viernes, mayo 18, 2007

Safo

Alonso ha llamado, y me ha contado, emocionado, muchas alegrías. Está muy contento. Él, me recuerda a algo que dice Galeano: “desde el cielo vi que las personas eran un mar de fueguitos; algunos eran fuegos pequeños, delgados, tenues, pero otros eran tan grandes y animosos que si te acercabas te encendían…” así me he quedado, contagiado de su brutal felicidad. Dice que conoció a Angelina, lo sospechaba, una mujer, y se ha entendido muy bien: respeta su silencio. Es formidable—me dice mi amigo—nunca deja de hacerte reír. —Y tú cómo estás. Ha llovido Alonso, el agua cambia el color de las cosas y nos limpia algunas tristezas. Nos aquieta, cómo explicarlo. Nos quedamos suspendidos, levitando, casi sin peso viéndola irrepetible. Y entonces las palabras desbordan, como agua, los muros y ocultan los árboles. Entonces un silencio de lluvia recorre toda la ciudad y sólo en el hueco de las campanas se abrevan nuestros secretos. Mi amigo me cuenta que pronto estará acá. Aunque no extraña nada, ya desea subir a la montaña, y meterse a las cuevas a dibujar murciélagos, y recoger sus hojas—como él la llama—. El tiempo de lluvias empieza compañero y no es para estar sólo en casa, salga, mójese poquito, acompañe a los campesinos, ayúdeles: haga una casa para atrapar el sonido de la lluvia, dibuje sus planos; llene de barro sus zapatos. Los míos son una peste y Angelina no me lo reprocha—tanto me cuenta su voz amiga. La vida parece que a momentos se estabiliza, o yo estoy equivocado, aunque no hablo de todos, escribo de mí, porque nos soy ellos, los que veo todos los días yéndose únicos, acompañados, solos. Mi amigo volverá, mientras tanto yo seguiré bailando tarantellas—perdón, escribiéndolas—para reconstruirme, para hacerme más amigo de las palabras, para aprender a escribir.

martes, mayo 15, 2007

Curiosidad

—Camina, camina mucho...
En mi humilde opinión, para aprender a irnos hay que caminar. Cargar con nuestro cuerpo, llevarse los pies, como cuando pisamos la arena, sentimos y miramos su belleza, pero no nos quedamos, sólo nos llevamos los ojos sin palabras. Hay que caminar despacio lento aprisa, caminar los ríos, los planetas; caminamos tanto caminar. No son huidas, no las fugas, mira cómo mis palabras trazan señales (no son de lápiz que fácil se puede borrar) de esa siempre ola mía, mi siempre tierra querida.


De las cosas encontradas en mis cuadernos.

sábado, mayo 12, 2007

Notas

Este hombre que veo vive en las sombras, sin la “luz de luna” de José Alfredo Jiménez. La penumbra es tan densa que a penas puedo verlo. Sus miembros están rígidos y todo a su alrededor está estático. Ni siquiera sus recuerdos colorean el monocromatismo de su habitación y facciones. Adivino que tiene noches tristes donde la bruma, la niebla y todo lo telúrico amenaza con asfixiarlo. Me gustaría saber qué piensa. Sus parpadeos son lo único que distorsiona esta purísima visión de soledad. 12:53 hrs.

Hay un hombre regando las plantas con manguera, sin cuidado, por cierto. Su rudeza encorva los tallos de las flores y es un chapuzón violento en todas las hojas. Anda en mangas de camisa y como el tiempo es caluroso, aprovecha el instrumento para echarse agua en su frente, en su espalda, en su pecho. También enjuaga sus zapatos que quedan de un color café tabaco, como el tronco de un árbol sin estrías. Yo no sé por qué no termina ya. Parece que la satisface el olor mezclado de agua y tierra, el movimiento, el sol, el ruido, el estar como comúnmente se dice: al aire libre. 01:00 hrs.

miércoles, mayo 09, 2007

"Mi Vida Entera"

Aquí otra vez, los labios memorables, único y
semejante a vosotros.
Soy esa torpe intensidad que es un alma.
He persistido en la aproximación de la dicha y
en la privanza del pesar.
He atravesado el mar.
He conocido muchas tierras; he visto una mujer
y dos o tres hombres.
He querido a una niña altiva y blanca y de una
hispánica quietud.
He visto un arrabal infinito donde se cumple una
insaciada inmortalidad de ponientes.
He paladeado numerosas palabras.
Creo profundamente que eso es todo y que ni veré
ni ejecutaré cosas nuevas.
Creo que mis jornadas y mis noches se igualan en
pobreza y en riqueza a las de Dios y a las
de todos los hombres.

JLB


Me soñé muerto y nada había cambiado. Sólo los rostros crispados de mi familia. Todo lo demás estaba igual que cuando me imaginaba vivo. Tal vez recordé dos nombres en el momento que perdía la vida, no recuerdo más. Mi jaula es mi cuerpo, inerte, pesado, allí me quedé encerrado en medio de pasillos como los de la casa de Asterión. No pronuncié lenguaje, no miré nada, ni escuché, sólo podía pensar. La total negritud no era tan bella como los destellos que a veces me sobrevenían. Sin embargo, caminaba, estoy seguro, pero no sentía un piso, estaba a la deriva. Intenté tocarme, pero no había cuerpo, no había manos pero las sabía conmigo. Mi muerte no opacaba, sin que fuera mi deseo, el ritmo del mundo. Qué era entonces. Por qué morirme cien veces en un sueño. Más que morir, me dolía profundamente el dolor de mis padres, y era extraño, puesto que ya estaba muerto. Desperté con los ojos acuosos, señal de que sigo soñándome. 14:04 hrs.

miércoles, mayo 02, 2007

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La larga cicatriz en la casa de Susa. Vámonos al cielo. Cuando miro las fotos. Cuando miro tus ojos, que no ven ya, pero están viéndome, como esos anuncios luminosos de la calle, o la Monalisa en rompecabezas de la salita. Hay que hacer las letras tan grandes como las hojas. En el punto. En la noche sentí morriña y para más inri amaneció nublado. Pensé en papá, en la alegría que le provoca la marea. En lo que exige. Quise dormirme luego para trasladarme a su cielo poblado de viejos caseríos y edificios sucios de los que sólo queda su sinfónico nombre: “el edificio uno, dos, tres”; y el mar resulta a cierta distancia razonable del cuerpo, pero muy lejano de los sentimientos. A cierta parte inconclusa del puerto, fundida entre concretos barbaries y anuncios de focos fundidos, con toques de modernidad, sin embargo, esta consiste en tiendas de consumo que parecen un albergue para la pobreza. Papá desbordaba su alegría en la calle y su entusiasmo con toda la gente, hasta nos presentaba, como presumiéndonos, como sintiéndose orgulloso; a la hora de comer nos llevaba a lugares folclóricos donde señoras prietas nos apresuraban las tortillas, y los olores a mariscos y menudo nos confundían al momento de ordenar. Entre trayectos, el transporte público nos prevenía de mucho sol: flotillas de camiones oxidados, luminosos, pintorescos algunos y otros llevando de estandarte publicidad gringa, dotaban al paseo de minutos de tranquilidad y convivencia, aunque fuera visual, con los residentes que llevaban la ropa húmeda y todavía arenosa, con muchachas negras observando por la ventana y recibiendo el fresco viento al avanzar por la costera el autobús. Sin duda, si tuviera mi edad, cruzaría de una orilla a otra nadando la bahía
—para mí es fácil, cuando me canso nado de muertito… y sigo, sigo nadando.
sólo para demostrarse a sí mismo su vitalidad, su alegría de vivir, su enérgica pasión por estar aquí; sólo por placer. Lo imaginaba caminando solo en la noche desnuda, tranquilizando su paso en los lugares en que la memoria le daba un golpe de sonrisa. Lo imaginaba también, seguro de que alguien, sin estrellas en su cielo, lo pensaba y lo creaba allá a lo lejos, y lo creía nostálgico, contento.

miércoles, abril 25, 2007

Voces

Estaba harto y entonces salí a dar una vuelta al parque. Me senté en una banca, muy incómoda, y de pronto, desafortunadamente, apareció esta chica. Cómo habiendo tantas bancas libres prefirió quedarse en ésta. La miré disimulado y se reía sola, se miraba contenta. Si hubieran puesto a alguien mirándonos detrás, habría en el paisaje una línea vertical imaginaria entre ella y yo, en donde lo nublado y seco me representaría y a ella la luz y el color.

Siempre que salgo del trabajo suelo mucho caminar, y esta vez, después de pasar por las confiterías que tanto me gustan, caminé al parque. El día era precioso, y agradecía, como Chesterton, por todo lo que veía. Después de dar algunas vueltas observando los divertidos juegos de arena de los nenes, los perros correteándose algunos y otros nadando en la fuente, me fui a sentar. Noté, primero, y sin darme cuenta, abstraída por recuerdos, que en la banca había alguien. Distraída lo vi: lucía realmente enfadado, muy aburrido.

“¿Quieres acompañarme?” Me preguntó su voz, era insoportable—pensaba—pero de todos modos fui sin preguntarle a dónde, tal vez me doblegó su tono, las cosas que me decía y contaba. Me alegró mucho. Era buenísima platicando y muy simpática. Me dijo como se llamaba. Me contó de una montaña al sur desde la que se ve el fin del continente. De casitas azules en la costa. Del color de los brazos de su padre. De animales fantásticos que dibujó hasta cumplir los ocho.

El tipo se veía tímido. Al principio, cuando le invité a caminar acompañados, casi no habló; poquito después empezó a despabilarse. Nos subimos a un sube y bajas que estaba libre, y lo dejé largo rato arriba, era divertido ver su cara entre temor y asombro, mas no quería asustarlo, sólo quería provocar expresiones diferentes en su rostro. Me enseñó a leer las marcas en el tronco de los árboles, y me leyó un poema. Después cortó una flor y me la regaló.

Me hubiera gustado pasar más tiempo con ella, pero tenía que irme, ya era tarde. No olvidaré tu nombre y tu voz—le dije—la alegría de este encuentro. Me despedí alzando la mano y suspiré mucho, mucho. Volví la vista una, dos, tres veces, pensé: ojalá esté aquí la próxima vez.

La gente empezaba a irse, llovía de noche sobre nosotros. Y él se fue con ellos, como había llegado. Noté que no quería irse, pero no entendí por qué no se quedó. Se veía triste. Al llegar a casa coloqué la flor en una vaso y me puse a escribir.

