlequín.

(Del it. arlecchino, y este del fr. ant. Hellequin, nombre de un diablo).

1. m. Persona cuyo vestido en un espectáculo o fiesta remeda el de Arlequín, personaje de la comedia del arte, que llevaba mascarilla negra y traje de cuadros o losanges de distintos colores.
2. m. Gracioso o bufón de algunas compañías de volatines.
3. m. Cada uno de los dos bastidores verticales que, en cada lateral, definen con el bambalinón la embocadura del escenario en los teatros.
4. m. coloq. Sorbete de dos o más sustancias y colores.
5. m. desus. Persona informal y ridícula.
6. m. desus. Tejido de hilo o lana y de colores variados.

Victor Vasarely
Victor Vasarely-Arlequín
Técnica mixta
59 x 39 cm

miércoles, septiembre 13, 2006

jueves, septiembre 07, 2006

Sentir

En Fuegos, Marguerite Yourcenar dice:

" En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo. "