domingo, mayo 21, 2006

Lawrence

Lo común de esta noche es que no sabe a nada. Caminé con mi padre más de tres horas, a cada paso adelantado una palabra y después silencios. —No sé dónde queda Nueva York—decía—no sé qué de Londres—entonces, luego, hablaba de “las hormiguitas” y de moscas. Miraba mucho las paredes pintadas, y creo que presentía la tristeza común que aquello reflejaba. De pronto tenía la impaciencia de los pocos que quedaban: la urgencia de los enamorados que se daban el último beso de la noche, la prisa mía de que me respondiera rápido cuando le cuestionaba sobre la geografía—no quiero geografía—decía—amor es todo lo que mi corazón sabe—. Miraba su cuerpo grande, delante del mío, su respiración lenta, su andar disipado, como entretenido siempre por la soledad noble del claustro de la plaza. Iba yo con él, pero él solo iba. Ahora que él descansa, temo el profundo abismo de la noche, temo que se abra el techo de la casa y caiga él al lúgubre negro del cielo, y que se vaya aerostático, mirando allá ese vacío, con el imperio de sus ojos.

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