Relato de lluvia con fondo de ojos

En la noche el animal de la lluvia vino a refrescar el caliente tiempo. Los que dormíamos agradecimos en un sueño profundo y merecido. Los amantes incesantes dormían más apretados. Los niños que nacían fueron bendecidos. Los vagabundos no hallaban con quién celebrar la alegría del agua: corrían como locos felices por las avenidas. Los gatos la miraban tímidos. Los escasos automovilistas frenaban sus impulsos y se relajaban en el viaje. Los choferes de camiones, los veladores, los que trabajaban en las taquerías, los que salían solos o acompañados de una fiesta, incluso los sonámbulos y los que padecen insomnio. Como si fueran una multitud de cascabeles: sonaban su risa por todo el pueblo, agradeciendo como en un rito el influjo de la lluvia. Al amanecer, salimos a las calles reflejándonos en el piso. 09:15 hrs.

lunes, abril 23, 2007

Paysage

El calor era sofocante. Los caminos y los hombres descamisados estaban tiznados, también los niños, que jugaban en el suelo con caballitos de madera y chapetas, nuevas para mí. Se veían los camiones repletos de caña con conductores rudos que nos desarmaban a carcajadas. Había parejas de ancianos, sentadas bajo pórticos, sobre tablados, observando la tarde pasar con ojos verdes. Se veía a los inadaptados al clima, que llevaban un ventilador de pilas en la mano y enormes abanicos. El sol se nos metía por los ojos. El lugar, aunque vivo, lucía triste, abandonado, como si el tiempo se hubiera desviado. No había una plaza dónde descansar, una cantina divertida. En una casa, de los anchos muros nacían margaritas, albahacas, y otras yerbas de cocimiento; en un árbol colgaban inscripciones de letra ilegible—del tiempo de la guerra cristera y del general Calles—me contaba Claudia. Sólo y solo en el centro, el ingenio azucarero atraía a los hombres al lugar. Parecía una pintura de Max Ernst: toda una hilacha de máquinas y calderas orgásmicas, que no cesaba de engendrar azúcar y alcohol. Con su aliento fétido, y su fálica chimenea, este animal industrial se apoderaba de nuestros deseos y ganas, y nos quedábamos viéndolo largo rato, doblegados vaya a saber por qué. A pesar de todo no echaba de menos la algazara de la ciudad: el trajín de automóviles, la moda de las jóvenes que alegran el puerto, incluso la calle Zapata de Chilpancingo. Aquí, las mujeres vestían ligero. Tenían unos ojos muy grandes y dulces, como sabor a mango. Los tirantes de sus vestidos dejaban ver cómo la humedad corría desde sus hombros a su cuello. Uno adivinaba que el sudor devenía placentero, de su pubis, de sus largas piernas hasta el arco del pie. Sus pezones hirsutos pinchaban el blanco de su blusa, y apenadas separaban la prenda de su cuerpo, acariciándose disimuladamente sus senos, pasándose la mano por su cuerpo, estremeciéndose, para sentirlas desnudas. Su cabello suelto y largo cataba sus nalgas cuando caminaban. El carmesí de su boca, su diadema fue lo primero que vimos y recuerda nuestra memoria, agujereada por los subibajas de emoción del viaje.

Zacatepec

miércoles, abril 18, 2007

Edad

Ayer Alonso me esperó después del trabajo. Se trataba de ir a visitar un panteón. El coche corría de maravilla. Me sorprendió al salir a carretera que se persignara—es una costumbre que heredé de mis abuelos—dijo como justificándose. La tumba, estaba a unas dos horas de camino; el trabajo que haríamos era tomar medidas y dibujar croquis para reconstruir su perímetro y, como le pidió el desdichado familiar: adornarla mucho, se lo merecía. Cómo en su ausencia se preocupan más, por qué tipo de piedra llevará su altar, cuáles flores o inciensos—murmuro mi amigo. El camposanto estaba en un lugar cercano a Palo Blanco. Incrustado entre dos cerros. El camino dividía a los difuntos de los vivos. A la derecha, en el cerro más alto, sus tumbas eran como balcones que habían sido propuestos para que sus almas mirasen algo que ya no. Y a su izquierda, los pobladores estaban dispuestos de manera tal que vigilaban las criptas de sus muertos. Alonso, parco como de costumbre, caminó entre las tumbas solo, hasta reconocer en dónde habría que intervenir. Había tres hombres horadando la tierra, con las venas sobresaltadas en cuello y brazos, descubriendo la plancha de concreto y varilla donde, como dice Sabines en un poema, la hacen para encerrarlos, para que no salgan, para matarlos ya muertos. Mi amigo lloraba, es bueno decir que se conmueve con todo, y seguramente imaginaba, como me contaría después, en las veces que aquella mujer había sonreído en compañía de un amigo, o había celebrado con la familia un banquete; o acompañar a su padre a la caza del venado, empresa que no era para una mujer bien vista, mucho menos aquí, pero su padre la adoraba y le cortaba el pelo como chico para llevársela y perderse dos días en el monte, viendo las estrellas, escuchando el grito quejoso del tecolote, sintiendo los pasitos de las arañas patudas al descansar, y despertarse sorprendidos por pájaros de colores vivos, que hacían del amanecer algo luminoso, excitante. Lo más triste es que ella ansiaba volver al pueblo, a este pedazo de tierra en que la maravilla comprendía el recuerdo de infancia, el platicar con los fantasmas, el andar nostálgica y descalza por el hueco que queda entre las casas. Ella, que enseñaba y hacía sonreír a niños de pueblos todavía más lejanos, incomunicados, se ahogó cuando trataba de llegar a casa, porque era más su ansía y alegría de volver. La arrastró el río—nos contaron los hombres. Yo leí en su epitafio que tenía mi edad, 26 años. Alonso midió y nos marchamos, no queríamos estar más allí, corríamos el riesgo de disolvernos en lágrimas.

domingo, abril 15, 2007

De notas de viaje

Todo mundo es joven en la playa. Contemplo esta tristeza muda del mar en esta noche que estoy solo, entre las voces y Sandra que se fuga. Mezclo mi voz con la de ellos con el pretexto de fugarme e irme a dormir sobre la arena, al lado de tanta agua que siempre habrá tiempo de sentir y de tocar, para ver otra vez ese rostro de mujer que reía, de larga nariz y labios finos. Recuerdo que caía la noche en la ciudad. Aquel día los militares marchaban sin pudor cargando doblada la bandera nacional. Yo me había sentado en el suelo, contra una columna del Ayuntamiento. Los que pasaban me sonreían. Las luces de catedral empezaban a iluminar su fachada haciendo más claro su dibujo. La luna era un disco perfecto. Solo contra las piedras muertas de la columna esperaba esa alegría que era la justificación de todo, de este esplendor de ciudad. Yo sabía que muchos ojos habían visto esto, que se habían sentido así, pero para mí era como la primera sonrisa de Sandra. En el cielo mezclado de lágrimas y estrellas yo te recuerdo.
Mazunte, Oaxaca, abril 2007

miércoles, abril 11, 2007

De memoria

Lindísimo

El arquitecto y el emperador de Asiria, de Fernando Arrabal.

viernes, abril 06, 2007

Larutanatural



De vuelta a la ciudad: la calle, su noche, la gente durmiendo, este agonizante viernes. La semana quieta; intensos viajes, con piernas doloridas y zapatos sucios. Con piel quemada y raspaduras. Las páginas llenas de imágenes, con ojos limpios como el amanecer friísimo en la sierra. Tanto andar colgado de silencio, tanto irse por caminos donde sólo veía el choque quieto de estrellas en la noche, y platicaba a solas antes de dormir en esa grama silvestre. En fín, snif, snif, de regreso.

viernes, marzo 30, 2007

Citadela

Espera



Atrás del sol rojo hay un perfil de ciudad, una barda recién pintada que oculta subjetividad. Hay un ángel que arde en el cielo, las plumas que caen son una lluvia negra. Hay un barandal de hierro, trasladado en viejos tiempos a este lugar. Está la banqueta sin nadie, muy limpia y sin ruido la calle. Si alguien cruzara, encontraría el edificio decimonónico iluminado de tarde-luz, con pasillos tenebrosos como costillas de carnero y sótanos que resguardan libros, carátulas de discos, vasijas de países remotos; sombras siempre sombras. Cuando estés por llegar a donde estoy te distraerá la presencia y olor del eucalipto, recogerás una hoja, una semilla para mí. La ocultarás dentro de la cajita de tu puño y me la darás diciendo “Bright Eyes”. 14: 04 hrs.

Estoy escuchando hablar a esta señorita. Juega tenis y viste de blanco porque su abuela fue enfermera y ella cree que ser su reencarnación, y el color resulta angelical, y es el que usan en su deporte. Usa dos pares de zapatos idénticos; tiene un prodigio: posee cuatro piernas, tres vaginas de colores y sabores distintos, es lo que le han dicho sus amantes. Es más luminosa que el sol de primavera y cuando se sonroja su tono de piel siempre es un color nunca visto. Cuando se enamora le gusta que rellenen con besos los poros de todo su cuerpo, y llenarse los ojos con agua de mar. Nunca va a desfiles ni asiste a la iglesia, mucho menos al circo: “es que me recuerda un gran amor”, me dice quejosa, y se calza la nostalgia en sus cuatro pies. Sonríe mucho y escribe cartas con letra chiquitita. Le gustan los caracoles y las casitas junto a la playa. Una vez viajó con el sr. Drawing, —es algo que recuerdo mucho—me dice—cuando me ves sola y silenciosa es que estoy pensando en él, con su suéter morado y sus ojeras. Se quita su diadema y le da mordisquitos a las puntas de su cabello. 14:35 hrs.

miércoles, marzo 28, 2007

Lorenzo

Escribo con fondo de la música de Bright Eyes, This Is The First Day In My Life, y sí, me gustaría decirlo. Llorar por vez primera después de salir de la cueva de Platón. En la mañana recordé que había tenido un mal sueño, no se trata de haber dormido en posición incómoda sino que soñé mal. Casi no recuerdo mis sueños, se empolvan en mi memoria y luego los olvido, pero este volvió intenso al llegar a casa y ver que no estaba papá, sólo había en su mesa de estudio los papeles llenos de su caligrafía pesada, sus libros de Sartori y las fotografías que recorta del periódico y pega en la pared. Siempre que se va a escribir al mar nos avisa, pero hoy, extraordinariamente se alejó como un fantasma; en mi sueño él moría extrañamente y yo no sabía después qué hacer y eso me dolía mucho. Me incomoda no haberle abrazado en el amanecer, mostrarle afecto de alguna manera, me consuela que ya hablamos y está bien, escribiendo como Camus al ver una muchacha bella: “eh ya viste qué linda gaviota”. Ayer, antes de su rara partida, me hablaba de la magia, de sus deseos que se convertían en realidad con sólo pensarlos: —llegué, apunto estaba de entrar a la casa, y en la puerta negra me dio un antojo de pan. Lo pensé mucho y al mirar de nuevo a la vía pasó un hombre con gorrita de judío y una joven de pelo rubio, parecían religiosos, tal vez ángeles, tú sabes que yo no creo en eso, pero, llevaban un carrito con pan... Me lo contaba con una sonrisa muy sincera como de alguien que no muestra las emociones muy seguido, como si riera por vez primera. Pienso en él, en su caminata en la costera, escribiendo poemas de los granitos de arena, leyendo a Foucault a Baudrillard, enamorándose de la soledad. Espero que mi mal sueño no se repite y se hagan rápido los momentos para platicarnos mucho más.

martes, marzo 27, 2007

Nihilista

En el extraño retorno al mundo él abrió los ojos, y reconoció su rostro con las manos y sus piernas estaban más hábiles que nunca. Un polvito entre azul y blanco cubría su cabello. Sonrió como quien esta seguro de que ha cometido una fechoría y, pensó en las cosas quietas: el cielo, la arena, el color de los árboles y la quietud infinita del mar. Estaba solo. 13:53 hrs.

jueves, marzo 22, 2007

Veneer



José González - Heartbeats.

martes, marzo 20, 2007

Vergilio

Escribir otra cosa es abrir bien la boca, no dejar de pensar en usted en un momento en que siento la existencia congestionada de preocupaciones sin porqué, y tengo sentimientos confundidos por la ansiedad de hablar con alguien y de expresarme mejor en la hoja. Siempre tengo todo el día para mí, es como si todo el tiempo me la pasara escribiéndole una carta que no puedo acabar, como ese señor del asilo—¿se acuerda?—­que le escribió a su esposa muerta una carta hasta morir, la cual obviamente no concluyó. Ese tipo de historias me ponen la piel chinita. Qué de nuestra vida si sólo fuéramos parte de una carta, de estás líneas que le cuento. Siempre que escribo es para que me lea, tal vez así sepa que soy yo, tal vez así me encuentre, aunque, sinceramente no sé si usted me busque. Porque tengo esta extraña certeza de saberla en cualquier lugar, pero no sé el punto exacto, ni siquiera sé su nombre, su nacionalidad, el extraño color aguamarina de sus ojos. Aun así yo la sueño, de veras está aquí: mete sus manos en mis manos como si fueran guantes y me escribe frases sencillas, repetidas, hermosas; jugamos a los encantados y me desencanta con un beso, y yo toco su espalda de sueño como si quisiera tocar una risa, una voz. ¿Alguna vez ha pronunciado mi nombre? lo ha leído tal vez. 11 :33 hrs.

lunes, marzo 19, 2007

Mira

Altamirano
Amanda Ruíz/Febrero 2007, Cd. Altamirano.

Mira Mira Mira Mira Mira Mira Mira Mira Mira Mira Mira
Mira Mira Mira Mira Mira Mira Mira

viernes, marzo 16, 2007

Blank page

Mi mano derecha está entumida, todo el brazo completo. Las hormigas me habitan, entraron en mí por una estría de mis uñas mientras soñaba. Inútilmente hago esfuerzos de calmarlas, quizá bailen y tengan asambleas. Siento sus aplausos dentro de mi carne, y mis dedos habitados si tuvieran ventanitas parecerían los buses llenos de la ruta San Lázaro-Aragón. No me causan dolor fisico, ni las deformaciones que me pronosticó la anciana han aparecido, sólo siento fehaciente mi mano; mi mano completa, pesada, envuelta en un tono moreno que se despliega fIrme, y suavemente crecen terciopelos erectos como mástiles. Miro mi mano embutida de nada, mientras las invasoras roen el metacarpo. Esta mano con la que te escribí cartas, y aprendí a releer tu cuerpo braille. Esta mano que me queda entumecida, sola, sin un lápiz, sin un guante, sin adioses. 13:01 hrs.

martes, marzo 13, 2007

Ellos

Todo empezaría ahí, en ese sitio distante y distinto a lo que habían visto, sus golpes de pecho no los darían más. Ahora todo sería disparejo. Un cúmulo de emociones se agruparían de manera tal, que conforme cada uno fuera apareciendo la vida les sería maravillosa. Podría decir que los vi andar y recorrer los sitios comunes, lugares donde quedarse a simplemente estar, de rodillas, de pie, de a vueltas. Pasarían después por callejones con nombres usurpados, con millares de signos, en donde se encontrarían al señor que hacía música con la hoja, a la anciana que amamantaba a su familia gatuna. Irían después a un banco, donde con movimientos ya programados aparecerían papeles resistentes que ellos considerarían amables sorpresas. Se regalarían ventanas y balcones; inventarían el hilo de una nueva conversación para así dar paso a la siguiente. Bajarían a las calles subterráneas, en donde pilas de gente les servirían de coro y de testigos de su fecundo ánimo al moverse. Se detendrían y el vagón les abriría otras posibilidades. Sonreirían a los niños faquires que les hacían reverencias, harían gemir de coraje a las viejas de toscas frentes. Enfrentarían las miradas esquivas de sus escoltas. La salida sería de amontonamientos, donde uno a otro se enroscaría para no ser llevado por la fragua humana. El aire—siendo él siempre—, sería respirado con mayor agrado y entre paso y paso avanzarían sobre las losas mohosas, entre alzando la vista a las nuevas montañas de fachadas que se erigían en el espacio, en su espacio. Llegarían a plazas rayadas por la intemperie, sonarían a comentadores del clima, a bufones de un siglo que nunca habitaron. No se detendrían ante nada, ante todo porque para ellos la vida estaría lejos de ahí. En su marcha para encontrarla se perderían para saberse en el camino, quizás en la ruta que les haría acercarse, estar a unos pasos, en la colina de la esquina. Les darían informes erróneos que les desviarían de su camino, tendrían platicas poco provechosas que los atormentarían con pesadillas donde creerían ser adoptados por una familia de enanos. Aplastados y estancados, no les quedaría tiempo para sus ocupaciones comunes, lavar el piso, barrer el piso, pulir el piso, limpiar el piso, para ensuciar el piso, y volverían a repetir su acostumbrada rutina. No sabrían más de ella, es por eso que se les veía en la plaza pavimentada de estaño, en la calle donde entre sueños caminaron elefantes. Asistirían casi muy frecuentemente a los cafés llenos de personas de la tercera edad, pero tenían un gusto muy particular en escoger aquellos que se encontraran en el medio de la tira horizontal que compone la fachada de una manzana, detestarían ir a uno que estuviera en una esquina, dirían que estar en uno de aquellos, estaría como estar a disposición de los azares en un momento que para ellos tendría un toquecito casi monacal, casi privado, muy importante en el que inventaban la belleza pronunciando sus nombres, hablándose, conversándose el pelo, las diez dedos de sus manos. Por sus manos sería como conocerían, como se reconocerían, como hablarían. No descansarían en hacerse cosquillas, e inventar signos con ellas, un nuevo lenguaje, su lenguaje, el que sería inentendible para todos. Saldrían después de beber el azúcar casi revuelto, y verían la casi calle, el casi cielo, todo a su alrededor sería el casi todo. Y ahí en la banca de una casi plazoleta reposarían sus miembros provocando lenguajes ahora ya no de pies, ya no de manos, ahora de piernas y de cabeza, de codo y nuca, de codo y codo, a su altura; se imaginarían en un gran jardín persa, donde en la cima del árbol central un pájaro de pecho rojo les silbaría aquella canción con la que se habían reconocido. Les gustaría soñar, ya que la naturaleza de sus vidas así se los exigía. El poco o casi nulo contacto con sus fronteras los mantenía más lejos de ellas y es por ello que no resolverían desaparecer o hacer el invento de ser el nuevo tipo de vida. La normalidad les haría más fuertes, inconfundibles y también imperceptibles entre el grupo de sonámbulos que solían recorrer con ellos sus caminos. Les gustaría pensar en eso, en tener siempre acompañantes silenciosos, pero no compartirían que aquellos seres casi imaginarios ignoraran el lecho maravilloso por donde avanzaban. El ejercito de baldosas llenas del silencio que aquellos dejan. Crujían al sentir sobre sus lomos el paso diario de ellos, los que salen del edificio ruinoso, del casi templo, los que expulsa el suelo. Saltarían a pesar del inconveniente de ellas, dibujarían sobre sus espaldas, nombres para adivinar, nombres de barcos y de naves, nombrarían nuevas palabras, nombrarían sus nombres, mejores adivinos y lectores de cartas jamás se verían como ellos...
una ciudad que se ama
2004


Underground Fantasy
Mark Rothko

miércoles, marzo 07, 2007

Reloj

Evaporándose tu abrazo comienzo a extrañarte,
empiezo a pensarte, a esperarte.
Las horas vacían el sol de arena.
Quisiera un arrumaco.
Acariciar tu barbilla.
Mojarte de sol tus brazos,
tendida,
viendo los puntos cardinales.
Llenarme de tu presencia.
Ver en tu piel la naturaleza.
El paisaje de tus ojos es un beso sembrado de dunas.
Tú, entera, frágil,
agua cayendo en mi cuerpo.


12:59 hrs.


Elout de Kok con Karras en vivo

viernes, marzo 02, 2007

"Internacionalización"

De Amanda:
No todos los días un brasileño les da una buena y educadísima bofetada a los estadounidenses. Durante un debate en una universidad de Estados Unidos, le preguntaron al ex gobernador del Distrito Federal y actual Ministro de Educación de Brasil, CRISTOVÃO "CHICO" BUARQUE, qué pensaba sobre la internacionalización de la Amazonia? Un estadounidense en las Naciones Unidas introdujo su pregunta, diciendo que esperaba la respuesta de un humanista y no de unbrasileño.
Ésta fue la respuesta del Sr. Cristóvão Buarque:
"Realmente, como brasileño, sólo hablaría en contra de la internacionalización de la Amazonia. Por más que nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio, él es nuestro.
Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación ambiental que sufre la Amazonia, puedo imaginar su internacionalización, como también de todo lo demás, que es de suma importancia para la humanidad.
Si la Amazonia, desde una ética humanista, debe ser internacionalizada, internacionalicemos también las reservas de petróleo del mundo entero.
El petróleo es tan importante para el bienestar de la humanidad como la Amazonia para nuestro futuro. A pesar de eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de aumentar o disminuir la extracción de petróleo y subir o no su precio.
De la misma forma, el capital financiero de los países ricos debería ser internacionalizado.
Si la Amazonia es una reserva para todos los seres humanos, no se debería quemar solamente por la voluntad de un dueño o de un país. Quemar la Amazonia es tan grave como el desempleo provocado por las decisiones arbitrarias de los especuladores globales. No podemos permitir que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros en la voluptuosidad de la especulación.
También, antes que la Amazonia, me gustaría ver la internacionalización de los grandes museos del mundo. El Louvre no debe pertenecer solo a Francia.
Cada museo del mundo es el guardián de las piezas más bellas producidas por el genio humano. No se puede dejar que ese patrimonio cultural, como es el patrimonio natural amazónico, sea manipulado y destruido por el sólo placer de un propietario o de un país.
No hace mucho tiempo, un millonario japonés decidió enterrar, junto con él, un cuadro de un gran maestro. Por el contrario, ese cuadro tendría que haber sido internacionalizado.
Durante este encuentro, las Naciones Unidas están realizando el Foro Del Milenio, pero algunos presidentes de países tuvieron dificultades para participar, debido a situaciones desagradables surgidas en la frontera de los EE.UU. Por eso, creo que Nueva York, como sede de las Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos Manhatan debería pertenecer a toda la humanidad. De la misma forma que París, Venecia, Roma, Londres, Río de Janeiro, Brasilia... cada ciudad, con su belleza específica, su historia del mundo, debería pertenecer al mundo entero.
Si EEUU quiere internacionalizar la Amazonia, para no correr el riesgo de dejarla en manos de los brasileños, internacionalicemos todos los arsenales nucleares. Basta pensar que ellos ya demostraron que son capaces de usar esas armas, provocando una destrucción miles de veces mayor que las lamentables quemas realizadas en los bosques de Brasil.
En sus discursos, los actuales candidatos a la presidencia de los Estados Unidos han defendido la idea de internacionalizar las reservas forestales del mundo a cambio de la deuda. Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño del mundo tenga la posibilidad de comer y de ir a la escuela. Internacionalicemos a los niños, tratándolos a todos ellos sin importar el país donde nacieron, como patrimonio que merecen los cuidados del mundo entero. Mucho más de lo que se merece la Amazonia. Cuando los dirigentes traten a los niños pobres del mundo como Patrimonio de la Humanidad, no permitirán que trabajen cuando deberían estudiar; que mueran cuando deberían vivir.
Como humanista, acepto defender la internacionalización del mundo; pero, mientras el mundo me trate como brasileño, lucharé para que la Amazonia, sea nuestra. ¡Solamente nuestra!"
OBSERVACIÓN: Este artículo fue publicado en el NEW YORK TIMES, WASHINGTON POST, USA TODAY y en los mayores diarios de EUROPA y JAPÓN. En BRASIL y el resto de Latinoamérica, este artículono fue publicado.

jueves, marzo 01, 2007

Abrazo

«Es preciso que levantes la mano para llevarme de ti un recuerdo de árbol.»
Joaquín Pasos

¿Que fuerza da un abrazo a las dos caras que se juntan? No lo sé, alguien lo sabe... ¿Por qué anhelamos ese late a late de los cuerpos? Lloro por tener esta carencia de un abrazo que no puedo darte. Aunque me abrace a mi mismo no te siento, no estás, no estoy. Quisiera que cada cosa y cada letra un abrazo fuera, pero cómo, no está, no se siente, es sólo es un sencillo deseo. Déjame secarme las lágrimas en mi cuerpo, en mis brazos extendidos. Si hay un recuerdo bonito en mí son tus abrazos: con uno mirábamos el perfil sinuoso de nuestra sierra morena y, con otro, nuestros rostros se miraban mucho hasta juntarse. Dónde quedó toda esa fuerza, no lo sé, alguien lo sabe ... A pesar de todo hay alguna manera en que te estoy abrazando, sólo tú lo sabes, y yo me abrazo de ese secreto, y me alegro abrazándote así, a ti, de esta manera. 10:24 hrs.

Cuando te abrazo muy fuerte y dejo de mirarte, me dejas ver ese lugar por el que veniste a mí. Mi cabeza se posa en tu hombro y veo el camino que te trajo, ese instante de batallas en pasado que sorteaste. Mis ojos ven por donde pasaste, ven tu ausencia en el camino. Toda la fuerza que dejaste ahora se amarra a mí, bendita sea. 12:52 hrs.

Éste va conmigo

lunes, febrero 26, 2007

Wishes

Desearía no pensarte, de veras. Olvidar en un papel tu nombre y que después fuera roído por hormigas. Desearía no haberte visto, te aseguro, aunque no supiera después qué es esto de extrañarte sin haberte tenido entre mis brazos; qué es esta emboscada de mí contra mi mismo, no entiendo. Desearía volar, ser mariposa, calmar mi enérgico sentimiento cruzando un océano, ahogándome salado. Pero es día y es sin ti, otra absurda vez sin ti, sintigo siempre. 09:25 hrs.

A B C




Los ojos desearían estar cerrados. Las sombras no volvieron esta noche. Despertamos a la ciudad. En los muros fríos de la mañana se resbalan nuestras pesadillas, y nuestros sueños vuelven a ser pájaros. Veo el cielo, no puedo ver. Reúno pedazos de nada y formo un cuerpo: puedo caminar en su pliegue, me guío. 09:02 hrs.

Esperaba el momento más adecuado e inesperado: ocurrirá--decía-cuando menos te lo esperes... Entonces había un silencio de orquesta y callado, un presentimiento. Cualquier coincidencia o evento, cualquier anuncio, letra mal colocada; cualquiera de los que iban y venían por las calles, su tipo de ropa, el lugar adonde veían podría ser parte de su representación para encontrado. Así esperaba, ensimismado, sin emoción ya, porque toda la vida presente probablemente era una mentira. Lo que habían planeado, había dejado de ser sorpresa y era sorpresivo asustarse de caminar, incluso de asomarse por la ventana
—cuando menos te lo esperes...
recordaba en el momento de querer abrir las cortinas. En su cuarto oscuro, día y noche eran lo mismo; y se refugió bajo las sábanas. Tendido, miraba el cielo raso, del que había prescindido de las estrellas de plástico y de las lámparas; lo quería sin mancha, preparado para que no lo sorprendieran. Se cobijaba bien y casi no cerraba los ojos, un ligero sueño podría ser su final: se mantenía en vela, sólo viendo la pintura del techo. Le angustiaba escuchar, aunque hubiera preferido colocarse unos tapones; desistió de esa idea porque imaginó que si se dormía el escuchar podría prevenirlo: el ruido del viento, el delicado paso del gato por la cama; los beeps beeps de los automóviles a lo lejos lo inquietaban mucho, lo desesperaban. Pensó que todo esto, hasta las sábanas y su casa no eran suyos, y habían sido dispuestos por no sé quién para provocar el encuentro. 12:29 hrs.

En el recorrido usual de las mañanas C observaba con emoción a gentes que esperaban. No se sabía a quién o qué, pero ese no saber, aunado a una paciencia absoluta de ellas, hacía que se demorara la alegría en su cara. C miraba cada detalle, le gustaba pensar qué esperaban aquellos perezosos ciudadanos; le gustaba soñar con ellos y hacerlos pasar por situaciones difíciles con finales inesperados, pero felices. Después C dejo de verlos, no fue porque no quisiera, es que se olvidó de soñarlos una noche. Al amanecer, la ciudad espléndida se disponía útil, más bella, callada. 14:19 hrs.

lunes, febrero 19, 2007

Omiltemi

Tuvimos que llegar hasta la esquina para poder tomar el colectivo después de seguirlo por toda la calle. Diferenciado del resto por su franja azul y porque no abunda, sentimos que estábamos de suerte cuando al salir de la casa lo vimos de improviso. El chofer nos cobró lo establecido y esperó, con pasmosa paciencia, que se llenara. Los usuarios acostumbrados a este insoportable tedio no se miraban unos a otros. Los que subieron primero buscaron el lugar o asiento disponible más apartado del resto. Señoras de largas trenzas sacaban una moneda y con la ayuda generosa de su acompañante, una niña de bellos ojos, pagaban su cuota de costumbre. Hasta que las rodillas de unos con otros se juntaron, el chofer guío el colectivo lejos del mercado. La ruta, nos llevaría a una colonia elevada de la traza original de la ciudad; a una zona áspera, todavía sin pavimentos y rodeada de montañas negras, donde la tarde empieza más temprano y oculta el camino de vuelta a las chabolas; a un lugar otrora inhóspito en que abundaban las iguanas y ocelotes. Poco a poco los pasajeros descendían del colectivo y se hacían chiquitos hasta confundirse en las bocacalles o bajo toldos que resguardaban a ancianos peluqueros. Y nos íbamos quedando solos. A fuerza de trompicones y subidas forzosas el chofer llegó a nuestra parada: ya estando fuera de la combi disfrutamos de la generosa vista que se tiene de la ciudad y de la sierra, acto que compensa extraordinariamente las condiciones de vida que aquí se apreciaban. Aunque los pobladores de la colonia disponían sus casas hacía dentro, hacía su patio, hacía su intimidad; tal vez ignoraban lo amable del paisaje, o tal vez no les gustaba exteriorizar sus emociones y que los vieran extraños como nosotros. Ese secreto de su alegría y el asombroso respeto a la naturaleza convertía a la mayoría en personas calladas y concretas en su lenguaje; inmutables seres, especiales. 14:20 hrs.

domingo, febrero 18, 2007

Del Tamayo

Hoy, aquí:

Contempo África
Nontsikelelo "Lolo" Veleko, Cindy y Nonkululeko, 2004

jueves, febrero 15, 2007

Hoy hace un año

Tú me acostumbraste
A todas esas cosas
Y tú me enseñaste
Que son maravillosas
Sutil llegaste a mí
Como una tentación
Llenando de ansiedad
Mi corazón.

Yo no comprendia
Como se quería
En tu mundo raro
Y por ti aprendí
Ahora me pregunto
Al ver que me olvidaste
Por qué no me enseñaste
Cómo se vive sin ti?
Chavela Vargas
Tú me acostumbraste

Día de guerras

Después de ver las peliculas de lñárritu, tres hasta el momento, salgo con la misma sensación de extrañeza y sordera de la sala de proyección. El exterior iluminado luce más artificial, asi como los anuncios y las vitrinas donde se exhibe la moda decadente de nuestro tiempo. Los sonidos me agobian, y son ensordecedores los avances de automóviles. Los pasos de la gente retumban en mi oido como si algún tramoyista hubiera dispuesto con ingenio micrófonos en los pasillos y calles. Tienen tal efecto en mi, que avanzo incólume y como sonámbulo, ignorando las señales de tránsito y escapándome de caer en vertederos que parecen precipicios: huecos que arañan el partido de calles de la ciudad. Es extraordinario que un filme te haga sentir esto, son como ataques de fiber. Continúa en mí este trance destacadisimo, y agradezco a mi mismo la paciencia de esperar los minutos necesarios para tener esta paleta de sensaciones: Babel, belba, ableb. 10:36 hrs.

En Lisístrata, de Aristófanes, las mujeres practican el celibato como una alternativa para evitar la ida de sus esposos a la guerra; cansadas del abandono y afecto se unen, provocando, sin quererlo, la paz. Hoy se les ha otorgado el "privilegio" de descansar, porque es "su dia". Su ausencia hace crecer el estrés de los que entran y salen, y aumenta el riesgo de golpes involuntarios y malentendidos cínicos entre uno y otro huésped. Su ausencia hace imaginar lo inútil de los pavimentos, sin el rítmico sonido de sus tacones; hace imaginar turbulencias en nuestros rostros, sin la ternura de su sonrisa; me hace imaginar un silencio de acero, una noche muy larga, un abandono de cepillos y bilés, miles y miles de trocitos de espejos; me hace imaginar un payaso en escala de grises, porque su ausencia definitiva nos deshidrataría la Vida. Ojalá ya vuelvan, porque con su voz cambian lo que ocurre, nos animan, ­porque no soy yo si no las veo. 11:29 hrs.

miércoles, febrero 14, 2007

14 días del mes de febrero

Notas del día
Escucho con una atención medrosa todas las voces del pasillo, confieso que preferiria el anonimato; se hablan y se rien, se cuentan, se gritan y el vocerio se me mete hasta los huesos, tal vez estaré a punto de enfermarme, no lo sé. Llegan y hablan sin molestarse, como si fuesen únicos, ignoran a los que están detrás de los muros. 9:05 hrs.

La puerta está entreabierta, por allí cabe todo el universo de sus ojos; por los vidrios, testigos de una fuente en ruinas miro la estructura de su espalda. Los segunderos de la luz empiezan a colorear el gris de las paredes, esos cubos impertinentes que turban su silencio, su alegria y la hacen ocultarse de mis ojos. Toda la vista existiendo inexplicable, un rastro, una cometa. Volábamos como si fuéramos papalotes: enredados. Nos extingue el viento, la arena de los pueblos de infancia nos aniquila. Y yo la busco, inexplorable, virgen, hundida en los secretos de la tierra, altísimo es nuestro vuelo, es hora de caer. 9:17 hrs.

Tengo en la boca esa sensación de gusto, de conocimiento. Me acompaño de la música: "where did the living so", pienso en una mujer de cabello negro y corto, con esos ojos claros que te convierten en estatua. Pensamiento tan vívido el que sentí, que pensé que estaba sentada a mi lado. Siempre he tenido esa curiosidad como un anacronismo personal, cómo decirlo, cómo explicarlo: de estar sentado al lado de gente, muchacha de mi misma edad pero de tiempo muy dispar. Así que pienso en esta irónica belleza que ronda más en un personaje onírico que en lo real. Con sus facciones finas, sutiles, pero con un aspecto temible, enérgico. Parpadeo y desaparece. 9:30 hrs.

Tal vez se deba a aquella extraña cosa que me regaló esa aventurera en Río Domingo, pero no ha pasado momento en el día en que no la recuerde. Tengo sueño, el día de ayer, de celebración del Santo, hubo pachanga y mucho mezcal, y estuve tentado a no participar en aquel festín pero pudo más mi vicio y regué la risa con escuálidos señores por la plaza y calles. Allí la conocí, estaba lavándose los pies en una de esas extrañas conchas que solía haber en los pueblos antiguos. Olvidé a los compañeros y la borrachera se convirtió en deseo. El agua recorria su piel y ella se frotaba las manos desde los dedos hasta los tobillos; en su posición, casi en cuclillas, por un bellísimo movimiento geométrico, que rivalizaba con las perfectas formulas del libro de aritmética; su cabello cubria su rostro, como un velo místico que hinchaba la ilusión en mí. El sonido, toda la algazara parecía haber cesado porque sólo la miraba. La imaginé tendida y yo a su lado escuchando su extraña voz contándome historias en un dialecto mágico y misterioso. 9:48 hrs.

Hay, te veo y siento esta maldita afección en el corazón. 10:48 hrs.

El amor tendria que ser libre, tendria que hacemos sentir vivos, como esa vieja canción de Fobia. Si ella quiere venir, que sea bienvenida, sino, como en Amelie: pues no. Pues no pasa nada en esta vida que no lleve a otra casualidad. La selección es un azar a veces, es emocional, no es nada clara. La ilusión es una noche estrellada donde te enamoras de una estrella, aunque hay varias, sólo hay que mirar para otro lado, girar el cuello, quitarse el polvo de enamoramiento de los ojos. Me gusta esta quietud y este semiestado de inconciencia-digo semi porque no estoy completamente inconciente, porque puedo escribir, ver, pensar-te-me gusta pensarte, me gusta pensar tu nombre junto al mío, me gusta pensar tu letra y mirarte lejos; me gusta pensar que estás pensando en mí. Ayer caminé sin ti, pero muchos días he caminado así; podría caminar sin fin buscándote porque sé que estarás en algún lado, y escribirás mi nombre en tu piel en la palma de tus manos. Si cierro mis ojos veo una sonrisa que no he visto, si hablo, mi voz se desvanece, huye rápido a estrellarse en una imagen que no existe, sin embargo late, crece, se ensancha cada día y me seduce más y más. Y todo es posible en este espacio en que no estás. Puedo nutrirme de algo que no ha pasado y desear que el pasado hubiera sido contigo. Cuando veo mis manos, imagino la tuya manteniéndolas al aire, elevadas, porque sin la amorosa fuerza de ellas las mías se encogen, me pesan, cuelgan de mi cuerpo ... se preparan para un abrazo. Cuando duermo, los instantes en que te sueño son urgentes sugerencias de tu compañía. Hoy amanecí sin ti y contigo, qué hermoso, cómo hasta en las palabras hay separación y cercanía: "sin ti", donde yo voy siendo sin y tú ti; y cuando esté "contigo", trasmutaré mi emoción, mi alegría y seré contigo, y tú estarás en medio de mí. Hay, quisiera alcanzarte un beso, quisiera abrazar todo tu cuerpo inmaterial, invisible, inadmisible en este paralelepípedo donde fabrico tu encuentro conmigo. 11: 14 hrs.
He recibido, por el día, en una bolsita de papel celofán, al parecer, chocolates. El rojo abunda y corazones diminutos imbrican la envoltura de estos caramelos de forma ovoide. También hay un listón rojo y una tarjeta donde se ve a un par de osos polares, de peluche, darse flores y desearse "un día lleno de buenos momentos". Contrasta con su piel el negro de su nariz. Lo curioso es que hay un sol de atardecer y el paisaje luce lo bastante cálido y campestre para lo polar de su vida bidimensional. Agradezco la-acción valiente de la portadora de estas sorpresas. Me han obsequiado dos paletas más, con la gastada forma del corazón; la primera fue por casualidad, porque yo pasaba por allí y alguien, que traía una bolsa enorme llena de paletas, estaba repartiéndolas, y haciendo un gesto muy chistoso con la punta de sus labios me la dio
-es un corazón que tiene un hueco, ya viste que es en forma de corazón también.
La última, o corazón paleta, me la regalaron a cambio de un abrazo, fue un trueque un poco forzoso porque no acostumbro, y menos en público, a mostrar afecto; así la recibí, y cerraba los ojos y me acordé de aquella camioneta saturada de globos rojos en forma de corazón, mejor pensé en las fotografías de los glóbulos rojos y ahhh ... 11 :28 hrs.

Contigo es distinto porque las palabras no fluyen fácilmente, se me quedan en la lengua. Y yo me siento distinto y muy callado. 12:11 hrs.

Ahoga este sentimiento, aniquílalo, asesínalo, se imperativo con tus emociones: quémalo y esparce sus restos para que se lo coman las mariposas blancas, los peces, para que las lombrices lo lleven al interior húmedo de la tierra. Aléjate de él, encuéntrate; despistado vuélvete: olvídalo como una camisa que extraviaste en el salado mar; hazlo cosa, desaparécelo, para ordenarte para seguir. 13:11 hrs.

Toneladas de pájaros vuelan rítmicos, oscurecen el pavimento. Sus sombras se estrellan en arbustos, en pretiles, en bancas, en kioscos, en gente que pasa. 13:21 hrs.

Hay como descargas en el pecho, como si empezara a crecer el esqueleto. Siento esta fiebre, este alboroto químico en mi cuerpo. 14:15 hrs.

Ayer cumplió años doña Mago, mujer longeva y muy estimada por todos en el edificio. Ella dice que ha trabajado toda su vida, que no tiene quién la recuerde pero por ella han pasado varias de las generaciones que han hecho a Chilpancingo lo que es. Trabajó de nana la primera vez que estuvo aquí, en la ciudad, porque ella provenía de un pueblo anónimo en la geografía de Guerrero, y la llamaba ciudad con orgullo-todavía la llama-. Dejaba toda una mudanza y caminatas en el campo para internarse en estos espacios sombrios y rudos del trabajo. En sus manos lleva las marcas de cada año de sufridas labores y tareas, y, en su rostro, permanece inmune una alegria que quedó en suspenso. 14:43 hrs.

Las hojas de aquellas plantas no se mueven a propósito, es el viento quien las menea, las azota; se ven como cuando a alguien están golpeándole y pone su espalda para contener esa furia. 14:47 hrs.

Empezareis por empolvar la nariz y no cesar hasta que nos sangre. Cuando hayan caído las primeras gotas, esperar un momento y, después, continuar con el procedimiento y así, sucesivamente. 14:49 hrs.

miércoles, enero 31, 2007

De cartas

Siento, no sé decirte. Una quietud, digamos mística, pero ensombrecida por los periodos del día. Te hablo de esto para que estés aquí conmigo. El sol modifica la sombra que tengo de ti, me ciega. ¿Sabes? Desde que pintaron el muro rojo de blanco, justo después de las doce del día es imposible mirar al frente, por la vidriera, entonces me volteo y sólo veo la infinitud de azulejos amarillos del cuarto. Parezco un Hopper, le he dicho a mi hermana, y ella sólo sonríe, creo que ignora lo que es y no nos decimos nada, nos quedamos sin palabras. Escucho todas las horas, y sí, leo, no tanto como quisiera porque existen las interrupciones, necesarias para la voz. Es curioso, pero cuando tomo una cerveza me entran unas ganas de hablar, pero mientras más bebo más difícil es pronunciar las palabras, como si me fuera quedando mudo-mudo voluntario. ¿Cómo se escuchará mi voz si yo me oyera no siendo yo? ¿Te acuerdas tú? Porque todas las voces tienen un no se qué explicarte y luego llega toda la confianza, los paseos sabatinos, la extraña realidad, que llamamos extraña por lo extraordinario de ir con alguien que no es uno, sino contigo. Y nos damos cuenta de todas las cosas, pero estas carecen de importancia, sólo están allí voluntariamente, somnolientas, sin afectar nuestra discreción en el corto amanecer de la cama, en la infinitud de calles y calles; me gustaría explicarlo mejor, no puedo. Y nos vemos y no nos vemos. Gotitas de memoria salen de mis ojos, se me agota.
Sólo quería contarte lo que siento ahora.

jueves, enero 25, 2007

De cartas

El día desaparece, atónito lo miro, incrédulo. Cada vez hay menos luz en la casa, desde que cancelaron la terraza, mi aliento y todas las emociones imaginarias, nostálgicas y extraordinarias que nos ofrece el pueblo visto desde aquel lugar, se marchan, sólo quedan en las hojas de calendario que se arrancan. Doblo mis recuerdos, continuo. Alguno se me extravía convertido en un avión, en barquito. Si supieras las alas que me faltan, claro, ahora lo sabes, sentada y perfectamente erguida, contenta hojalata. Por qué se va la tarde, que se vaya y yo me quedo; y que nos quedáramos acurrucados en una banca, despidiéndola, mientras comemos sandía y lloramos irónicamente su ida. Extraño mucho la calle de Madero a las casi 10 de la noche, y también esas tiendas de dulces a granel del centro-oriente. Bueno, la tarde se acaba para mí, debo acompañarla.

jueves, enero 18, 2007

none

Las palabras me parecen instantes que el corazón devora, a veces, sabiendo que lo intoxican, pero le hacen trasmutar el tiempo, convertirlo en belleza. Ojalá el recuerdo fuese alegría, mas las palabras ya leídas me hacen llorar.
Sin un post.

sábado, diciembre 23, 2006

jueves, diciembre 21, 2006

J.

Despertó muy temprano, el fino frío no lo inmutó. Se bañó. Se peinó. Se vistió como un autómata y salió al patio. Desató a Yango, el viejo perro caniche, y vio cómo se escapaba emocionado a los terrenos baldíos. Metió las manos en los bolsillos y regresó a la habitación. Todos estaban dormidos, los contempló. Se despidió de su mujer y sus hijos, les dio un beso y volvió a salir. La calle abrupta, sin pavimentar, no daba chance a equivocaciones. Encendió su viejo sedan y bajó lento por el camino pedregoso. Sintió que arrollaba al frió que se pegaba en las piedras, y recordó la primera vez que llegó a este lugar. La imagen en su mente lo presentaba todavía escuálido y subiendo a pie la larga cuesta cargando un antiguo ropero, única herencia tangible de su mamá; entonces, inevitablemente, se acordó de la fiesta del pueblo en que su madre había bailado mucho antes de morir. La gente y los parientes le contaron que ella había estado jovial y muy hacendosa ese día—era como si lo esperase—decían, —como si supiera que ocurriría. Cerró sus ojos y apretó fuerte el volante, irguió su espalda y rememoró entonces la llamada cruel, en donde le informaban la muerte de su madre; la distancia se convirtió en un oasis de tristeza, y los minutos, y las horas que tuvo que pasar para llegar a su pueblo fueron los más insoportables de su vida. Una piedrota golpeó la fangosa defensa de su coche y desvió sus pensamientos. Se concentró en el camino y no más en los recuerdos cotidianos, fundamentales para que fuera él así. Las chabolas se quedaban arriba, desde abajo se veían hechas ovillos, perezosas, como resguardándose del frío que se ancla en los cerros. Único en el avance, escuchó ladridos de perros guías, llamados así porque dirigían a los caminantes que se aventuraban en estas colonias lejanas; escuchó murmurar a gentes que desaparecían detrás de una cortina raída, y creyó escuchar los ecos de los cantos del gallo. Miró mechones de humo enredándose en las protecciones de las ventanas; observó los cables infinitesimales, el collage de anuncios que ocultaba el revoque de las bardas, la pintura gastada de las puertas; presintió que las ventanas cerradas estaban por abrirse y quiso quedarse porque imaginó la luz que enmarcaba los vanos anteanoche, punteando de luz los cerros. La multitud de habitantes le abría paso sin saberlo, y, todavía con los ojos cerrados, cubiertos como una yema de huevo, con una sábana blanca, o ya fuera tomando un café encerrados en sus minúsculos cuartos, se despertaban ignorando que afuera se aglutinaban en los pensamientos de alguien que los existía. Se hablaban sin ser oídos. Ignoró las señales y se aproximó a la zona de camino pavimentado. Frenó, y con precaución desmedida esperó a que estuviera despejada la vía para andar en ella. Conducir una máquina lo levantaba de esta tierra quieta—pensaba—lo hacía diferente. Pisó el acelerador y el viejo sedan respondió con un chirrido que no lo desesperó, al contrario, infundió en él mucha alegría.

lunes, diciembre 18, 2006

gigantic

Carámbanos

Huyendo con celeridad el gigante Roberto atravesó colinas. Huía de su amada Dela. Aplastaba árboles a cada paso. Sus ojos rosados dejaban salir goterones de lágrimas que al tocar el suelo hacían brotar de la tierra dalias. Las estrellas desaparecieron el día y a él. Sin lenguaje y solo, ocultó su pesado cuerpo en una antigua bóveda de piedra. Ahí lamentabase en el silencio de las paredes negras. Sus gemidos ahuyentaron a murciélagos que en su loca huída estrellabanse con churupetes luminosos. En la concavidad, el verde luminoso de los bichos que morían descendía lento, hasta apagarse en el suelo de la caverna y volver a negar toda visión. En la oscuridad, la cavidad se abría más para Roberto. Su estatura no gobernaba ya las cosas. La cueva era imponente. Sollozaba en ella como volviendo al vientre de su madre, y la penumbra eran los ojos de ella que lo consolaban; y al estirar sus larguísimos dedos y tocar las paredes de piedra caliza sentía una vieja caricia. Su memoria se poblaba de imágenes y aparecía Dela con su bolita de abalorios en el cabello. El frío de las profundidades no lo inmutaba, al contrario, cesó su llanto y adentrábase más al hueco de la tierra, a este paraíso cárstico del que hace muchísimo tiempo la luz fue expulsada. Se abrían túneles y pasadizos entre anfractuosidades y antiquísimas estalactitas, oquedades por donde caían cascadas infinitas que el gigante Roberto no podía ver, y sin embargo escuchaba con atención el misterioso goteo, y pensaba que el rostro de su amada Dela era todo lo que le rodeaba: intocable, invisible, lejano, aunque le bastaba alargar los brazos para palpar la superficie rugosa y erosionada de la caverna, él sabía cuan pequeño era en el mundo, y su gigantismo, del que huía la gente al verlo, era algo que los ojos de su amada nunca vejaron. Suspiró. Estaba lejos y aquí. Exhalo su último aliento. Cogió del suelo una piedra y se la echo a la bolsa. Y se guiaba a los confines tropezándose con las estalagmitas con la esperanza de alcanzar la muerte. Su escape al fondo era un arrebato de valentía o de torpeza del que el azar no tenía la culpa, mucho menos el destino.

martes, diciembre 12, 2006

Sueño

Al despertar me dio frío. El resto de la noche los pobladores celebraron a su virgen con música y comida, también hubo cohetes en el cielo que rivalizaban con las lucecitas de Navidad, pero armonizaban en una ciudad inmersa en la tranquilidad y recato. En la agonía de la madrugada el vocerío continuó y la molestia del frío se convirtió en un motivo para despertar, así que me levanté. Noté que la piel del cuerpo tenía oasis de escarcha y mis ojos nubosos no cesaban de parpadear, mas no hubo preocupación, hasta que al tratar de seguir caminando por el pasillo de la casa, mis pies los sentí pesados como si llevara un calzado hecho de bloques de hielo; ni siquiera podía flexionar las rodillas. Tenía medio cuerpo congelado. Inútil hacer algo con las manos, presentí que si me dejaba caer podría quebrarme y perder las piernas o la vida. Todos, hasta el gato, despertaron y me veían allí de pie, estático como una pieza de ajedrez esperando que alguien me moviera. Y no decían nada, les parecía normal—pensé—, todos se dedicaron a hacer lo que tenían que hacer y a mí me dejaron allí. Unos abrían los grifos y se bañaban, otros encendían estufas y preparaban deliciosos desayunos; se sentaban en su mesa de estudio para repasar la lección inconclusa y continuar; se cambiaban y al mismo tiempo se peinaban; abrían las puertas y salían, bajaban todos rápidos como en un tobogán. El gato y el perro dormían. Y no había nada, y yo no decía nada. Era como si después de un rato no me hubiesen visto o como si todos al despertar hubieran creído que seguían soñando y que era una maravillosa coincidencia que todos soñaran lo mismo. Se fueron y me quedé sin habla, ya no tenía frío pero entonces empezó el doloroso final. Empecé a manar agua, era fatídico pero el hielo se desasía. Al paso de las horas la temperatura aumentó y me estaba escurriendo. Y miraba el charco que me rodeaba, pensaba que en minutos vería un tono rojizo en él, pensando que mis pies se derretirían. Decidí tirarme. Con las manos me apoye en la pared y empuje hacía atrás para caerme, y al ir descendiendo al suelo sentí que iba ascendiendo al cielo. Abrí los ojos y todavía tenía el edredón encima de mí, la penumbra de la mañana opacaba el canto del gallo y uno que otro rasgueo de guitarra de los festejos. Todos dormían en la casa, y uno podía asomarse por la ventana y ver otra vez que empezaban a abrir los puestos de flores y que los camiones grandísimos como ballenas escupían flores de colores, y uno recordaba que en la noche el cielo estuvo lleno de luces y que pensó que alguien había arrojado flores en él; y la cortina entreabierta me dejaba ver todo eso, el lento despertar de las gentes para hacer el día. Y olvidaba el frío porque un pedazo de la circunferencia del sol rebasaba ya el cerro que tenía enfrente, y nos calentaba, y hacía más visibles los colores y las formas. Y el vecino abría su cortina y salía de allí su mujer con sus nenes en brazos: vestido de blanco y sombrero y una marca negra encima de su labio el niño, y la niña con un vestido que llaman china poblana, lucía bonita, toda llena de trenzas; y la mañana empezaba a dar sus últimos estertores, se transformaba en un día translúcido como las alas de las mariposas, y claro como los cristales nobles de las ventanas de las casas que nos permiten escapar la vista al pavimento, al cerro, hacia el mercado, a las avispas que se juntan en los puestos de flores, a los que compran un barquillo al heladero. El ruido de la máquina de las tortillerías acompañaba a los que llegaban a esas calles, y el de hombres que anunciaban viajes a Chilapa era la señal que unos esperaban para irse. Porque aquí estamos de paso. Se les veía llegar con grandes ojeras, marca de la fiesta nocturna y seguramente recargarían su frente en el vidrio del transporte, rendidos en un profundísimo y merecido descanso. —Qué haces allí—me preguntó una voz—veía… miraba algo de la ciudad. Sabes que soñé que tenía mucho frío y entonces mis piernas eran blancas como la nieve, pero no era así de suave, sino que eran como pedazos de hielo y que no me hacían caso, y cuando me caí subí a no sé dónde…

lunes, diciembre 11, 2006

Extraniandote



El polvo de estrellas del cielo en la arena del mar.

jueves, noviembre 23, 2006

Sin ti

Sin control sin dirección sin espacio sin vacío sin nada sin tardes malvas sin luz sin ojos sin tus ojos sin boca sin escritura sin vida sin alas sin brincar sin correr sin ánimo sin yelmos sin alegría sin tristeza sin cielo sin claustros sin violetas sin gatos sin cabello sin horizonte sin precipicios sin locuras sin miércoles sin color sin belleza sin chirlos sin origen sin sabor sin esperanza sin trenes sin la sonrisa de mamá sin el orgullo de papá sin techo sin escuchar sin condimento sin infancia sin energía sin besos sin caricias sin soledad sin nadie sin oxígeno sin lágrimas plañideras sin aceras sin alimento sin correr sin un centavo sin miedo sin recuerdos sin extrañar sin sorpresas sin juníperos sin imaginar sin amor sin árboles sin pan de baqueta sin pena sin licuados de mamey sin éxito sin armas sin compañía sin bailarinas de ballet sin arañas sin amigos sin sufrir sin morriña sin sonreír sin respirar sin bucear sin mujer sin corazón sin manos sin gusto sin hablar sin destino sin tu abrazo sin albañiles sin vista sin coraje sin color sin sílabas sin espejo sin envidia sin deseo sin quietud sin libertad sin patios sin remordimiento sin espinas sin azulejos sin destellos sin estrellas sin costa sin omnisciencia sin maravillas sin trópico de cáncer sin cobardía sin límites sin palabras sin comida sin genuflexiones sin libretas sin agua sin emanciparnos sin relojes sin enojo sin parpadear sin ropa sin tierra sin norias sin dientes de león sin uñas sin césped sin sexo sin cristales sin zapatos sin aliento sin churupetes sin fósforos sin paredes sin dirección sin frío sin papel sin cobija sin peces sin acrimonia sin cometas sin toqueres sin cuentos sin casa sin rebozo sin planos sin noche sin departamento sin mar sin camino sin pavimentos sin epítetos sin jacarandas sin raíz sin nubes sin zapatos sin estrías sin edificios sin hojas sin memoria sin funámbulos sin pájaros sin esquirlas sin chispas sin castillos sin diademas sin pechinas sin azúcar sin cartas sin sonidos sin otoños sin julios sin el silencio de mi hermana sin tono sin sol sin regalos sin cerros sin fiestas sin himnos sin paseos sin conventos sin poemas sin la sinfonía del nuevo mundo de Dvorak sin presencia sin calor sin números sin claves sin dibujar sin gloria sin camisa sin bosque sin nombre sin collares sin humedad sin timidez sin lluvia sin terciopelo sin chochitos sin vítores sin pesadillas sin cólera sin tiovivos sin dulce de calabaza sin aretes sin ventanas sin aroma sin tinta sin piel sin girasoles sin cadenas sin espadas sin Torre Latinoamericana sin molestar sin mezquites sin centímetros sin muerte sin aullidos sin voz sin tiempo sin ti.

miércoles, noviembre 15, 2006

Fuera de Ogarrio

Esto es un caleidoscopio muy aburrido y tengo una terrible sed, una impaciencia tremenda, quisiera escapar. En las tardes no hay caléndulas. Deseo caminar envuelto por ese cielo gris, es mi único pensamiento. Llega la noche y absorbe mi sueño, y me acecha esta habitación; si al menos fuera triste—pienso—le encontraría cierta belleza. Lo único que puedo hacer es escribir, pensarme lejos de aquí. Recordar: salimos ya sin la pesada carga de las maletas, yo estaba contento, pues iba contigo, pero tú lucías intranquila. La violencia de las montañas no nos asustaba y la carretera estaba lista para nosotros. Nos subimos a la camioneta de la pasma, y nos llevó—los dejaremos en la que va a Matehuala—dijeron. El paisaje era inabarcable con la vista, cactos gigantescos alfireteaban el cielo, el polvo rojizo de las montañas parecía que te hacía llorar. Los policías vacilaban, y cuando volteabas a verme sonreías leve. Parecía que imaginabas a todos aquellos que llevarían nuestros objetos como suyos en par de días. Cuantos Alonsos y cuantas Carmenes andarían por allí, haciendo infinitesimales paseos. Lo que me alegraba era que estaría ese recuerdo viviendo siempre, corriendo, caminando, encontrándonos. Entonces nos bajaron—hasta aquí—dijeron. Sin ningún peso en la bolsa, pediríamos raid, y eso te emocionó mucho. Calculamos que demorarían mucho en levantarnos, la vía lucía vacía, recta infinita, y todo alrededor era un montón de cerros rojizos, de nubes aisladas. La tarde se nos venía encima, y nos hacíamos muy pequeños. No pasaba nada. El cielo abría sus ojos, mil estrellas parecían diademas en el cabello de Carmen. Una motita a lo lejos nos dio alcance, era un camión materialista color naranja. Se detuvo dos metros y nos llevó. El conductor era un joven muy sonriente y silencioso. Nunca habíamos estado en un vehículo que llevara los asientos tan altos, y nos hacía felices. Mirábamos cómo se terminaba el color ladrillo del paisaje y una fila de árboles pequeños empezaba a aparecer, después hombres en bicicleta, autos empolvadísimos, una ventana por la que se asomaban dos gatos. Aquí nos bajamos, el conductor amabilísimo nos acercaba a Matehuala, donde podríamos conseguir efectivo para componer el viaje. Atravesamos el pequeño pueblo solitario, e hicimos paradas a varios coches. Subimos a una 4x4, hambrientos y poco cansados, nos sentamos y estuvimos en silencio alejándonos del polvo, y de nosotros. Las llantas zumbaban en la carretera y la intermitencia de la línea blanca en el asfalto me anestesiaba. Carmen tomó su cuaderno y empezó a dibujar sobre el pentagrama a las personas que iban en la cabina: era un señor de gafas muy oscuras y gemelos sonrientes, creí que éramos nosotros; entonces las luces anunciaban sorpresas y Matehuala. El trayecto duro poco, me hubiera gustado seguir mucho más tiempo, con el viento despeinándonos, inhalando un fino frío, y mirando lo pequeño que son los habitantes del mundo. Nos dejaron en el centro, al lado estaba el banco y cómo deseé que no tuviera lana, prefería seguir caminando, pero no podía ser egoísta. Tomé todo lo que tenía y después fuimos a comer. Estábamos sucios y nos aseamos un poco en el baño del restaurant. Hicimos planes de tomar un bus para Dolores, ya muy noche, y dormir en él para no gastar en hospedaje y tener más para nosotros. Compramos los boletos y después vagamos haciendo tiempo en el centro del pueblo—es el lugar más feo en el que he estado—decía Carmen—es un lugar muy frío—sin embargo yo sentía que la vida era maravillosa. El frío nos picaba y gastamos el dinero que teníamos en un rebozo. Carmen se lo puso y yo la vi más hermosa que el mundo. Ella era toda risas, parecía que olvidaba de una vez el robo de nuestras cosas, el robo de su identidad en un país desconocido, el robo de partes de su vida, el robo de recuerdos, el robo de afectos, el asalto a su intimidad, y yo, sentí que al perder la maleta me habían robado lo triste de mi vida, la soledad, el enojo, la apatía; y entonces miré su cara toda llena de las luces de la plaza y la miré todavía más linda, más hermosa. Y en mi corazón amé la vida.

Camino a Matehuala

viernes, noviembre 10, 2006

Llegada y salida

Llegada

Muy rápido pasa el día. Rodeado de gente vana que se pone una carcajada como antifaz para mostrarse franca. Personas amables, tranquilas, inofensivas ‘a fin de cuentas’, repletas de lugares comunes. Me vuelvo uno de ellos. Me disfrazo de ellos. Mis manos están secas, blandas. Me duelen los dientes de tanto rasparlos con mis dientes. En silencio, ‘en boca cerrada no entran moscas’. La saliva sabe amarga cuando no hablas, parece que condensa las palabras y se estrellan en ese techo rosado de la boca hasta deslizarse por sus paredes, y la lengua las prueba, y entonces me callo. Tal vez con la llegada de la tarde se propague ese bello frío que cayó anoche. Una lluvia lo trajo mientras paseábamos en las calles llenas de vacío, y mirábamos los semáforos parecidos a maniquís. O tal vez no, y me asuste el croar de las ranas en el patio. Y las plagas de libélulas vuelen a la oficina para estrellarse contra las lámparas. Y cuando ocurra ese espectáculo trágico, yo pensaré en ti para alegrar el mundo: tu sonrisa de naranja.

Salida

Como dice Freud, no hay cosa que le pueda causar
tanto daño a un ser humano, como otro ser humano.


Caminaré sin ti
M.B.


Camino sin ti escuchando el latido de la tierra, los lieders de Schubert. Una señora me regala risas que recorta de la sección dominical ‘lo que somos’ del periódico. Un hombre que sólo había visto en sueños me saluda intensamente. El pasillo lo veo más largo cada día. La botella de agua vacía. Dejan caer rumores y chismes, bajan por los peldaños. La ventana abierta enfría la habitación, mi frente. Afuera se divierten sin palabras, caminan en silencio con los zapatos mojados. Y cada noche me repito en pupilas invisibles. Soy obsesivamente observado, lo presiento. Cuando salgo de aquí todos los temores del mundo encuentran en mí su caja y regresan. Me voy sin voltear la cabeza como Lot. Te recuerdo, sonrío.

sábado, noviembre 04, 2006

miércoles, octubre 25, 2006

De tinto

Los eventos que aquí se describen conforman la memoria perecedera. Es inagotable el recuerdo, pero los detalles: cuantiosos e ínfimos, sólo sobreviven algunos días. Estamos hechos de un presente muerto, estamos siempre vestidos de luto; con nuestras sonrisas que ya dejan de serlo, con alegrías compartidas y música de David Bowie. Ayer, idos esos minutos sólo nos quedaba la confirmación, ya por la noche, del evento merecido que terminó con la fugaz alegría de papá. Las horas parecían un péndulo, anunciaban con todos los paisajes: la vista de naturaleza, la vista de la línea marina, las ventanas mirando la nuestra al llegar al puerto, el fatal e inevitable roce en el cuello. ¡Ah! lo hubieran visto, allí, vertical, elevado para notarse, escuchándose más que todos, hambriento… y sí, se los comió. Después vinieron los abrazos apretados; sus sonrisas tenían un barniz invisible de sinceridad; y no podía faltar el brindis: la copita de vino: color vino, color blanco, que inevitablemente alegró las largas conversaciones, sobre geografía, geodésicas, ágoras, Giovanni Papinni. El caudal de felicitaciones se extendió hasta la hora en que nos llegó a la nariz el olor a pescado. Entonces uno se asomaba al balcón, y venían estos hombres con grandísimas ánforas y puñados de peces colgándoles sobre su espalda morena, tatuados de sol, y diciéndose cosas que les hacían reír; y uno pensaba luego que llegarían a sus casas, tocarían a la puerta, y los recibirían con una infinita alegría lunar sus esposas, y les harían el amor toda la noche, como si se tratara de un canto de mar, o una especie de espejismo intocable de sombras sobre las manos. Un chasquido me volvía a la realidad, y los vanos bien abiertos nos enseñaban la tristeza de un cuarto en que hace unas horas se estremecía la gente con su risa y su vida. Ahora nos tocaba irnos, seguir el festejo de papá en otro lugar. Los pocos que se quedaban se quedaban solos como mariposas. Nosotros nos adentraríamos en la ciudad; con la celeridad del automóvil podríamos andar de un sitio a otro a nuestro antojo. Qué cerca y lejos el mar, cuando el coche pasaba cerca de la costera, todos dejábamos de hablar o de reír; parecía una ilusión, y ese cristal del auto, cómo lo detesté, porque aún abajo, no servía para dejarlo entrar todo como el aire en la carretera. Qué fácil hubiera sido detenernos, abrir la puerta y escaparse hasta mojarse el traje y los zapatos, pero este pudor nos sobrevino y nos quedamos dando vueltas y gozándolo con sufrimiento.

lunes, octubre 16, 2006

Visible elbisivni

Antes de llegar a casa tuve la impresión de ver su sonrisa de Cheshire. Y al entrar, me recibieron las voces desde la cocina, con la sorpresa de ver a Lawrence sonriendo, y contándoles “yo desee que lloviera, pero no tanto”. Hoy nuestros lazos no son sólo los abrigos, si no las palabras, las “contadas de cosas”; y justo ahora que llegó el tiempo lindo: el frío, que nos sube por los pies como enredadera o muro, es que estamos contentos.

Sonrisa de Cheshire

miércoles, octubre 11, 2006

Comienzo... correspondencia

Falta poco para la hora de salida, no hay mosquitos, porque has de saber que una cantidad numerosa de esos insectos zumbantes deambulan aquí. El color amarillo de la pared ya se opacó, y afuera, nada más alzando poquito la vista y atravesando con la mirada el vano, se mira el aleteo inútil de las hojas: soñándo con volar y su único consuelo es el aire con el que bailan. Yo volaba como ellas, y bailaba con la ciudad. La recuerdo ahora, porque en el pasillo me encontré con esa señora—la que le regalé la semilla—y por diversos comentarios que hicimos, me hizo recordar noches en la ciudad. Cuando salía de trabajar, a las ocho—le decía—me iba caminando, caminaba mucho. Cruzaba el zócalo y me acompañaban un sin fin de desconocidos. Se veían majestuosas las torres de Catedral con esa tenue luz que las iluminaba, y eso era como una gran sonrisa. El olor en el ambiente, que provenía de los mercaderes ambulantes: los puestos de hot cakes; los de tamales oaxaqueños; los de los plátanos fritos; los de los camotes, nunca he probado esas delicias que calientan máquinas que silban. Sabes qué era hermoso: a veces los señores que preparaban los algodones de azúcar, dejaban ir distraídamente, listones de azúcar al cielo; uno caminaba mirándolos volar, dejarse ir, como si allí estuvieran a gusto: la noche se tatuaba de rosa, del azul azucarado. Una vez vi a un muchacho brincar muy alto y atrapar uno, se lo llevó a su novia, y desaparecieron los tres en un beso...

sábado, septiembre 30, 2006

Matchpoint



Matchpoint by Woody Allen

Omiltemi

Mientras llueve el camino se angosta. De las calles más altas corre ligera el agua de la lluvia, baja. Ya no hay paseantes. Los pocos se refugiaron en las tiendas de abonos, en las estéticas y cafeterías. Espero, solo, cubierto de dulce los labios. El escarnio que me provoca el de junto desaparece, lo ignoro. No habrá bombas esta noche, pero sí estarán todos abrigados. Oh lluvia, mal presagio para el festejo que ellas nos tenían preparado. A fuerza de repetir la celebración, ya se hizo costumbre que cada semana última de septiembre, se hagan fiestas en honor al santo. Yo, como hace un año, en distintas circunstancias, iré. Saldré, sustraerán mis zapatos agua a cada paso hasta que el motor de un automóvil me lleve. Imagino que estarán todos quietos, grises como nubes, sentados tomando café o una copita de mezcal. No habrá muchos, supongo, tal vez ya se estén yendo. La iluminación es laxa aquí, no puedo ver claramente, afuera un limbo desconcertante pulula en los pasillos; siempre es así cuando llueve. Debería ya haberme hecho a la idea de que los días con sol son pocos y extraños. No son un ardid, es probable que no los merezcamos. Pero hoy, que se preparó todo para el festejo, hoy llueve irremediablemente. Ya las aguas que bajan del cerro inundan las calles cercanas, los coches, los letreros se hunden; cierro las ventanas, empiezo a ver peces que forcejean detrás de los cristales, abarcan con su presencia todo el patio. Cierro los ojos y me escapo de ese afán, pero la clepsidra en mi pecho suena mucho, me ensordece. Ojala ya no lloviera, ojala que los rayos solares fueran una ancha marquesina, un hermoso toldo, una guía sutil de vidrio donde pudiera sentarme a tomar el té y mirar, melancólico, otra vez llover.

martes, septiembre 26, 2006

arlequín.

(Del it. arlecchino, y este del fr. ant. Hellequin, nombre de un diablo).

1. m. Persona cuyo vestido en un espectáculo o fiesta remeda el de Arlequín, personaje de la comedia del arte, que llevaba mascarilla negra y traje de cuadros o losanges de distintos colores.
2. m. Gracioso o bufón de algunas compañías de volatines.
3. m. Cada uno de los dos bastidores verticales que, en cada lateral, definen con el bambalinón la embocadura del escenario en los teatros.
4. m. coloq. Sorbete de dos o más sustancias y colores.
5. m. desus. Persona informal y ridícula.
6. m. desus. Tejido de hilo o lana y de colores variados.

Victor Vasarely
Victor Vasarely-Arlequín
Técnica mixta
59 x 39 cm

miércoles, septiembre 13, 2006

jueves, septiembre 07, 2006

Sentir

En Fuegos, Marguerite Yourcenar dice:

" En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo. "

lunes, agosto 14, 2006

Sin ti ciudad

Primero un lugar, luego un nombre. Después vendrían los días, las calles, las fachadas albas. En un laberinto violado, lleno de cloacas y cornisas, donde asoman los ojos de varios gatos que te miran, vas. Tú no haces caso y continuas por la vía, desciendes de la acera, te acuerdas que es “mejor caminar en el medio de la calle”, por la vista, para que te vean. No sabes cómo llegaste, pero te aferras a estar. Caminas todos los siglos de ese camino de la ciudad, la hilera de casonas te recuerdan a los ancianos mudos de la plaza Santo Domingo, estáticos y pesados, bien pegados al asfalto, a la tierra porque son de allí; te distraes, el olor a comida es persuasivo, mas aparece a tres metros, frente a ti, un descomunal camión recolector, no sabes qué día es, te ves sorprendido y de golpe subes a la banqueta: una ráfaga de palabras te llueve de los orondos conductores, es extraño, no distingues ni una. Algunos, se ríen detrás de los espesores del cristal de la lonchería, cesan su risa burlona cuando los miras; “tal vez ellos saben lo que significan”, piensas. Te arrepientes de comer, ignoras el gusto y lo agradable que sería tener lleno el estómago a cucharadas, calentitas, “calentitas”. La memoria te abraza y piensas en tu padre: c a l e n t i t a s —decía— “Cuando llegué a vivir a la Roma, en las mañanas nos desperezaba la voz de Doña Queta, —moreno, vente a almorzar, están las tortillas calentitas, hay leche calentita, anda, apúrate, que se te va hacer tarde; báñate, que el agua está calentita.” Suspiras, los recuerdos te sorprenden en una esquina, ¿por qué en esta?, te preguntas, todo te lo preguntas. Velocísimo circula el transporte público, ignorando el silencio descomunal de los edificios, las ventanas parecen quejarse, porque aparecen sus dueños con las manos en los ojos, desnudos, dirigiéndote cierta mirada de desprecio. Cuando el rojo deviene en verde, continuas con cierta precaución, pensando que esta es una ciudad congelada, a la cual, artesanos ociosos, hicieron orificios con armas demasiado finas, por instantes crees sentir las punzadas dolorosas. Y si nadie más habitara aquí, lo piensas mucho... Imaginas este espacio vacío, con sólo caminantes por todos lados, que pudieran entrar a todos los departamentos, a todas las casas, a todos los nostálgicos patios, como cuando uno entra a la Santísima y Jesús María. Imaginas el respeto absoluto al lugar, venir aquí sería tú devoción. Subir a las azoteas y mirar esta ciudad encendida, visitada siempre. Tal vez lo que la ciudad necesita son visitantes no habitantes, las ciudades viejas, claro, te lo dices a ti mismo, pareciera que dentro de ti hay una lucha, un debate. Los que te ven pasar se asustan, te llamarán loco tres esquinas más tarde, cuando hayan caminado hacia el oriente, porque te ven sonriente, porque te ven solo. Cuando tú voltees, veras su final difuso, opaco. Los que no te ven no saben que existen, son como tú al inicio. Nadie te dijo cómo estás aquí, ya estabas. Todos salimos de un libro, somos palabras regadas en un rellano; algunas sanaron sus cuarteaduras y las volvieron ventanas, otras fueron casas, nombres, hombres, nosotros, tú. Cómo abundan las librerías en Donceles, “el ombligo del mundo”, hay un pasado prehispánico, recuerdas esas cosas, la cercanía no puede ser azarosa, hay algo, hay que encontrarlo, pero, para qué. Días atrás, en los viajes, te sucedieron encuentros milagrosos, fortuitos, sorpresivos, mas no estás tú nada más en los recuerdos, hay alguien dándole la mano a tu sombra. Continuas así, con el misterio. Hay puertas abiertas, miras los zaguanes, no puedes resistirte, entras, te acercas al vertedero seco, asustas a los tordos cuando empiezas a hablar: excentrarnos, dejar el centro, vivir en las orillas, vivir en anillos, ir abandonando casa y calles, muros y árboles, dejarlas solas, únicas, helenísimas, usas esta palabra para decir bellísima, te inflamas como si hubieras tomado mucha agua, tienes sed, de palabras: cuando esto estuviera todo vaciado, y alguna joven, aterrada por la prisa de la mudanza, hubiera olvidado apagar su tocadiscos, llegaríamos los caminantes, y escucharíamos el sonido dulce y misterioso, oculto, hasta encontrarlo, hasta encontrarnos.

Zócalo inundado

sábado, agosto 12, 2006

Espejo

Cuando entro en aquella habitación, veo con mucho desconcierto una mano que no es la mía. La mano parece que levita, hasta que se apoya en la profundidad del espejo y avanza como una hormiga, se detiene, y deja de ser opaca al encender la luz. Miro la mano que suponía ajena convertirse en mi mano que toco. Después, trazo con el índice, las colas y trompas de elefante enlazadas que dejó Laura dibujadas en la pared.

Help Stop the Bloodshed in the Middle East

Dear friends,

Right now a tragedy is unfolding in the Middle East. Hundreds of civilians have died in the bombings in Lebanon, Israel and Palestine and the death toll is rising every day. UN Secretary General Kofi Annan has called for an immediate ceasefire and UK Prime Minister Tony Blair has joined Annan in calling for the deployment of international troops to the Israel-Lebanon border. This is the best proposal yet to stop the violence, but for it to succeed other global leaders need to get behind it immediately. I have just signed a petition urging regional and global leaders to speak out and support Kofi Annan's proposal. If people around the world can persuade their governments to unite in demanding a ceasefire, all sides in this conflict will be pressured to stand down. Can you sign the petition too?

http://www.ceasefirecampaign.org

The petition will be sent to key regional and global leaders and publicized in major newspapers in the Middle East, US and Europe. With enough signatures we can help pressure our leaders to stop the violence.

Thanks!

miércoles, agosto 09, 2006

Má

Acostumbrada al desorden paulatino, acostumbrada a acomodarlo; cuando está ordenado lo desordena, para estar haciendo ‘algo’: así es mamá. Miro sorprendido al despertarme, su silueta fina, tendida, con los ojos cerrados, clausurando todos los misterios. Cuando rozo su mano, su sonrisa toma forma de sorpresa, y yo agradezco ese espacio único, indeleble, infinito. —Mamá, ya me voy—repito su nombre como un canto, y no cesa ella de mirar este rostro que la mira: extiende sus brazos, se levanta; para el abrazo sólo basta un diminuto esfuerzo de ternura, y me rodea, mi madre, como cuando era niño, y este cuerpo está lleno, en esos momentos, de todos los conceptos y alegrías. Mi má... ¡cuánto la amo!
¡Felicidades!